jueves, 4 de junio de 2015

El hombre en su celda. II



Él sabía bien donde estaba, en su celda. Pero también estaba en otro lugar, uno que había dejado de existir hacía más de veinte años cuando la cuadra entera en la que estaba había sido devorada por un incendio.
El lugar se llamaba «La Cabaña» y aunque no se parecía en nada a una cabaña él siempre la vio con esa forma.

Él no podía verse a sí mismo, pero por la forma en que las cosas lucían, sentía que era un niño de nuevo.
Podía ver las diez mesas y bancos de madera, todas con manteles de cuadros rojos y blancos y en el centro de cada una había tres botecitos; uno de salsa, uno de mayonesa y uno de chile que él nunca había probado pero por el fuerte color verde de este, parecía ser muy picante.

Su rostro se seguía pegando más y más a los oxidados barrotes, podía sentir como los huesos de su rostro crujían a punto de quebrarse, las chicharras sonaban por todos lados. El reloj de la muerte seguía marcando los minutos pero en ese momento el horrible martilleo se había convertido en sólo un ligero pulso como los latidos de un corazón ajeno al suyo.

«¿Hoy salieron temprano?»
La voz de su madre había venido tan de repente que él no pudo identificarla a un principio.
«¿Tenés hambre?» le dijo entonces y finalmente pudo no sólo saber que era ella pero también pudo verla.
Su madre, tan cálida y sonriente, con su delantal rojo manchado con salsa y grasa.
«¡Madre!» le dijo, pero su madre no pareció escucharlo. El canto de las chicharras parecía ir en aumento, como un creciente incendio que poco a poco devora la madera de los árboles haciéndola tronar.
Se sentó en una de las mesas y su madre le sirvió un plato con dos tortillas enrolladas en forma de taco, dentro de ellas había trozos de pollo frito recién salidos de la freidora.
Él supo que estaba llorando, podía sentir las ardientes lágrimas bajando por sus pálidas y huesudas mejillas, era increíble que su cuerpo aún tuviera agua como para permitirse llorar.

Las tortillas con pollo habían sido la única razón por la cual él amaba los lunes que era cuando «La Cabaña» servía pollo frito. Era algo tan simple, pero aunque cada vez que alguien hacía pollo frito él lo comía de esa forma, nunca supo tan bien como las veces en las que su madre lo hacía. Puede que no tenga sentido para algunos, pero para los que han disfrutado de una comida hecha por mamá, sabrán que sin importar que tan simple o tan fácil sea para alguien más de prepararlo. Nunca sabrá tan bien como lo hacía mamá.

Su madre se sentó frente a él, su cabello corto y aun de color negro.

«Déjate llevar» le dijo ella y por un horrible momento, él creyó que no era ella quien hablaba sino que era la maligna víbora que había estado susurrando todo tipo de porquería a sus oídos.
Por un segundo pensó que aquel hermoso sueño o alucinación lo que fuera que fuese se convertiría en una oscura pesadilla, y que vería como el rostro de su madre se derretía y una deforme serpiente con ojos negros saldría del interior de ella como si hubiera estado usando un disfraz, lo último que él vería sería un par de colmillos clavándose en su garganta, asfixiándolo hasta dejarlo morado y con los ojos sangrados...

Pero no fue así.
El sueño continuó y su madre seguía sonriendo y mirándolo con unos ojos que para nada eran oscuros.
«Déjate llevar» le dijo otra vez y él siguió sin entender. ¿Acaso le estaba diciendo que dejara que la locura lo consumiera por completo? ¿Que dejara que la última porción de cordura fuera devorada por esa asquerosa víbora?

«¡Ya casi!» gritó otra voz al fondo del restaurante. Desvió la mirada de su madre y vio el espacio negro al fondo del restaurante. Un espacio vacío y asfixiante, como si su mente no hubiera sido capaz de pintar ese espacio porque era habitado por todos sus miedos y demonios.
El sonido de las chicharras era ensordecedor, como una fuerte lluvia de granizo cayendo sobre láminas de metal.
Su madre se había ido y la oscuridad al fondo empezó a extenderse devorando las mesas y manteles.
Él se encontraba dentro de la boca de la víbora. Y pronto estaría en su interior, sería digerido y no vería nada más.

«¡Media hora!»

Abrió los ojos y casi podía jurar que sus pies tocaron el suelo como si hubiera estado flotando. Sus esqueléticas manos aferradas a los barrotes y sentía las marcas que estos habían dejado en su piel por la fuerte presión.
La voz no había sido de la serpiente. Era uno de los guardias que gritaba desde el pasillo, de seguro él y los otros estaba preparando todo. «La gran silla» con todos esos cables saliendo de la parte de arriba de su casco de metal. Su corona.
El hombre en su celda no quería voltear, afuera de la venta podía ver el mundo real, el pasto seco y amarillento y las montañas con sus bosques deforestaros, pero atrás de él no había más que oscuridad, no estaba completamente en su sucia celda, seguía estando al borde de la locura.

Giró su cuello lentamente, escuchando cada uno de los huesos tronando, y vio. Los vio.
La oscuridad de su sueño se había colado por un pequeño agujero en su cabeza y ahora se adueñaba de su mugriento espacio.

Un perro con ojos ardientes y patas de caballo, una araña negra con finas y largas patas y una serpiente tan gruesa como el tronco de un árbol y con un enfermizo color amarillo estaban en medio de la celda. Sonriendo con sus diferentes tipos de bocas y colmillos.

«¡Media hora!» gritó uno de los guardias otra vez y el resto estalló en risas.

El reloj de la muerte le dijo lo mismo, sólo que con un horrible martilleo que casi le rompe la parte trasera de la cabeza.

CONTINUARÁ…