lunes, 19 de diciembre de 2016

Todo está bien



Así que aquí estoy, escribiendo mientras todo a mi alrededor arde.
No, en serio, todo el maldito lugar está ardiendo.

Debería estar preocupado, supongo. Supongo que podría estar metido entre toda esa gente atascada en la puerta (la tan estrecha puerta) tratando de abrime paso fuera de este lugar. Gritando y sangrando, y sí, ardiendo.

O supongo que podría tirarme por la ventana como aquel tipo con la cara desfigurada y chamuscada por las llamas. Pero cinco pisos ya es mucho. Más para alguien de mi estatura.

Nah, sólo me quedaré aquí sentado, bebiendo mi café (aunque realmente ni siquiera me gusta tanto el café) y mirando.
            ¿Será que esa señora en el suelo está desmayada o muer—oh, bueno, ya no importa, le acaban de romper el cuello a puras pisoteadas. Ugh, ese pobre tipo en silla de ruedas también quiere tirarse por la ventana. Supongo que podría ir a empujarlo y…nope, ya se fue. Me pregunto en qué parte del parqueo cayó.

En fin, supongo que me quedaré aquí, me siento un poco somnoliento ahora. Tal vez sea por todo el humo negro a mi alrededor. O tal vez me he sentido cansado toda la vida. Carajo, la vida realmente te puede dejar exhausto, ¿no es así?

Bien, ya no tengo café y la gente sigue gritando y corriendo por todos lados y la verdad es que ya perdió el chiste.

Creo que me recostaré en mi escritorio y dormiré.

Buenas noches.


lunes, 5 de diciembre de 2016

Hombre de Hojalata

    ¿Sabés cuál es tu problema?

Jonathan permanecía en silencio. Arrancando pequeños pedazos de servilleta debajo de la mesa. Lucía lo miraba fijamente con aquellos ojos grandes de color miel.

    Tu problema es que pensás demasiado. Sí, eso. Pensar, pensar, pensar… Lo siento, eres un buen tipo. Pero a veces quisiera que dejaras de pensar demasiado en todo lo que hacés. Suerte.

Lucía corrió la silla para atrás y se levantó. Jonathan la miró fijamente mientras hacía bolita el último pedazo de servilleta entre sus dedos. ¿Debería levantarme y decirle adiós? ¿Debería gritarle y decirle que es una perra malagradecida? ¿Qué es lo que siento en estos momentos siquiera?

Lucía abrió la boca para decir algo más, un “¡di algo por favor! ¡Defiéndete!”, pero decidió no decir nada. Observó a Jonathan sentado en la mesa con la misma expresión de desconcertante tranquilidad. Ella imaginaba el casi infinito mecanismo de engranaje que inútilmente funcionaba en su cabeza, girando y girando, tratando de hallar la mejor respuesta. Pero con Jonathan nunca había una respuesta, nunca había una reacción y cuando las había siempre llegaban demasiado tarde.

Una lágrima bajó por la mejilla de Lucía, ella sonrió y en lo más profundo de su corazón ella le deseó suerte en lo que sea que iba a ser de su vida. “Un hombre de hojalata”, pensó sin razón aparente y se marchó.

Jonathan se quedó ahí sentado, viéndola alejarse. Después de un rato soltó un pesado suspiro y se preguntó si había respirado siquiera durante toda la conversación… “Conversación”. ¿Había dicho una palabra siquiera?
          
    Adiós. —Dijo finalmente a la silla vacía frente a él. Se levantó y dejó la bolita de papel en el plato.
 

****

La noche era lo bastante fresca como para querer estar afuera y observar las estrellas. O para esperar a que dieran las doce y ver cómo las calles estallaban con coloridas explosiones de fuegos artificiales. “O para caminar con la persona que amás”, pensó Jonathan.
Sonrió y siguió caminando cabizbajo por aquellas calles empedradas mientras los niños pasaban corriendo con sus “estrellitas” chispeando en sus manos.

¿Sentía algo siquiera?
La pregunta parecía pulsar en su cabeza como un molesto dolor de muela. Sin duda sentía un extraño vacío en el pecho, era la sensación de querer hacer algo. O de “ojalá hubiera hecho algo”. Era lo mismo que sintió cuando fallecieron sus padres. ¿O no? Era difícil saber la diferencia entre sentir algo o no. A veces se preocupaba por eso, pero la mayoría del tiempo sólo seguía su vida. Dejando que su cabeza buscara la mejor solución por sí sola.

*****
Cruzó una cuadra antes de llegar a su casa para evitar el “bazar navideño” organizado por la sociedad de mujeres organizadas de la colonia. “Un montón de viejas locas” habría dicho su padre si estuviese vivo.

Le sorprendió lo desolada que estaba esa cuadra y luego recordó que la mayoría de casas ahí estaban esperando a ser alquiladas y las otras estaban habitadas por gente sin hijos o matrimonios ancianos. Siguió caminando, contando los baches que encontraba en el camino y escuchando la música del bazar con casi completa indiferencia.
            Entonces notó la silueta de una mujer sentada en la banqueta, llorando.

Se detuvo a unos cuantos pasos, dudando si debería preguntar si algo andaba mal o no. “¿Qué haría Lucía?” pensó y se entristeció al pensar en que ya no habría nadie que se preocupara por él. ¿Es eso amor? Se preguntó mientras los engranes en su cabeza analizaban los escenarios en los que él podría actuar. ¿O le pregunto si necesita ayuda o sigo caminando? Cada quien tiene sus problemas, tal vez no quiere que un extraño en la oscuridad le pregunte si necesita ayuda…

    ¿Disculpe? —Dijo la mujer con una voz empapada en lágrimas.
    ¿S-sí? —Dijo Jonathan manteniendo cierta distancia.
    ¿Podría… podría prestarme su teléfono?
    No tengo, lo lamento. ¿Para qué necesita un teléfono? —Jonathan pensó si negarle una llamada era lo correcto. Se preguntó si la mujer notaría el bulto que hacía su teléfono en el bolsillo de su pantalón. Tal vez no, la cuadra estaba apenas iluminada por un poste eléctrico a unos metros.

    Es que, es… ¡CREO QUE MATÉ A MI ESPOSO! —Exclamó la misteriosa mujer estallando en un llanto casi histérico. Jonathan la observó con cierta fascinación.
     ¿Cree que lo mató? —Preguntó como si fuera lo más normal del mundo.
     Uh, bueno, sí, eso creo. Creo que aún está vivo, pero no tengo manera de llamar a emergencias o a la policía.
     ¿Por qué habría de llamar a la policía?

La mujer detuvo su llanto y observó (lo mejor que pudo) al hombre parado frente a ella. Sintió deseos de tirarle una piedrecita para ver si escuchaba un ruido metálico como el plunk que escucharía si la tirara sobre el capó de un auto.

    Porque quiero entregarme. A ver, venga conmigo si quiere, tal vez usted pueda ayudarme y ver si está vivo aún.
 
La mujer se levantó sacudiendo la tierra pegada a su pantalón. El hombre frente a ella seguía quieto como si no supiera qué decir o cómo reaccionar. La mujer sintió la necesidad de ver si había alguna tuerca o botón en el rostro de aquel hombre.

    Bueno. —Dijo Jonathan con cierta inseguridad. Ambos caminaron hacia la casa.
 

Según la identificación que Jonathan recogió del suelo el hombre tendido en el suelo entre la mesita de noche y la cama se llamaba Rogelio Salvador, tenía 38 años, era casado y por su foto, Jonathan asumió que los moretones en el rostro de la mujer (que se llamada Clara) no habían sido producto de una simple caída.
            El hombre, en su foto, lo miraba con expresión desafiante; tenía una mandíbula fuerte y cabello corto como de militar. Jonathan se preguntó cómo es que aquella mujer delgada (por no decir escuálida) había logrado clavarle un desarmador en el pecho a aquel tipo.

Jonathan observó el charco de sangre que se coagulaba en el piso dándole más un aspecto de pintura desparramada que de escena de asesinato y no dudó en que aquel hombre estaba muerto.
    ¿Y bien? —Dijo Clara mientras se mordía los nudillos. Jonathan notó que uno de sus ojos era más claro que el otro y empezó a buscar en su cabeza el término de esa mutación genética.
    Por favor, dígame. ¿Está muerto?

Jonathan se inclinó y buscó pulso en el cuello del tipo. Nada. “¿Seguro?”, dijo la voz de Lucía a lo lejos. Como saliendo de un pozo. “¿Estás seguro o querés revisar otra vez? O tal vez quisieras recostarte un rato y pensar si en realidad es cierto que no hay pulso o si sólo estás mintiendo para quedarte con Clara. ¿Eh? ¿Seguro?”

            —Lo lamento. Su esposo ha muerto. —Dijo Jonathan poniéndose de pie.

La mujer se quedó en silencio, mirándolo con esos enrojecidos ojos de distinto color. Su labio inferior estaba reventado y tenía feos moretones en el rostro.

    ¿Y qué hacemos ahora? —Preguntó Clara.
    Podríamos… —Empezó a decir Jonathan y se quedó sin palabras.
Clara estaba a su lado ahora y ambos observaron el cadáver en el suelo con el desarmador clavado firmemente en el pecho. Jonathan guardó la identificación en su bolsillo.
    Hay… Hay un hacha en el patio. También una pala. —Dijo Clara con serenidad.

Los engranes en la mente de Jonathan empezaron a moverse de nuevo. Aunque esta vez él pudo responder sin ninguna duda:


    Está bien. Yo usaré el hacha. 


jueves, 1 de diciembre de 2016

La Abuela.


Sus padres no estaban en casa y el reloj marcaba las 7 en punto. Ellos llegarían a las 8.

Isabela estaba sentada en el suelo de la sala con sus crayones (la mayoría eran sólo pedazos) regados en la mesa. De su mochila sacó uno de sus muchos libros para colorear, esta vez sería uno de dinosaurios.
Recostadas en el sofá detrás de ella estaban sus muñecas. Todas juntas y bien ordenadas con sus vestidos de colores brillantes, cada una sujetando un pequeño peine de plástico. Listas para ser arregladas.

La casa estaba tranquila e Isabela intentaba perderse en el mundo que había creado. Un mundo de colores y figuras amigables en el que se protegía cada vez que estaba sola. Un mundo lejos de la sombría presencia de su abuela.

            La abuela perdió la cabeza…” decía la voz de su madre en su cabeza. Isabela sacudió la cabeza y volvió a enfocarse en su libro…

            Pero ella realmente no podía concentrarse por más que tratara. Tenía que ir al baño.
Normalmente lo haría en el jardín (a pesar de recriminarse internamente cada vez que lo hacía), así evitaría subir al segundo piso. Pero su madre había dejado la puerta del jardín con llave.

            “Puedo aguantar.” Pensó la niña, pero eso se había dicho una hora atrás. Ahora la necesidad de ir al baño se había convertido en un punzante dolor en su cintura o más bien en casi todo su cuerpo. Isabela se dio cuenta de que ya no podía permanecer quieta.

Iba de un lado a otro en la sala y luego caminaba en círculos. Por un momento vio la imagen de sus papás entrando a la sala y se vio a sí misma parada al lado de la alfombra y sobre un charco de orina. Imaginó la fila de muñecas sobre el sofá riendo y cubriendo sus ojos de botones para evitar la vergüenza ajena.

            Entonces se escuchó un ruido. Había sido el golpe de algo cayendo al suelo o de alguien dándole un manotazo a la puerta.

El dolor en su vientre desapareció y por un segundo pensó que realmente se había orinado encima, pero no. Isabela sonrió. Buscó su crayón rosa para pintar el pequeño dinosaurio en su libro y entonces notó cómo el rostro de caricatura parecía burlarse de ella:

“Pobre y pequeña tonta. Te sientas aquí a pintarnos con tus ridículos colores y crees que estás a salvo aquí abajo. ¿O acaso crees que esconderte en tu cabeza te ayudará? Terminarás enloqueciendo al igual que tu abuela… Sabes que es cierto. Ella está más que loca y algún día ella bajará y te atrapará—“

—¡NO! —Isabela lanzó el lanzó el libro por los aires. Un par de hojas se desprendieron y cayeron dispersas al otro lado de la sala como plumas de un ave a la que le han dado un tiro.

Su mundo de fantasía no la ayudaría esta vez, sus padres no la ayudarían tampoco aún si estuvieran ahí. Y ellos casi nunca lo estaban.

            Entonces, a sus nueve años de edad, Isabela decidió que no iba a seguir teniéndole miedo a la abuela. “La abuela perdió la cabeza.” El dolor en su vientre volvió, invocado por la repentina motivación (motivación mezclada con pánico y ansiedad) en la cabeza de la niña.

Se levantó y fue a la cocina.



*****



Encendió la luz que iluminaba las escaleras y con cada escalón que subía, observaba el oscuro pasillo del segundo piso. Podía sentir la presencia de su abuela encerrada en esa tenebrosa habitación.


Tanteó por unos segundos la pared en busca del segundo interruptor para encender la luz del pasillo hasta que dio con él. Al mismo tiempo se escuchó otro ¡PAM!, e Isabela retrocedió quedando peligrosamente cerca del borde del escalón. Ese seguro había sido el golpe de una mano contra la pared o alguna mesa. La niña estaba sudando y podía sentir un nudo amarrándose en su garganta.

            El pasillo, a pesar de todo, permanecía quieto y ominoso.



La habitación de la abuela era la primera en el pasillo y al fondo estaba el baño. Isabela caminó lentamente, alejándose de la puerta que daba a dicha habitación. ¿Cuándo fue la última vez que esa puerta se había abierto? Al principio, cuando la abuela aún parecía tener conexiones neuronales en su anciano cerebro, la puerta casi siempre estaba abierta.
       Isabela recordaba la pequeña ventana en el cuarto que daba al patio; la ventana no era muy grande, pero en ese entonces el cuarto de la abuela era tan claro y arreglado. El aroma a medicina y desinfectante se mezclaba con las flores y perfume que a la abuela tanto le gustaban (al menos así decía con su aletargada voz).

Luego las flores dejaron de importar y el aroma que abundaba era el aroma rancio y húmedo que emanaba de la cama. No sólo de las sábanas, del colchón en sí e incluso de lo que fuera que estuviese debajo de la cama.

“Si vas a hacer esto, ve al baño primero o te harás encima como una niña tonta”.

Empezó a caminar lentamente hacia el baño, escuchando cada uno de sus pasos sobre la alfombra. Ella bajará algún día y te atrapará…
Al llegar a la mitad del pasillo pudo, o creyó, escuchar el sonido de la vieja perilla moviéndose débilmente.

            “Niña tonta, ¡ella te atrapará!”


Isabela se detuvo un momento y luego corrió hacia el baño sin mirar atrás.

El sonido del agua corriendo pareció relajarla un poco, además ya no sentía ese horrible dolor punzante en su vientre. Casi parecía que nada de lo que había pasado hasta ahora era real. 
          Salió tranquilamente del baño, ensimismada en la idea de bajar e ir a peinar a sus muñecas y olvidarse de todo el asunto. Después de todo, la abuela era responsabilidad de sus padres. Ellos tenían que preocuparse por ella, no Isabela, una niña de nueve años…


Isabela levantó la mirada y vio a la figura decrépita que apenas se mantenía de pie al final del pasillo frente a las gradas.
            La niña se quedó sin aliento mientras daba un paso hacia atrás. Sentía un horrendo grito atascado en su pecho, incapaz de pasar por el nudo en su garganta.

La abuela estaba ahí, de pie, como una víctima de guerra que no había visto la luz ni probado alimento en mucho tiempo. Sus piernas y brazos se veían grotescamente largos retorcidos debido a su delgadez mientras que su torso encorvado (o lo que se suponía era un torso) estaba cubierto por un amarillento y desgarrado camisón.

Sobre su cabeza reposaba una masa de cabello enmarañado tan fino como un montón de telarañas.

Isabela trató de mover su brazo para buscar detrás de su espalda, pero la vacía y perturbadora mirada de la abuela la mantenía inmóvil. Los ojos de la anciana parecían brillar —como los ojos de un depredador en la noche— desde el fondo de las cuencas rodeadas por negras ojeras.

            Un ligero, pero constante jadeo escapaba de su garganta. La abuela mantenía su hechizo sobre la niña mientras un hilo de baba bajaba por la comisura de su boca, que se mantenía ligeramente abierta. Este gesto le daba una imagen tanto estúpida como desquiciada.
Finalmente, la niña empezó a caminar, lentamente como un bebé. El pasillo parecía mecerse como una canoa y la abuela movía la cabeza atentamente con cada paso. Isabela se llevó la mano derecha a la espalda, asegurándose de que estuviera ahí.

Al llegar a la mitad del pasillo, se detuvo. La anciana empezó a moverse con la gracia de un títere; lentamente movía sus desgastadas articulaciones y el chasquido que producía el roce de sus huesos era impensable. Al igual que un esqueleto de aparador del día de brujas que ha cobrado vida.

La niña tanteó el reconfortante filo del cuchillo oculto en su espalda y esperó algo más. Pero la abuela simplemente se arrastró de vuelta a su oscura habitación cerrando la puerta.

Isabela estaba decidida.

Abajo, las muñecas miraban al reloj con sus expresiones de infinita inocencia. Las agujas señalaban las 8 en punto.


“¡Hazlo!, o ella lo hará primero.”


Se acercó a la puerta y la abrió. De inmediato fue recibida por el acre aroma de algo que parecía haber tenido ajo y orina. Y muchas otras esencias que flotaban en aquel sofocante ambiente.
            Isabela deslizo su mano izquierda por la pared, mientras sujetaba el cuchillo de la cocina con la derecha, en busca del interruptor.
La abuela estaba sentada en el borde de la cama. Sonriendo malévolamente. La luz amarilla se reflejaba en sus blancos y hundidos ojos. Su sonrisa revelaba encías ennegrecidas con dientes que bien podrían haber sido trozos de quebrados de porcelana incrustados desordenadamente.

            Sus manos raquíticas reposaban en su prácticamente inexistente regazo.

            —Tu sucia abuela está revolcándose con nosotros en el fondo del averno. —exclamó la voz que habitaba las carcomidas entrañas de la abuela.

La pequeña tenía el corazón en la garganta y este se retorcía frenéticamente queriendo huir.

            —¿Q-quién… qué eres? —Suspiró Isabela.

            —¡Ah! Tontita… ¡Por supuesto que soy yo! —dijo la creatura cambiando de voz casi de inmediato —Soy yo, tu abuela. Lamento haberte asustado… ¿Cómo voy a estar yo en el averno, eh? Lo que pasa es que, bueno, como diría tu madre: “¡La abuela perdió la cabeza!”

La anciana empezó a carcajearse emitiendo el sonido de varias, y muy diferentes risas, al mismo tiempo. Agitó sus pies y manos como una chiquilla mientras un líquido negro salía poco a poco de su nariz.
Ella no estaba enferma ni loca. Lo que le había pasado no era producto de una degeneración en su sistema nervioso. Era algo consciente, aunque no necesariamente vivo. O humano.

Aquello había matado (devorado) a su abuela y ahora haría lo mismo con Isabela. Lo haría simplemente para cumplir algún tipo de deseo enfermo por los débiles. Aquel ser no atacaría a sus padres, no, ellos eran fuertes. Eso iría sólo por los ancianos y los niños.

 La abuela estiró los brazos en señal de abrazo y casi sin ningún esfuerzo se levantó de la cama.

            —Déjame hacerte un peinado, mi niña. Uno lindo y perfecto. Déjame arrancarte la puta cabeza para que tus papás la cuelguen en la sala y le muestren a todos lo bonita que eras. ¡DÉJAME TIRARTE EN LA TIERRA PARA QUE TE PUDRAS JUNTO A LA ZORRA DE TU ABUELA!
Isabela sacó el cuchillo y lo sostuvo débilmente frente a aquel ser. Tenía los ojos cerrados y aunque sabía que eso era lo peor que podía hacer, no podía forzarse a abrirlos. Aquello era demasiado obsceno y malvado para que ella lo viera. Esa cosa se llevaría su cordura primero y luego su alma…y finalmente su carne.

            “Hazlo querida…” —susurró una voz en su cabeza desde un punto oculto y seguro. —“Mátala ahora o condénate junto conmigo…

La criatura enredó sus huesudos y casi descarnados dedos en el cabello castaño de Isabela y al abrir los ojos, la niña vio cómo aquello lamía lascivamente la parte filosa del cuchillo. Aquellas garras se aferraban a su cabellera.

—Tu sangre servirá para bañarme por un buen tiempo, mi niña.

Isabela se lazó hacia la abuela apuñalándola directo en el pecho. El cuchillo la atravesó y salió por la espalda. Cubierto de una sustancia negruzca y espesa.
La abuela retrocedió y ambas cayeron sobre la cama. Los oxidados resortes chillaron exhaustos y la anciana abría la boca como un pez fuera del agua. Ella reía con una excitación blasfema mientras se mantenía aferrada a la niña.

            —Yo te cuidé tanto tiempo y ahora me haces esto. ¿Por qué mi niña? ¿Quién te cuidará en las noches de lluvia y frío? ¿Eh? No creo que tus padres. —La voz que imitaba a la de la abuela iba y venía reemplaza por un conjunto de voces burlonas. —Oh mi niña… No llores…te cantaré una canción de cuna. Y cuando no puedas dormir, me sentaré a tu lado en la cama y te cantaré…y te meceré…mientras arranco pequeños pedazos de piel y carne de esa linda carita…

Isabela se ahogaba en llanto.

La puerta de la habitación se cerró.


*****

Abajo en la sala. El reloj marcaba las nueve en punto. Las muñecas en fila y bien tranquilas en el sofá miraban pacientemente el reloj.

            Sostenían sus peines de plástico y mostraban sus incansables sonrisas.


Afuera, las luces de la calle iluminaban la entrada principal de la casa. Una casa en silencio. Que esperaba la ya atrasada llegada de unos padres.



domingo, 20 de marzo de 2016

El ojo de la cerradura.



El pequeño no sabía qué castigo iba a darle esta vez su padre. No que su padre le hubiera pegado alguna vez ni que sus castigos fueran terribles; sus castigos siempre consistían en mandarlo a su cuarto sin permiso de ver la televisión. Era aburrido sí, pero no era lo peor. El pequeño no se portaba mal por maldad, a veces simplemente se sentía atraído a la idea de impresionar, de crear ese momento incómodo en el que la gente no hace más que mirar en completo silencio al pequeño que acaba de hacer algo “malo”.
        
Sus padres lo regañaban y trataban de hacerle entender el “porqué” de sus castigos. Él lo entendía muy bien. Pero…
Pero…esta vez había algo diferente en el tono de voz de su padre.
También en su mirada.
El pequeño no sabía qué era peor, la forma rara con la que su padre le había dicho “Ven conmigo” o la mirada que le había lanzado.

Subieron las escaleras y fueron al último cuarto del pasillo, el cuarto no era usado para nada, pero su madre siempre procuraba mantenerlo limpio y ordenado.
         Su padre abrió la puerta y ambos entraron. Era la primera vez que el pequeño notaba la puerta. La casa había sido remodelada cuando sus padres la compraron y casi todo había sido cambiado. Si bien la puerta era nueva, la cerradura era grande y el ojo de la cerradura era como esos de las caricaturas, por los que se puede meter una gran llave de oro mágica.

“Siéntate”, dijo el padre.
No había silla y el pequeño no se molestó en preguntar en dónde o siquiera en protestar. Se sentó en medio de la tranquila y cálida habitación.
         Abajo, los invitados seguían parloteando sobre lo que fuera que hablasen los adultos.
    “Lo s-
Antes de que pudiera dar su millonésima disculpa, su padre alzó la mano y se puso de cuclillas para hablarle directo a los ojos.
    “Sabes, yo también me portaba mal cuando era niño,” empezó el padre. Una brisa entró por la ventana haciendo que la puerta se moviera lentamente. 

   “Una vez, creo que tendría un año más que tú, mis padres me llevaron a un funeral. Creo que era el funeral de uno de sus amigos o algo así, debió serlo porque yo no recuerdo haberme sentido triste, y es que yo quería a casi todos los familiares que conocía.” La puerta se movió un poco más. 
    “En fin, yo estaba aburridísmo en ese lugar, yo hubiera querido que me dejaran con una niñera, pero supongo que no consiguieron a nadie a tiempo. Los pocos niños que había no querían jugar pues ellos sí estaban tristes. Así que lo único que hice fue caminar de un lado a otro pensando en cosas sin sentido. Cuando llegamos a la sala en donde estaba el difunto, mi madre me dijo: 'Pórtate bien, recuerda que esta es una situación muy triste, no molestés a nadie. ¿Oíste?' Asentí, aunque no con mucho sentimiento. La sala estaba repleta de gente abrazándose y sollozando. Al fondo estaba el ataúd abierto y podía ver más o menos al tipo en él. Su traje negro era lujoso y su cara estaba toda maquillada. Parecía tan tranquilo ahí acostado”.
El pequeño se sentía algo incómodo por la conversación, pero siguió escuchando cada palabra.
   “YO quería ver al difundo, sabes, no tenía miedo. Tenía curiosidad, nada más que eso. El ataúd estaba un poco alto, pero creía que, si me ponía de puntillas, podría verlo claramente, tal vez hasta podría tocarlo. ¿Qué tan frío estará? Pensaba.” El padre soltó una áspera carcajada. “En una de esas vi que ya no había tanta gente alrededor, creo que habían decidido salir al jardín o algo así, por lo que decidí acercarme. Me fue difícil no correr de la emoción, pero las suelas de mis zapatos eran muy lisas y no quería resbalarme. Cuando llegué al ataúd mis manos estaban frías y tenía la garganta seca…”

   “¿Ya está?” gritó la madre abajo. El pequeño se sobresaltó y su padre le sonrió.
   “Ya casi”. Dijo el padre y no hubo respuesta.
  “Bueno, para ir al grano, resultó que ni poniéndome de puntillas alcanzaba a ver el muerto, frustrado, me acerqué más tratando de apoyarme en el ataúd. Y como un niño que quiere ver los dulces en un aparador ignorando el letrero que dice “No se apoye en el mostrador”, me apoyé en el ataúd tratando de ver, aunque sea las manos. Entonces CRACK, algo crujió horriblemente debajo y las patas de metal de aquello en lo descansaba la caja se doblaron y el ataúd se me vino encima. Logré hacerme para atrás a tiempo para no ser aplastado, el ataúd cayó de lado y aunque no se hizo pedazos, sí se escuchó otro tremendo crack de madera partiéndose. El cuerpo simplemente rodó fuera como un maniquí y quedó boca abajo en el piso”

El pequeño tomó aliento y el padre rió. 

   “Sí, eso, así mismo hice yo. Mirando el cuerpo desparramado en el piso, el ataúd rajado y…bueno, todo en general. Y así hizo la demás gente. No volteé a ver cuando escuché el AAAAAH detrás de mí. Ni cuando sentí el jalón en mi brazo por parte de mi padre. Cerré los ojos y esperé un golpe, no sé por qué, mis padres nunca me golpearon, pero supongo que esa travesura merecía un castigo así, no lo creo como adulto claro, pero ahí entendí lo graves que pueden ser las consecuencias de ser un niño curioso”.

El padre se levantó con dolorosa dificultad.

  “No hubo gritos o tremendas regañadas. No, lo siguiente que recuerdo es mi padre llevándome a un cuarto, así como acabo de hacer, aunque el cuarto aquel era todo opaco y polvoriento, y contándome una historia similar. No con un muerto, no, sino sobre que él, mi padre, había sido igual de curioso y blah, blah, blah…
         Luego, él cerró la puerta y me dijo:
‘No vas a estar en este cuarto bajo llave, podés salir claro. ¿Cuándo? Esa es tu decisión, lo único que tenés que saber es que ni yo ni tu madre vamos a estar vigilándote. No, ya no. Siempre estaremos ahí, te queremos y lo haremos, pero ya no queremos sentir la constante humillación de responder por tus travesuras, así como mis padres lo hicieron conmigo. Así que, al igual que tu decisión de salir de esta habitación cuando te plazca, también será tu decisión de seguir haciendo esas tonterías. Nosotros ya no te vigilaremos. Pero tampoco vas a estar sin vigilancia”.

El pequeño frunció el ceño.
   “Sí, también hice eso mismo”.

El padre caminó a la puerta y antes de salir le dijo:

“Esto es lo mejor, te queremos”.

Así, cerró la puerta.

El pequeño se quedó inmóvil en la misma posición. Escuchó los pasos de su padre bajando las escaleras y el lejano murmullo de los adultos.
         La puerta no estaba con llave y él podía salir cuando quisiera, que era diferente a sus otros castigos, pero…
¿Sin vigilancia?
Se levantó y se dio cuenta de que su pie izquierdo se había dormido. Quejándose en silencio caminó hacia la puerta, no bajaría de inmediato ni tampoco iría a ver televisión, no, simplemente iría a su cuarto y estaría quieto. Algo que podría hacer en esa habitación, pero después de la historia del difunto, creí que los adultos no hablaban de eso con los niños, él no quería estar ahí. Además, el gran agujero en la cerradura lo ponía incómodo. Se sentía—



A medio camino se detuvo de golpe. Su mirada fija en el agujero de la cerradura.
Su boca seca. Cerró los ojos y los mantuvo así como por diez segundos, al abrirlos perdió la fuerza y calló de rodillas. Aquel ojo que lo miraba por afuera de la puerta y a través de aquel enorme agujero en la cerradura se movía ligeramente, atento a sus movimientos.
         El pequeño intentó abrir la boca para preguntar si era su padre, madre o alguien. Pero no podían ser ellos.
Tal vez era el difunto, pensó.

¡Quiero salir!, pensó, puedo hacerlo de todas formas.

Pero el ojo lo miraba fijamente, con cierto interés. No, no cierto, mucho interés.

Pasaron cuarenta minutos y el ojo no se apartó de la puerta.

Ni bien se vaya saldré, pensó el pequeño.
Sí…sólo no tengo que verlo…
El pequeño se dio la vuelta y miró, tratando al menos, de prestarle atención al cielo afuera de la ventana.
Pero el ojo siguió observando con infinita atención.