miércoles, 3 de junio de 2015

El hombre en su celda. I



El hombre en su celda caminaba de un lado a otro, yendo de un rincón mugriento de la celda a otro todavía más sucio. El lugar entero era el equivalente a estar metido en una cloaca, la única fuente de luz natural, era la pequeña ventana hasta arriba en una de las paredes. Para tratar de ver por ella tenías que ponerte de puntillas. De todas formas el hombre en su celda no se había atrevido a asomarse por ese pequeño cuadrado con barrotes, temía que si se atrevía a ver el mundo que jamás volvería a pisar, la poca cordura que le quedaba sería devorada por la locura que se enredaba a su alrededor en la forma de una una sanguinaria víbora.

«Déjate llevar…sss…sabes que estás jodido…» decía la víbora mientras se arrastraba alrededor de su cintura.
El hombre en su celda ponía sus manos detrás de su espalda y luego sobre su enmarañada cabellera para luego ponerlas frente a él como un ciego que tantea un lugar desconocido.
Sus ojos no eran más que un par de canicas metidas entre unas cuencas que el hambre revelaba con más intensidad con el paso de los días.
Sentía unas tremendas ganas de ir al baño, pero eso, sabía él, era simplemente porque su cuerpo no sabía qué más hacer en ese momento. Él había dejado de comer y beber hacía exactamente tres días. Lo sabía bien, aunque no tenía reloj él sabía bien cuánto tiempo pasaba. El reloj de la muerte había estado marcando los minutos cada día que pasaba en ese agujero; al principio habían sido tan simples y monótonos como el marcar de un reloj común y corriente, pero ahora, el reloj marcaba cada minuto hasta el momento de su ejecución como si alguien estuviera estrellando un martillo contra las paredes de su cráneo. El hombre en su celda imaginaba que cuando la hora final llegara, el hombrecillo martillando en su cabeza rompería una pequeña parte de su cráneo como una ventana y se asomaría diciendo «¡LLEGÓ LA HORA, LLEGÓ LA HORA, LLEGÓ LA HORA!»
El hombre sonrió ligeramente, su imaginación, él creía, era lo único que lo había mantenido cuerdo después de darse cuenta que los rezos no servían para nada.

Se sentó en su camastro que no era más que un colchón mugriento sobre un esqueleto de fierros oxidados y torcidos.
Puso sus manos sobre su regazo y se aterró al ver la forma que habían tomado, parecían las garras de un cuervo con sus dedos retorcidos y la carne que parecía haber sido carcomida dejando una piel arrugada y seca.
«Déjate llevar» susurró la insidiosa víbora. El hombre casi podía sentir su lengua viperina en los bordes de su oreja, pero todo eso era su imaginación.

«Sabes que soy real, lo has sabido bien. Todos los que han estado aquí antes que tú lo han sabido bien. La única diferencia es que para ti yo soy una serpiente, para el pobre anciano ejecutado antes de que vinieras me veía como un perro con patas de caballo, para el joven antes que él yo era una enorme araña con patas tan largas como los tentáculos de un pulpo. Ahora tu…»
«¡Calla!» gritó mientras golpeaba la dura y polvorienta pared.
Él sabía que todo era imaginario, pero nunca en su vida había escuchado que algo creado por su mente tuviera tanta…vida, al principio cuando escuchó por primera vez la seseante voz de la serpiente tuvo que voltear y asegurarse de que no estaba ahí.

El reloj de la muerte marcó el comienzo de la última hora de su existencia con un demoledor martilleo que lo hizo pensar que su cerebro se saldría por sus orejas.
«Una hora» pensó y se levantó mientras la serpiente seguía susurrando su desquiciado discurso:
«Una hora…ssssi, pronto estarás sentado en la Gran silla en donde te freirán hasta que tus ojos se licuen y…»
Se puso de puntillas y asomó su decrépito rostro por primera vez por aquella pequeña ventana. Resultó que no había nada que ver realmente. Más allá de los barrotes y muros de la prisión sólo había un horizonte seco y desolado. Montañas sin ningún rastro verde recorrían todo lo que él podía ver. El día era caliente y las chicharras cantaban por todos lados.
Pero el calor se sentía bien, la brisa era ardiente y aun principio le lastimaba sus diminutos ojos, pero ahora se sentía bien casi como si el viento le acariciara el rostro diciéndole que todo iba a estar bien. Aunque era obvio que no era cierto.
Presionó su cara aún más contra los rasposos barrotes, presionaba como si esperara volverse gelatina y escurrirse fuera de su celda. Eso no pasaría ni con un millón de plegarias pensó.
Cerró los ojos y suspiró. La serpiente se calló y lo único que llegaba a sus oídos era el relajante sonido de las chicharras.
Y luego escuchó la voz de su madre.


CONTINUARÁ…