domingo, 29 de marzo de 2015

Llanto de bebé

Ya no puedo más.
Estoy muy cansado, demasiado.
Levantarme y caminar se ha vuelto algo demasiado doloroso.
Mis ojos siempre están enrojecidos, mi piel está tan seca.
Mi cabeza siempre está adolorida.
Oh Dios, cuánto tiempo seguiré en ésta tierra...
Si por mí fuera me quedaría aquí, tirado en el suelo mugriento.
Me quedaría aquí, con los ojos cerrados, esperando a que mi decrépito cuerpo se fundiera con la tierra.
Pero no puedo.
El llanto es demasiado fuerte. Enloquecedor.
Esperaba poder dormir hoy, aunque fuera un poco, cuan tonto soy al pensar lo mismo todas las noches.
Supongo que así funciona la esperanza.
Como puedo me levanto, mi pierna ya casi no puede moverse, temo que en algún punto se quebrará y yo quedaré tendido en el suelo, condenado a arrastrarme.
He pensado en el suicidio, casi siempre, pero no lo haré.
No sé por qué no, eso lo resolvería todo.
El llanto incrementa a medida que me acerco a la cuna.
Un viejo canasto ennegrecido que reposa en la mesa en la que alguna vez disfruté de una cena o un desayuno con mi esposa.
Un velo desgarrado cuelga de un gancho torcido que clavé en la pared.
"Cuna", claro. Una maldita cuna.
Pero no es al bebé en la maldita cuna al que busco, no, busco a Carmen Madrigal.
Por mas obsceno que suene, siempre me gusta recordar sus nombres. Me hace sentir más tranquilo, aunque claro eso ya no importa mucho.
Oh ¡Mierda!
Lo siento, no me gusta maldecir mucho. Pero el llanto.
¡El llanto, el llanto el llanto!
¡YA VOY, CÁLLATE YA VOY!
El simple hecho de tomar algo se ha vuelo muy difícil, mis dedos se han retorcido como las ramas de un árbol en sus últimos días, bueno, al fin de cuentas éstos parecen ser mis últimos días.
El cuchillo parece tan pesado, tal vez lo es, no lo era meses atrás cuando yo aún podía correr.
¡POR FAVOR YA YA YA YAAAA!
Debo hacerlo rápido, mi cabeza empieza a latir como si mi cerebro estuviera dentro de un horno.
Debo cortar, cortar, cortar.
¡Ya, por favor sólo un maldito minuto!
El cuchillo ha perdido mucho filo, pero la carne se ha vuelto más "suave". Supongo que así le gusta más. Maldito.
Veo una gota de sangre caer en su vestido blanco, no es de ella, ella ya no importa.
Es mía, debo cortar, debo cortar y así podré regresar a mi miseria en silencio.
Listo, finalmente.
Lo siento Carmen Madrigal, lo siento profundamente.
Me levanto como puedo, jalo la cuerda atada al gancho retorcido, el velo sube como el telón en una obra de teatro, bajo ella se encuentra al protagonista.
El llanto, el llanto.
Lanzo el trozo de carne como puedo con mis ojos cerrados y viendo hacia otro lado.
Temo por un segundo que lo lancé muy mal, pero el llanto se ha detenido.
Ahora lo reemplaza el grotesco sonido de sus mordiscos.
Bajo el telón y empiezo a llorar.
Mi nariz dejó de sangrar, él aún mastica.
Creo que puedo irme a mi cuarto ahora pero antes de salir de la habitación veo a Carmen Madrigal.
Ya no queda mucho de ella.
Veo a la negra cuna que tantas veces intenté quemar.
Veo mis manos ahora feas y torcidas.
Estoy tan cansado, pero ahora no creo que pueda dormir.
No, no podré.
¿Que pasará cuando ya no pueda cortar nada mas de ella?
Ya no puedo correr, ya no puedo salir.
Oh Dios.
¿Que pasará cuando él tenga hambre y yo ya no pueda ni levantarme?
Me iré a acostar.
Y tal vez, solo tal vez.
La muerte se apiade de mí y venga a buscarme y me lleve lejos.
Tal vez.
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