domingo, 26 de abril de 2015

Sordera


Como en muchas otras noches, él había dormido tranquilamente como un bebé. Sus sueños habían sido, en todo caso, normales, sin pesadillas ni nada que pudiera reflejar que él tenía cosas que ocultar o por las que temer...excepto...excepto que él sí tenía cosas que ocultar (varias) y por las que tenía que pagar.

Abrió sus ojos y vio como la luz trataba de entrar por su ventana cubierta por unas cortinas que alguna vez habían sido celestes y que ahora parecían del tipo de cosas que verías en una casa abandonada.
Estiró sus brazos sintiendo una terrible resaca sobre su cabeza (la botella de whisky barato   aun goteaba en el suelo) y sintiendo un pesado cansancio sobre su cuerpo que sólo es producido por un arduo trabajo. Y sí que había trabajado la noche anterior.

Él se quedó sentado sobre su mugriento y maloliente colchón por un buen rato, esperando a que las náuseas y la jaqueca se calmaran un poco. El piso de su habitación estaba cubierto por docenas de hojas de periódicos, algunos con fechas de más de siete años atrás, en todas ellas se podía leer con letras grandes y negras: SE BUSCA y AYÚDENNOS POR FAVOR. Abajo de todos esos anunciados se veían las fotos de docenas de hermosas jovencitas, todas ellas sonriendo. Todas ellas habían salido de su casa, trabajo u escuela un día y jamás habían vuelto.
Muchas personas suelen mostrar su orgullo al haber ganado algo colgando sus medallas y mostrando sus relucientes trofeos en estantes donde todo el mundo pueda verlos. Aquel hombre nunca habría ganado nada ni recibido ningún premio por un logro que todo el mundo quisiera admirar (ni siquiera había pasado tercero primaria) aún así, cada vez que miraba esas hojas regadas con las fotografías en blanco y negro de esas sonrientes princesas, se sentía orgulloso. Esos padres pagarían miles por alguien que les dijera en dónde están sus hijas. Pero ellos nunca recibirían ni una llamada que les dijera si ellas estaban vivas o muertas. Jamás tendrían una tumba en la que llorar por sus princesas.

Se levantó lentamente y sintiendo cada una de sus articulaciones crujir. Se sacudió la tierra que aún tenía pegada a su camisa y pantalón y caminó lentamente hacia el baño.
El baño era un lugar aún más sucio que su habitación; el escusado había estado tapado por años y el lavamanos, que alguna vez había sido blanco, estaba cubierto por parches de moho verde oscuro. Una cubeta de agua (robada a sus vecinos) yacía en el suelo, cucarachas y otros insectos se habían ahogado en ella y ahora flotaban sobre la superficie. Las sacó como si nada y con esa misma agua se lavó la cara.

Se miró al espejo y vio los rasguños en su cara, los rasguños eran profundos y probablemente dejarían cicatrices, pero eso estaba bien, ella había peleado como ninguna otra, pero eso ya no importaba ¿cierto?. Él sonrió estirando aun más sus labios agrietados y se inclinó para tomar más agua entre sus manos. Ahí se dio cuenta de que algo andaba mal.

La mañana había sido increíblemente tranquila desde el momento en que abrió los ojos; ni un solo auto había bocinado a lo lejos, las aves no le cantaban a Dios (como su abuela solía decir) y no había escuchado el crujiente sonido de sus pies pasando sobre los periódicos.
Pero ahora, mientras observaba el agua que se colaba entre sus dedos, supo que algo no estaba bien. Metió sus manos en la cubeta y agitó el agua violentamente, el agua sí se agitaba y caía al suelo, pero en todas esas veces que lo hizo no pudo escuchar absolutamente nada. "¿Qué carajos?" pensó. Una extraña sensación subía por su cuello, algo que él no había sentido hace mucho tiempo.
Se metió el meñique en ambos oídos y todo estaba bien, entonces tomó la cubeta y la arrojó con fuerza al suelo. La cubeta rebotó y casi le da en el pie, y al igual que con el agua, no hubo sonido alguno. Esto lo hizo enfurecer.

Salió del baño y se dirigió a la cocina, sus brazos se agitaban ligeramente como los ademanes de un hombre nervioso, de la cocina tomó un par de oxidados sartenes y los chocó entre sí. El sonido habría sido horrible, aún peor debido a su creciente jaqueca, pero a pesar de sentir la fuerte vibración de los sartenes en sus manos, no hubo nada. Todo seguía estando en completo silencio. Él gritó hasta que su cara se sentía caliente, lanzó cubiertos, vasos y sillas por toda la casa. Y no escuchó nada. Era lo mismo que ver una película de acción y bajarle todo el volumen.

Una persona normal habría ido al hospital en ese instante, pero él no era alguien normal, él era un fenómeno que sólo salía en las noches más oscuras o en los días más nublados, él se arrastraba entre la basura dejada por otros, buscando sustento. No, él no podía ir al hospital. Él no podía salir, no ahora que había otra joven perdida.

Se jaló el cabello en su desesperación y su cabeza parecía palpitar. Caminó de vuelta a su habitación y se sentó de nuevo en el colchón, tomó la botella de whisky y la lanzó al techo. Los trozos de vidrio cayeron como granito gigante sobre los periódicos. Nada aún. Jaló su cabello una vez más hasta arrancar grandes mechones desde la raíz, el dolor y la punzante desesperación lo hicieron vomitar finalmente.
Ahora tenía miedo, sentía que su cerebro hervía, sentía que alguien lo había vapuleado con un enorme fierro la noche anterior, su garganta le ardía por todos los gritos y ahora tenía el agrio sabor a vómito en su boca. Se acurrucó como un perro en su colchón evitando el charco de porquería sobre su almohada y cerró los ojos.

El sueño, por suerte, llegó rápido y lo hundió en lo más profundo. El día pasó rápidamente fuera de su ventana y las pocas personas que se habían alertado por los fuertes ruidos que salían de esa sucia choza regresaron a sus quehaceres rutinarios. Poco a poco el sol se fue del otro lado del mundo, dejando que la luna se encargara. Dejando que la noche trajera sus fantasmas.

Él yacía en la misma posición en la que se había quedado horas atrás, su mano se había quedado debajo de su cabeza y ahora estaba entumecida como la mano de un muerto. Algo no lo dejaba dormir. Intentó ahuyentar al maldito con su otra mano y no funcionó, pensó (aún metido en su sueño) en tomar la colcha pero recordó que esta se había manchado de vómito al igual que su almohada. El maldito mosquito seguía zumbando en su oído e interrumpiendo su descanso, interrumpiendo su-
 "¡Mosquito!"
Se sentó de manera brusca pero con una cálida sensación en su pecho. El zumbido era claro y aunque no podía ver al bicho en su oscura habitación, él sabía que estaba ahí. Su jaqueca se había ido al igual que la irritación en su garganta. De hecho, él se sentía muy bien. El zumbido estaba aumentando.

Para cuando buscó la vieja lámpara de gas que usaba para tener suficiente luz y no llamar la atención de nadie, su cabeza se había llenado de toda clase de sonidos: los ladridos de un perro, el canto de los grillos, el croar de varios sapos y el claro, el zumbido de los mosquitos. Al principio estos sonidos lo llenaron de alivio, ¡podía escuchar de nuevo! pero entre más se oscura se hacía la noche, más se daba cuenta de que los sonidos parecían repetirse, era como tener una grabadora en su cabeza y la cinta se reiniciaba una y otra y otra vez. Algo andaba muy mal otra vez.

Intentó calmarse yendo al baño y buscando repetir su experimento con la cubeta, pero entonces escuchó algo que lo dejó frío y pegado al suelo. Era el llanto de una niña.
No fue el repentino sonido del llanto lo que lo aterró hasta los huesos sino que fue lo familiar de ese llanto. ¿Un Déjà vu? eso no era posible, así no es como funcionan. El llanto seguía aumentando y en pocos minutos lo acompañaban unos suaves susurros. ¿Alguien está rezando?
Tomó la lámpara enfocó la luz a los rincones de la habitación. El llanto y los susurros estaban cerca pero no había nadie. Por supuesto que no.

"Usted..."
Dando un gemido, él dio unos pasos atrás. La voz venía del oscuro corredor.
En su cabeza la grabación de los mosquitos, perros, grillos y sapos había empezado otra vez, pero ahora alguien había subido el volumen hasta el tope.
"¡¿Quién está a-a-ahí?!"
"...Usted..." dijo otra voz que parecía estar detrás de él.
Giró y su lámpara sólo iluminó la mugrienta pared.

"...Usted..." dijo otra voz y el llanto de aquella niña fantasmal pareció estar de acuerdo con ella. Los rezos se hacían más y más fuertes.

"¡Largo! ¡Fuera de aquí!" Él gritaba pero sus palabras sólo rebotaban dentro de su cabeza. La sordera nunca se había ido, lo que él escuchaba era...era ¡¿Qué?!
La lámpara se resbaló de su temblorosa mano (la otra seguía fría y entumecida) y los bellos rostros en el suelo se iluminaron. "¡Oh Cielo Santo!"
Todas aquellas hermosas jovencitas habían cambiado sus eternas sonrisas y miradas por unas muecas retorcidas y llenas de pena. "No, no, no, esto no está pasando" intentó cerrar sus ojos inútilmente como si esperara despertar. Los perros ladraban rabiosos.

"...Usted..."
"No"
"...Usted..."
"N-N-No"
"¡DÍGALO!"
"¡NOO!"

Tomó la lámpara del suelo evitando ver los deformes rostros de sus preciadas princesas. Los rasguños en su rostro empezaron a arder como lo hicieron la primera vez cuando ella aún respiraba y trataba de escapar de aquel monstruo que la había tomado por la fuerza en medio de la oscuridad. ¿Cuántos años tenía? ¿Catorce? ¿Quince? era una de las más jóvenes. Había peleado como ninguna y cuando cayó al suelo muerta por las heridas de su cuchillo él la vio y se sintió nervioso. La enterró junto con las otras en aquel olvidado pedazo de tierra y monte y se había ido a casa. Nadie los había escuchado o visto, pero él se sentía mal. Sabía que algo iba a salir mal.
Y ahora, mientras corría a la cocina, lo supo.
Las voces y todos esos molestos sonidos se mezclaban en su cabeza sin piedad. Él revolvía todo en la cocina sin poder encontrar lo que quería. Le gritaba a las voces que se callaran, pero él no podía escuchar su voz tampoco podía escuchar el sonido de los cubiertos y trastos sucios siendo revueltos en su búsqueda. Cuando finalmente encontró lo que buscaba, sonrió brevemente y corrió hacia la puerta, hacia la noche.

Cualquiera que lo hubiera visto deambular por aquellas calles hubiera pensado que estaba ebrio o que tenía algún problema mental. Él se tambaleaba de un lado a otro, desorientado pues lo único que oía era la marcha de voces y lamentos tras de él. Miraba a todos lados y sólo veía la oscuridad de la noche, veía como las hojas de los árboles se movían con la brisa pero sus oídos sólo captaban los ladridos de los perros, el zumbido de los mosquitos, los asquerosos sapos croando y los grillos en un monte lejano. Ellas venían tras de él. No sabía a dónde iba, no podía ubicarse pero no podía detenerse. No señor.

La gente que había estado reunida en el parque desde las tres de la tarde no entendió a un principio lo que pasaba. Habían estado discutiendo sobre todas las tragedias que aplacaban a las muchas familias del pueblo y de que debían cuidarse del demonio que se estaba llevando a sus jovencitas.
Una de las ancianas rezaba por el alma de todas aquellas pobres princesas cuando aquel mugriento hombre salió gritando de entre los arbustos.
-Yo-Yo-¡Yo!-decía el desquiciado sujeto mientras golpeaba su oreja izquierda con una pesada roca y la oreja ahora estaba deforme y completamente ensangrentada, la multitud lo vio asombrada, pocos lo habían visto alguna vez pero casi nadie había sabido de su existencia.

-¿Qué le pasa?-dijo una mujer de cabello canoso que había vestido de negro desde que su pequeña se esfumó hacía tres semanas.

-¡Ayúdenlo!-dijo uno de los hombres.

-¡Yo!-gritó el decrépito hombre mientras levantaba el enorme cuchillo al cielo. La gente retrocedió aterrada. El cuchillo brillaba bajo la luz de la luna, era el mismo cuchillo que lo había acompañado en todas sus "aventuras", el mismo que había acabado con los últimos alientos de todas ellas. Ahora el cuchillo tenía sed y ellas querían venganza.

"¡DÍGALO DÍGALO DÍGALO DÍGALOOOOOO!" 
-¡Oh Jesús!-gritó otra mujer vestida de negro.

-¡YO..."
"¡DÍGALOOOOOOOOOOOO!" el chillido de todas esas almas unidas finalmente lo quebraron.

-¡YO LAS MATÉ A TODAS, SÍ, YOOO, JAJAJAJA, A CADA UNA DE ELLAS, LAS MATÉ Y LAS ENTERRÉ EN EN EL VIEJO CAMPO DE MILPA, LAS MATÉ Y LO DIGO AHORA ASÍ QUE DÉJENME EN PAZ MALDITA SEA!-la sordera se había ido al fin, en él pudo escuchar cada una de sus palabras, escuchó como la gente suspiraba aterrada ante tal confesión. Él escuchó todo y entendió finalmente cuán condenado estaba.

El cuchillo bajó y en un instante cortó su garganta a la mitad sin ningún esfuerzo. La sangre brotó y brotó sin piedad. La gente estaba en silencio observando con una perturbadora fascinación como aquel hombre se desangraba frente a ellos. El hombre miraba al cielo y en sus ojos estaba tendida la clara y horrible máscara de la locura. Aquel hombre sonreía no por placer sino porque no tenía otra forma de expresar su inmenso sufrimiento.
Cuando la sangre dejó de salir de la enorme cortada en su cuello, él cayó de cara sobre el espeso charco de sangre. La gente lo seguía viendo con ojos quietos y vacíos. Bien podrían haber visto a un perro morir en lugar de un hombre. Todo había acabado.


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El cuerpo fue removido y la sangre fue limpiada como si se tratara de un trabajo común como recoger basura o secar una mancha de refresco. La gente no entendía muy bien lo que había pasado, un hombre murió frente a ellos y ellos sentían que había sido lo mismo que ver a un animal rabioso siendo ejecutado.
El viejo campo de milpa se convirtió en un lugar famoso por la cantidad de cadáveres que estaban enterrados bajo su árido suelo. La gente estaba en paz (al menos eso querían pensar) y nadie habló de aquel hombre a quien habían tirado en una fosa.

Algo que todos compartían y que nadie discutía con nadie fue el hecho de que todos ellos habían escuchado a unos perros ladrando a lo lejos, más allá de los límites del pueblo.
Y cada uno de esos fantasmales perros se cayó cuando aquel hombre estaba de cara sobre su propia sangre. Nadie dijo nada y nadie quiso pensar más en eso.

La anciana que rezaba todas las noches para que todas esas almas inocentes hallaran su camino al cielo pensaba: "La conciencia de aquel hombre lo llevó a la locura que bien podría considerarse como el infierno. Y si la locura puede ser el infierno entonces creo que la conciencia puede ser el Diablo"