viernes, 19 de junio de 2015

El hombre en su celda. III



«El pobre imbécil ya empezó a llorar otra vez»
«Jajaja, sí, lo escuché anoche, el pobre parecía estar en sus últimas. Pensé en ir a ver si todo estaba bien, pero luego dije ‘Nah, para qué, mañana va a morir, si muere hoy no habrá diferencia’».

«Escuché que Ernesto bajará la palanca por primera vez»

«Recuerdan aquel otro tipo, ¿cómo se llamaba?, uh…»

«Era algo como Boing o Doing o algo así»

«Sí, bueno no importa. Se recuerdan lo pálido que estaba cuando todo había acabado»

«¡Ah!, sí, el maricón parecía haber visto un fantasma…»


No había nada en la celda, de eso estaba seguro. Las horripilantes figuras se habían esfumado en un segundo. Pero ante sus ojos seguían parpadeando como si estuvieran estampadas adentro de sus párpados.
Media hora, le había dicho el maldito reloj de la muerte en su cabeza. El dolor había sido tan fuerte que pensó que esta vez sí moriría de dolor. Eso hubiera estado bien.

¿Qué le había dicho su madre en esa especie de sueño o alucinación?
«Que me dejara llevar»
Eso no tiene sentido, pensó mientras se frotaba la cara.
La serpiente empezó a hablar de nuevo:
«Veintiocho minutos… ¿te das cuenta? Se acabó. No hay más que hacer…estoy tan hambrienta… ¡Tan hambrienta!»

Podía escuchar las risas de los guardias, escuchaba el sonido de sus llaves y sus esposas. Su garganta estaba hecha un nudo y sus entrañas se retorcían como si tuviera agua hirviendo.
«¡Voy a morir…voy a morir…MALDITA SEA, VOY A MORIR!»
Hasta ese punto la idea de morir no le había parecido tan real, sabía que su día llegaría (el maldito martilleo en su cabeza se había encargado de recordarle que todo era muy real) pero no había pensado tanto en eso. ¿Le preocupaba ir al infierno? ¿Creía en Dios siquiera?
Había rezado y todo, había pedido perdón y piedad pero ninguna de esas cosas le había demostrado nada. Pedir perdón no lo hizo sentir libre, ponerse de rodillas para rogarle a Dios que lo salvara no lo hizo sentirse escuchado.
No sabía qué creer realmente. Además no había tenido mucho tiempo para pensar, la serpiente había consumido la mayoría de su atención. Al menos hasta ese sueño.
         «¿Era en realidad un sueño?»
¿Qué más podía ser?
La dulce y placentera voz de su madre seguía sonando muy a lo lejos dentro de su cabeza. Como si le estuviera susurrando desde el final de un túnel muy largo.

Los guardias rieron de nuevo. La serpiente susurró de nuevo. El reloj martilló de nuevo. Pero había algo más. Algo que él no pudo identificar a un principio pues estaba muy ocupado aferrándose al último pedazo de cordura que le quedaba. Cubría sus oídos con sus torcidas manos pero el ruido parecía estar tanto afuera como adentro de él.
Se destapó los oídos y supo finalmente qué era ese algo más.
Era el canto de un ave.
         «Sólo di que te rindes…así de fácil. Yo me encargaré del resto. Te engulliré como una rata. Qué más da si te mato yo o si te mata la silla. Estas jodido…bien jodido» La serpiente pasó su lengua por su cuello como lo haría una mujer seduciendo a un tipo en un bar. Lo único que le provocó fue repulsión, si hubiera tenido algo de comida en su estómago probablemente hubiera vomitado.

Se puso de pie, sus rodillas crujieron y su espalda le recordó lo mal que estaba. Pero no le importó. El canto del pájaro era lo más refrescante que había oído en mucho tiempo, aparte de la voz de su madre. Si es que en realidad había escuchado la voz de su madre.

Caminó de vuelta a la ventana en su celda e hizo lo mismo que la primera vez; se puso de puntillas y se pegó lo más que pudo a los barrotes oxidados. Afuera todo parecía igual, el mismo horizonte desesperanzador y el mismo terreno baldío y seco. «Me pregunto qué tan diferente será el infierno…si es que es ahí a donde voy…o si realmente existe»
No pudo ver nada, revisó el pálido cielo y sólo divisó un par de zopilotes que iban volando a lo lejos, probablemente en busca de algún pobre imbécil que se había extraviado en las montañas y que ahora le serviría de alimento a esas horribles aves.
No pudo haber sido un ave como esa la que cantó.

«¡Ya es horaaaaaaa!» gritó uno de los guardias y los otros hicieron un coro de «¡Siiii!»
Pánico empezó a envolverlo, o tal vez era la serpiente. Seguía pegado a los barrotes, sus ojos moribundos escaneaban el cielo y la tierra en busca de aquel pájaro.
         «Tal vez lo imaginaste como imaginaste a tu madre»
«No, no, no»
Sacó su brazo derecho, que no era más que piel sobre hueso, por la ventana y lo extendió como si alguien le fuera a poner algo en la mano. El sol le pegó y sintió un placer que no creyó poder sentir hasta ese punto en su existencia.
Los guardias empezaron a caminar, sus zapatos negros hacían eco en los enormes corredores de concreto, azotaban sus macanas contra los barrotes de las celdas vacías. Casi todos reían.

El hombre en su celda se estaba asfixiando, la celda y todo a su alrededor se había oscurecido. Era muy tarde, no importaba si lo llevaban o no a la silla, la serpiente al fin lo estaba engullendo. Su alma (si es que eso existe) sería consumida por la oscuridad y la locura. «Lo siento madre…te fallé. Ojalá nunca hubiera nacido»
Cerró los ojos y por un instante pareció que todo se derrumbaba, las paredes de concreto se hacían añicos como por una enorme explosión. Sus pies empezaban a desvanecerse, desintegrándose como una montaña de arena en medio de un huracán, él ya no sería nada. Otro más que deshace en las entrañas de la locura.
Entonces el pájaro se posó en su mano.

La celda se reconstruyó en un segundo. Seguía hundiéndose pero algo lo había jalado un poco más hacia afuera.
Su brazo seguía extendido fuera de la celda, bañado por el sol, en su torcida mano de anciana vio un pajarillo.
Abrió los ojos y se pegó más a la ventana. Era real.
El ave estaba cómodamente parada sobre su mano. Abrió sus alas como si fuera a irse y él sintió un breve choque de terror. «¡No te vayas por favor…nooo, no me dejes!»
Pero el ave no se fue, bajó sus alas y giró su pequeña cabeza hacia donde él estaba. Sus pequeños ojos negros miraron a los grandes y enrojecidos ojos de él.
Los guardias estaban cerca y el dolor en su cabeza era sofocante. Una gota de sangre bajó desde su nariz y manchó su ya mugrienta ropa.
El pájaro seguía mirándolo. Reconfortándolo.
         «Déjate llevar» dijo la lejana voz de su madre.
La serpiente siseó y por un segundo pareció haberla ahuyentado.
Pero ella regresó y esta vez estaba hablándole al oído.
Miró al pájaro en su mano, miró directo a los ojos del ave.
El ave cantó y él se dejó llevar.



         «Se acabó compañero, lo siento pero tenemos que llevarte a—
El guardia buscó entre sus llaves y abrió la celda de un jalón. Los otros tres lo siguieron, las risas se habían apagado.
«¡¿Qué carajos pasó?!» preguntó uno de ellos.
«¡El maldito está muerto!»
Nadie dijo nada. Miraron el cuerpo decrépito y no dudaron que había sido por simple desnutrición, ya había pasado antes de todas formas. Qué importaba si había muerto o no. Muerto, muerto.
«¡Que hijo de puta. Se salvó, pero no importa igual se freirá en el infierno» dijo otro guardia mientras pateaba la pierna del hombre en señal de desprecio.
Se quedaron en silencio un rato más, el alegre canto de un pajarillo los sacó de la especie de transe en el que estaban. Sacaron el cuerpo de la celda, el olor era insoportable y el que había abierto la celda tuvo que contener las ganas de vomitar.
Uno de ellos se quedó un rato más. Se sentía extraño. Él era el más nuevo de todos los guardias y aunque siempre reía de sus chistes malos, nunca había disfrutado el ver a un hombre freírse en una silla.
         «¿Es esto lo que quieres hacer? ¿Poner criminal tras criminal en esa silla como una especie de sacrificio a la muerte o a aquel Dios que es tan bondadoso y a la vez sediento de sangre?»
El ave cantó afuera, en el cielo.
Se asomó por la ventana (él no necesitó ponerse de puntillas) y miró.
Miró el ave que se iba alejando en aquel pálido cielo.
El guarda sonrió, no era una sonrisa como la de los otros cuando ejecutaban a un hombre, ni cuando hablaban sobre todo el sexo que supuestamente habían tenido la noche anterior.
Era una sonrisa llena de tranquilidad y gratitud.
Una sonrisa que pocas veces se veía en un lugar como ese.