domingo, 22 de marzo de 2015

El lobo



Andrea sabía que era un sueño pues ella había estado durmiendo toda la tarde desde que llegó de la escuela; en su sueño ella se veía a sí misma caminando por un sendero adornado por margaritas (su flor favorita) en un bosque perdido en un lugar sin nombre, la niña en el sueño tenía unos siete años, cinco años menos que la real, y vestía un lindo vestido rojo con capucha. «Uuu mírate, te ves como la niña del cuento» le había dicho su abuela una vez; ellas dos habían sido inseparables, por eso a Andrea no le molestaba caminar más de una hora para llegar a su casa. Eso era antes, cuando la abuela aún vivía. Ahora ella estaba atascada con su madre que bien podría ser la bruja del cuento, ella y el—

 « ¡LOBO!» le gritó Andrea a su yo más pequeña.
La niña volteó y vio como todos los animalitos del bosque se escondieron entre las flores. El lobo estaba parado a lo lejos; parado en sus dos patas como un perro haciendo un truco, su pelo negro y alborotado estaba lleno de espinas como si hubiera salido de un agujero (¿no es de ahí de dónde vienen?) su hocico se abría y se cerraba mostrando una lengua morada entre sus grandes y filosos dientes. Baba caía de entre ellos.

« ¡Corre tonta! ¡CORRE!» le dijo Andrea a la pequeña y la pequeña intentó moverse pero sus pies se habían hundido en la tierra que ahora se veía lodosa, terror inundó su cabeza. El lobo caminaba lentamente sabiendo que la pequeña era suya, entre más se acercaba más se daba cuenta Andrea que no era baba lo que goteaba del hocico del animal, era sangre.
  «Aaaah, Andreita, mi pequeña» decía el lobo jadeando y soplando su pútrido aliento contra la cara pálida de la niña, sus ojos estaban llenos de una rabia enfermiza.
  «Shhh, tranquila, no te va a doler...ven juguemos un rato» decía el lobo. La niña quiso alejarse y él incrustó sus garras en su brazo haciendo brotar sangre lentamente.
La niña volteó y vio la casa de la abuela a lo lejos; la casa se veía gris y muerta como la realidad, (oh abuela el lobo, el lobo...)
  «Debiste correr tonta» decía Andrea, su almohada empapada de lágrimas.
El lobo la acercó más hacia él cubriéndola con su pelaje negro y maloliente.
 (¿Andrea?...) se escuchaba a lo lejos.
La niña soltó su lonchera en la que llevaba pastelitos para su abuela y dejó que el lobo la engullera.

« ¡Andrea!» la voz demandaba del otro lado de la puerta.
Andrea se levantó de la cama con el rostro hinchado de tanto llorar, su habitación se había convertido en un horno por el sol de la tarde.
  « ¡Abre la puerta ahora!» el hombre golpeaba a la puerta con autoridad.
La niña se vio al espejo, vio las ojeras bajo sus ojos apagados, vio su labio aun algo hinchado (oh cuanta sangre cuanta sangre) y los moretones ocultos en su cuello. (Oh abuela los lobos existen y caminan y hablan)
  «Cuántas veces te he dicho que no cierres la puerta con llave» decía el lobo mientras la niña abría la puerta.
«Bueno, ya no importa. Sabes, tu madre no viene hasta más tarde...»
Andrea miraba sus zapatos negros.
«Los lobos pueden hablar» dijo la niña con una voz tan baja que sólo ella pudo oírla.
  «Ven Andrea...juguemos un rato»