domingo, 28 de junio de 2015

El anciano.



Si había algo que me alegraba cuando llegaba la semana de exámenes, era que una vez terminábamos, podíamos irnos de inmediato. Lo cual, si terminabas el último examen en poco tiempo, ya sea porque sabías todo o porque ni te molestaste en pensar en nada, te daba dos horas libres para ir a jugar o perder el tiempo.
    Ese día, sin embargo, lo único que quería hacer era llegar a casa. Mis padres me habían comprado una nueva consola en mi cumpleaños (después de haberles rogado por semanas) y no aguantaba las ganas de sentarme frente al televisor (demasiado cerca como para dañar mis ojos según mi madre) y jugar hasta la medianoche. O hasta que mi mamá me arrastrara a la cama.

    El cielo estaba nublado y se podía sentir el aire cargado de electricidad. "Capaz se va la luz" pensé, eso hubiera sido la peor de las suertes. Como sea, las calles estaban despejadas pues no era ni medio día y la mayoría de los otros niños (los que tuvieron la suerte de no haber sido recogidos por sus padres para ir al dentista o algo peor) estaban en el parque o en el cine. Yo caminaba tranquilo por la calle, mirando a todos lados sin ver nada realmente, en mi cabeza tarareaba una canción de chicles que estaba de moda en esos días, por suerte ya no la recuerdo o me condenaría a pasar días con ella otra vez. Uno que otro trueno se oía a lo lejos y yo apresuré el paso. A un principio no escuché al hombre que me llamaba, no sé cuántas veces me habría llamado hasta darse por vencido. A veces pienso que sería mejor no haberlo escuchado.
    "¡Ay, patojo! ¡Patojo!" gritaba aquella voz, claramente la de un anciano.
Estaba demasiado perdido en mi mundo como darme cuenta de inmediato que era a mí a quien llamaba. Aunque eso era obvio, yo era el único "patojo" en esa calle.
    Miré sin saber exactamente a dónde y entonces vi a un anciano parado en la puerta de una casona al final de la calle con su brazo derecho extendido y gritando:
    "¡Pss! ¡Ayyyy!"
Me quedé parado un momento, acariciando el cinturón de mi mochila y pensando: "Ni se te ocurra ir, no sabes quién es"
¿Y qué hice? Pues me acerqué.
    Caminé lentamente como si tuviera todo el tiempo del mundo, el anciano había bajado el brazo y ahora me miraba pacientemente. Entre más clara se hacía la imagen de aquel viejo parado en el umbral de la puerta más me daba cuenta de que era mucho mayor que la mayoría de ancianos que conocía. Mi abuelo tenía noventa años y su cara tenía el aspecto de un tronco de árbol, aun así, este anciano se me hizo más viejo aunque su rostro no lo mostraba del todo. Me parecía "antiguo".

    "Buenos días" le dije manteniendo mi distancia, estaba en la banqueta frente a la casa, pero no iría ni un paso más cerca.
    "Que tal muchacho, ibas algo concentrado, ¿uh?" El hombre debía tener más de cien años, no sé por qué me pareció porque la verdad no lo aparentaba.
    "Como sea, fijate que me estoy mudando y tengo sólo unas cuantas cajas que mover, intenté levantarlas pero a los huesos de mi espalda no parecen gustarle este clima. ¡Me están matando!"
    "Perdón, pero no creo que—"
    "Sé que no debes hablarle a extraños, pero no ha pasado nadie más y la verdad es que tengo que irme antes de que caiga la tormenta. Además los ingratos dueños de la casa me quieren fuera hoy, si no capaz mandan a alguien para que me saque a patadas"
    "Eeeee, es que—"
    "Te pago" el anciano buscó en su pantalón y sacó cien quetzales. ¡Q100! eso ya era algo extraño. Además mis juegos esperaban. Pensé en decirle que no e irme, pero luego pensé que esos cien quetzales me ayudarían a comprar el juego que mi papá no me daría pues era "muy violento para mi edad". Además, el hombre se veía cansado, su espalda estaba algo encorvada y sus piernas parecían no más gruesas que un barandal. "Si hace algo raro lo pateo y me voy corriendo, gritando como un loco" pensé.
    Creí que el anciano me daría el dinero en ese instante (no es que lo hubiera tomado para luego salir corriendo, yo no era así) pero para cuando le dije que estaba bueno el billete había desaparecido en su enorme pantalón.

    Me acerqué y me detuve de nuevo. Tal vez no era una buena idea.
El anciano debió notar mi expresión porque dijo:
    "No tengás miedo, pasá, la casa está vacía; ayer se llevaron los muebles y todo lo pesado. Sólo son dos cajas no más pesadas que tu mochila" Sonrió y se hizo a un lado para que yo pasara. “Con que te apurés es todo”.
  
    La casa realmente estaba vacía, sólo había una pequeña mesa redonda de plástico, de las que se ven en los comedores, y unos vasos de duroport en el piso. El lugar parecía mágicamente más grande de lo que parecía desde afuera, tal vez era porque estaba vacío. Se podría haber jugado fútbol en esa sala sin problema. Las escaleras estaban al fondo; viejas escaleras de madera descoloridas.
    Giré y vi al anciano mirando hacia afuera, hacia el cielo. Parecía preocupado como si temiera que algo iba a caer del cielo. "Si cierra la puerta y nos quedamos los dos aquí adentro me voy" pensé. No lo hizo. Dejó la puerta bien abierta y entró, su rostro parecía ir de viejo a no tan viejo y luego a muy viejo. Sus ojos tenían un brillo como si fueran a derretirse o algo. Mi corazón daba golpeteos en mi pecho.
    "Las cajas están arriba, son sólo dos. Bajálas y las dejás en la mesa, ya ahí ya puedo llevarlas yo mismo"

Asentí y empecé a caminar, las escaleras crujían bajo mis pies, el anciano subía tras de mí. Su arrugada cara parecía estar tragándose los ojos.
Llegué hasta arriba y mi boca estaba seca, algo andaba mal. No supe qué al principio, pero luego, cuando el anciano pisó el último escalón, me di cuenta; las tablas no crujían bajo sus pies.

    "Es la puerta del fondo, andá y yo te espero aquí" apuntó con un huesudo dedo al cuarto que estaba al fondo a la derecha. Ahora no parecía tan viejo, pero las orillas de sus ojos estaban rojas, muy rojas.

En aquel largo y opaco corredor había cinco puertas; tres a la derecha y dos a la izquierda. Cuatro de ellas estaban cerradas (con llave supuse) y en cada una de esas puertas había un enorme y brillante crucifijo de oro. Eso me dejó algo sorprendido, intenté tragar saliva pero no había nada en mi boca.

    "Apuráte porfa, ya se está haciendo tarde y no quiero tenerte aquí más tiempo" dijo con un tono nervioso que intentaba parecer amable.
    ¿Cuántos años tendrá me pregunté? mientras iba al cuarto.
La madera del piso crujía también y eso me puso más nervioso, afuera el cielo parecía hacerse más negro. Miré por las rendijas debajo de las puertas y por un breve momento creí que había sombras moviéndose en las habitaciones. No hubo ruidos, pero sabía que había gente en esos cuartos cerrados.

Llegué al cuarto con la única puerta abierta, no había cruz, y vi las cajas al fondo. Quería bajar las dos de una sola vez, quería irme, pero aunque las cajas no eran muy pesadas supe que no era buena idea llevarme las dos. "Capaz me caigo y me rompo el cuello" "Ugh, una por una entonces" gruñí y me incliné para levantar la primera, escuché varios frascos chocando entre sí, la caja estaba sellada y pensé en echar un vistazo pero el anciano dijo:
    "¡Qué pasa!" sonaba inquieto.
Salí y apresuré el paso para bajar y subir por la segunda. El viejo se veía horriblemente pálido y sus manos se abrían y se cerraban rápidamente.
    Empecé a bajar los escalones cuando escuché un gemido. Sí, un gemido como los de una película de fantasmas. No era el gemido de alguien con dolor sino de alguien despertando...

Bajé casi que dando saltos hasta que por fin puse la caja en la mesa. Entonces escuché rasguños. Mi sangré dejó de correr y sentí una corriente bajando por mi espalda. "No, me iré, lo siento pero no puedo subir otra vez. Me iré sin dinero y ahí que mire él quién le baja la otra caja"
¿Y qué hice? pues miré al cielo negro sobre la despejada calle, me di la vuelta y fui por la segunda caja.

    Subí dos escalones a la vez y caminé hacia el cuarto, el anciano revisaba las puertas, todas estaban cerradas, ajustó los crucifijos y me miró (ahora había vuelo a "muy viejo" y las orillas de sus ojos se veían negras).
    La segunda caja era un poco más grande, estaba entre abierta y en vez de frascos parecía tener "hierbas"; la levanté y un asqueroso olor a ajo me llegó a la nariz haciendo que los ojos se me llenaran de agua. Bajé la caja para limpiarme y entonces escuché un fuerte ruido. No de la calle, pero de los cuartos.
Alguien había golpeado una de las puertas con rabia suficiente como para rajar la madera.
    Me temblaban las piernas y no creí poder levantar la caja.

    "¡Por favor, apuráte!" eso me sacó de ese estado atontado y levanté la caja de un solo. Otros olores además del ajo me llegaron a la nariz, olía como la tienda de especias y hierbas medicinales que estaba a dos cuadras. Salí del cuarto y todo empezó a crujir.
    Las cuatro puertas estaban siendo golpeadas, pateadas y rasguñadas; los crucifijos se balanceaban violentamente pero sin querer caerse. El anciano estaba en medio del pasillo, mirándolas.
    Yo estaba petrificado y no creo que mi corazón hubiera estado latiendo (suena loco, pero aquello era algo más loco todavía)

    "¡ANDÁTE!" gritó el viejo pero el grito no reanimó mis heladas piernas.
Lo que reanimó mis piernas fueron los rugidos. Rugidos que parecían ser de animales pero que claramente venían de gargantas humanas (al menos así supuse) Ahora no sólo eran las puertas las que parecían temblar, toda la casa se estremecía y pensé que el piso bajo mis pies se partiría y yo caería hasta el fondo, mis piernas y espalda destrozadas.

La casa se llenó de sonidos, voces infectadas con rabia. Con hambre. Mis piernas ya no parecían estacas de madera clavadas al suelo, doblé mis rodillas y pude moverme. El anciano revisaba cada perilla, asegurándose de que nada estuviera roto. Yo corría lo más rápido que podía pero el pasillo simplemente se había hecho tan extenso como un puente. Los crucifijos resplandecían y las "cosas" dentro de las habitaciones daban alaridos como si estuvieran siendo quemadas. El anciano me gritaba pero no podía oírlo, parecía haber cientos de voces viniendo de cada habitación. Astillas de madera cada vez más grandes caían al piso. Los crucifijos perdían fuerza como trozos de leña después de una fogata.
   
    "¡VETE!" gritó el anciano. Ahora había pasado a "muy joven". Su rostro sin ninguna arruga parecía inhumano, sus ojos brillaban como monedas de plata recién pulidas. Su voz era tan firme e intensa como si viniera de un potente altavoz. Sentí cariño por él, o tal vez era confianza. Era un sentimiento que hasta hoy me ayuda a calmarme cuando las noches parecen estar plagadas de caos.

    La primera puerta a la izquierda crujió con fuerza, el crucifijo cayó haciendo un ruido sordo. Empecé a correr con la caja en mis manos y mi mochila en la espalda, pensé que no podría bajar las escaleras. Pensé que una larga y monstruosa garra saldría por el agujero en la puerta y que me sujetaría, arrancándome la piel y carne, pero en vez de eso la casa se quedó en silencio. Los crucifijos estaban opacos.

    "¡YAAAAA ANDÁTEEEE!"
Pisé el primer escalón y este crujió en la silenciosa morada. Pisé el segundo escalón y las cosas en los cuartos empezaron a reír.
    Voces guturales que se carcajeaban con tal perversión que sólo podrían venir del infierno, tal vez de algún lugar peor.

Como pude bajé las escaleras, entonces vi como la puerta se iba cerrando por el fuerte viento que soplaba, corrí y casi que tiré la caja en la mesa (no cayó, sólo se deslizó con increíble gracia junto a la otra) la puerta se estrelló. Arriba esas cosas gritaban, no de terror pero de una sádica emoción. Gritos hambrientos.

    Mi mano tocó la perilla y ahí escuché la voz.

    "¡Dánoslo!" ¡DÁNOSLO AHORAAAAAA!" gritaba aquella voz que era tan "antigua" como la del anciano.

    "Síiiiiii, siiiiii, yaaaaaaa" hacían coro las otras.
"¡Silencio!" gritó el anciano.
    "¡Vamos!, dánoslo, déjanos salir y disfrutar del festín. Nadie lo sabrá. ¡DÉJANOS DISFRUTAR!"
    "¡Ustedes no perteneces aquí! jamás lo hicieron ¡AHORA CÁLLENSE!"
"¡TÚ, PORQUERÍA CAGADA POR DIOS! ¡TE LLEVAREMOS ABAJO CON NOSOTROS Y TE DEJAREMOS PUDRIRTE Y PUDRIRTE PERO NUNCA TE DEJAREMOS MORIR, NUNCA!"

    El anciano hablaba algo que supongo era latín, no lo recuerdo y no lo entendí.
Pero no era la voz del anciano la que yo escuchaba, la respetaba claro, pero no era la de él. Era la otra voz. La voz que sonaba tan llena de pasión y de poder. Si aquella voz se liberaba sería capaz de cubrir al mundo con su extensa ferocidad. Quería ver qué clase de criatura podría tener tal poder. ¿Era el Diablo? ¿Qué era?

Sin darme cuenta me había apartado de la puerta, ahora estaba al pie de la escalera, mi pie derecho ya estaba pisando el primer escalón y mis manos estaban aferradas a la baranda.

    "¡Habla con esa pútrida lengua tuya todo lo que quieras! Todos ustedes serán carcomidos por la misma fuerza que carcomió a sus antepasados, a sus compañeros. ¡TODOS USTEDES!"

Las puertas empezaron a partirse. Uno de ellos estaba saliendo y si él (eso) salía, todos lo harían. Las puertas (que de seguro estaban protegidas no sólo con cruces pero con agua bendita y pociones de esas cajas) no eran nada. ¿Qué pensaba aquel anciano? Pero él tampoco era "gente", él debía saber.

    "BLA BLA BLA BLAAAA, EL DIOS DE ELLOS ESTÁ ENTERRADO DESDE HACE TIEMPO, ¿POR QUÉ LES CUESTA TANTO ACEPTARLO? SALDREMOS...Y CUANDO LO HAGAMOS NO QUEDARÁN NI LOS HUESOS. ¡NUESTRA HAMBRE NO SERÁ SACIADA NI CUANDO EL ÚLTIMO DE ELLOS SE ESTÉ DESHACIENDO EN NUESTRAS ENTRAÑAS!"

    Las otras voces reían y gemían. Yo ya estaba sobre el tercer escalón.

El anciano empezó a rezar y la otra voz siseó.
Ese siseo. ¡Aquel horrible siseo! Era una maldad tan pura e inmortal.
    "Corre" susurró una voz a mi lado. De alguna forma aquel hombre estaba arriba y a mi lado al mismo tiempo.
         Mis ojos parecieron aclararse, mi cabeza se sentía desconectada del resto de mi cuerpo. Miré mis manos y piernas como si estuviera en el cuerpo de alguien más, mi cabeza pareció volver a encajar sobre mis hombros.
Bajé y corrí hacia la puerta, abriéndola de un tirón.

El anciano seguía gritando y las voces seguían siseando y gimiendo, esta vez llenas de dolor.

Yo corrí, corrí empapándome de pies a cabeza.
    Finalmente había empezado a llover.


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Llegué a casa sin darme cuenta, pude haber sido atropellado pues por lo que sé corrí en medio de la calle sin siquiera fijarme en los cruces.
    Mi ropa estaba empapada (dos de mis libros no servirían aun después de secarse) y mi rostro tenía la blancura del yeso. Mi madre estaba histérica, aunque no tanto pues por mi aspecto creyó que estaba gravemente enfermo. Sorprendentemente logré contener el horror que deseaba escapar como vapor a presión de mi boca. Pude comer la mayor parte de mi cena sin vomitarla después en el piso y para cuando llegó la hora de dormir podía sostener mi cepillo de dientes sin agitarlo descontroladamente. ¡Pero tenía tanto frío!, mis venas estaban cubiertas de hielo y dentro de ellas, la sangre fluía lentamente como las gélidas aguas del mar ártico.

Quería dormir, debía dormir. El sueño me llevaría a ese mundo borroso y fantasioso en donde aún los peores monstruos no son más que creaciones de nuestra mente perturbada. Y nada más.

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A los nueve años tenía más o menos una idea de lo que era el cielo y el infierno. Ahora, a mis 21 años, tengo más que sólo una idea. Ninguna es clara y creo que nunca lo serán, pero algunas me quitan el sueño más que otras. Estoy bien, no escribo esto desde un psiquiátrico o desde una cárcel (en vez de canalizar mi miedo cometiendo algún horrible crimen lo hice por medio del arte; la pintura) aunque mis pinturas se han vuelto bastante famosas, creo que están embrujadas. Sí, lo creo. Es por eso que, sin que nadie lo sepa, cuando termino una nueva pintura la llevo a la iglesia del pueblo, el padre Ramos es mi cómplice y aunque no entiende muy bien el por qué, siempre está dispuesto a echarle "agua mágica" como me gusta llamarla en broma. Aunque Dios sabe que la respeto mucho, ¡vaya que sí!     
   
    Pensé que nunca volvería a sentir el calor del sol en mi cara o la suave brisa de la primavera, al día siguiente el aroma a ajo seguía en mis poros y el siseo se repetía en mi cabeza como si me hubieran insertado una muy pequeña grabadora en el cerebro. Mi consola por cierto acumuló polvo en la sala por más de un mes hasta que mis dedos pudieron coordinarse casi con normalidad.

    Tal vez sí hubiera terminado en un psiquiátrico de no haber sido por la carta.

No fui a la escuela a la mañana siguiente, no hubiera podido, mi madre dijo que durante la noche estuve tan frío que ella temió que moriría. "Oh madre, ya he muerto" pensé sombrío, y así me sentía.
    Ella y mi padre salieron un momento para comprar sueros y comida. Yo deambulaba por la casa (realmente como un muerto recién salido de la tumba y que aún está tratando de recordar cómo se siente estar caminando) y entonces vi el sobre.
    Un sobre blanco manchado con lo que de seguro era carbón y lodo.
Adentro estaba la carta, ya no la tengo, pero la leí tantas veces que casi puedo repetirla de memoria, decía:
    "Muchacho. Patojo. No sé tu nombre y no hace falta pues tú tampoco sabes el mío. Es mejor así.
No soy bueno con las letras, el idioma siempre me ha fascinado aunque nunca lo he dominado como quisiera ¡Y vaya que he tenido tiempo para practicar!
    Sé que tu alma ha sido expuesta a algo demasiado oscuro como para olvidarlo. Pero no debes olvidarlo, ¡debes apreciarlo! Pues ahora sabes que lo que pasó en esa casona no es mentira. Fue tan real como el agua que cayó sobre su cabello.
Sé que tendrás miedo, mucho miedo. Pero ellos no te harán daño, no pueden. No los dejaré.
No te diré qué somos (sí, ya debes saber que yo tampoco soy "gente") pero sí te diré que existimos. Te digo esto, no para que pierdas la visión de un mundo seguro y hermoso sino para que estés con los ojos abiertos.
    Millones de personas viven sin saber más de lo que ven frente a ellos, otros ven más allá de lo que se oculta bajo las camas y se pierden en el abismo, rodeados de niebla y muerte.
Sin embargo, algunos ven detrás de la cortina, ven lo que se arrastra en el fondo del abismo y en vez de temer, se asoman para cerrarlo.
   
Vive feliz, teme, ama y anhela. Y lo más importante:
    Cuando escuches un ruido en la oscuridad o un susurro en tu oído, no hagas caso, cierra bien las puertas y ventanas y nunca pero nunca los dejes entrar.

Por cierto, gracias por ayudarme. Es todo el dinero que tengo, no me importa mucho, pero sé que a ustedes sí.


Pegado en la carta había un billete de Q100.
    Sorprendentemente para cuando terminé de leer la carta, estaba sonriendo. Para cuando mis padres llegaron, el color había regresado a mi cara.
Todo iba a estar bien.

Me enteré del incendio de la casona, aunque nadie supo bien cómo inició.
    Esa tarde salí a escondidas de mi casa. Fui a la tienda y compré varios candados (de la mejor clase) y pequeñas cruces.
Pensé que mis padres me creerían loco si les daba unos para su puerta y ventana así que sólo los usé en mi cuarto.
    No me preocupaba mucho de que si esas cosas venían irían por ellos.
Después de todo, ¿no es a los niños a quienes siempre buscan primero?