jueves, 2 de julio de 2015

Cortes profundos.

Ramón miró al doctor con preocupación.
El doctor revisaba sus brazos cuidadosamente; las cortadas en la piel no eran profundas y parecían no ser más que arañazos hechos ya fuera por un animal o por las ramas y espinas en un arbusto.
         Para Ramón no era tan simple claro.

         —¿Y bien?
         —¿Y bien qué? —preguntó el doctor.
         —¿Qué pasa? —preguntó Ramón inquieto, las cortadas le picaban pero eso no era lo que le molestaba.
         Él había empezado a notar pequeñas cortadas en su piel al despertar desde hacía varios días, al principio pensó que era simplemente porque él era muy loco al dormir, siempre moviéndose de un lado al otro en la cama, «Seguramente me raspé en la pared» pensó la primera vez, pero las heridas se hicieron más notables al paso de los días.
         Esta mañana vio sus brazos y parecía que había tenido una horrible pelea con gatos.

         —¿Estás seguro de que no caminas dormido? —preguntó el doctor soltando el brazo de Ramón.
         —No, estoy seguro y ya sé lo que está pensando…yo no me hice esto, no estoy loco y no tengo pensamientos suicidas o deseos de automutilación.
         —Lo sé, no pareces un paciente con ganas de morir o que te satisfaga cortarte. Pero honestamente no entiendo cómo puedes tener todas estas cortadas en ambos brazos sin haber sentido nada durante la noche o sin una fuente o causa aparente. Sabes, una vez tuve una paciente que creía estar poseída por el demonio y que era por eso que ella amanecía en la calle en vez de su cama —Ramón lo miraba con ojos atentos, como los de un niño. —Era obvio en aquel caso que ella caminaba dormida, intenté decirle pero esa señora prefería creer que el Diablo la tomaba de rehén cada noche para hacerla hacer quién sabe qué cosas.
Le recomendé unas pastillas para dormir y las aceptó dudosa.
         Al día siguiente vino a verme, tenía los pies vendados y apenas podía caminar.

         —¿Qué pasó?
         —Ella puso una cámara en su cuarto y para ponerle una “trampa” al demonio, puso tachuelas en la entrada de su cuarto.
         —¿Las pastillas no hicieron efecto? —Ramón se rascó disimuladamente las cortadas en su mano izquierda.
         —¡Ni siquiera se las tomó! —dijo el doctor soltando una risa que no hizo sino alterar más a Ramón.
         —La señora me mostró la grabación y en ella se veía claramente el momento en el que ella se levantaba de la cama, dormida y sin consciencia realmente, abrió la puerta y pisó la alfombra de tachuelas. Ahí mismo dio un grito que me hizo saltar —el doctor sonrió, pero había algo que se movía detrás de sus ojos. Ramón tuvo miedo.
         —Entonces, sí era sonámbula, ¿no? —dijo Ramón.
         —¡Por supuesto que sí!, ¿Qué más podría haber sido? —el doctor sonrió aún más mostrándole sus blancos y bonitos dientes. Fuera lo que fuera que se movía detrás de los ojos azules del doctor decía que él no se lo creía.

         —Bueno doctor, creo que mejor me voy. Gracias por la medicina para las heridas. Vendré si algo más pasa.
         —No hay problema. —dijo el doctor. Ramón cerró la puerta y se fue a casa.





El doctor Jones estaba a punto de irse cuando escuchó el timbre en su consultorio. No tenía pacientes en lista así que salió a la puerta, esperando que no fuera alguna vieja histérica queriendo ser atendida a último momento como le había pasado ya muchas veces. Era la policía.
         —¿Doctor Jones? —dijo un hombre fornido y con el uniforme bien planchado.
         —Sí, soy yo, ¿en qué puedo ayudarlo?
        
El oficial que también se llamaba Jones, le dijo todo. Le contó sobre la llamada que recibieron de una vecina del apartamento 23, la señora estaba aterrada pues había escuchado horribles gruñidos que venían del apartamento 22 a eso de la 1 de la madrugada.
Y le contó sobre el descubrimiento del cadáver de Ramón Castazuela.

         —La razón por la que venimos a usted, es por esto:
El oficial le mostró una fotografía. En ella se veía solamente el pecho de Ramón, según el oficial el resto del cuerpo estaba demasiado cortado para ser reconocido.
El doctor Jones tomó la fotografía y su alma casi se le sale del pecho.
         El pálido pecho de Ramón se veía tan claramente, tenía cortadas como las que él había visto en sus brazos tan solo ayer. Justo en el medio, hechas con lo que podría haber sido navajas (aunque el doctor Jones sabía que eran garras) se leía:

HOLA DOC.

         —Sabemos que él vino a verlo a usted ayer, también encontramos una receta con su nombre y dirección.
         El doctor no respondió.
         —También encontramos una cámara, al parecer el señor Castazuela pretendía grabar algo, aún no la he visto pero estoy seguro de que nos mostrará lo que pasó realmente. ¿Hay algo que usted nos pueda decir sobre todo esto?
         El doctor negó con la cabeza, sus ojos miraban dos cosas:
La foto y la pequeña cortada que como si nada había aparecido en su antebrazo izquierdo esa mañana.