sábado, 11 de abril de 2015

Blancas paredes



  


Inútil...



Esa sensación había estado con él desde el momento que salió de ese maldito hospital.

Rubén observaba esas cuatro paredes perfectamente blancas, vacías, muertas.

Sus ojos buscaban algún punto negro, algún rastro de imperfección, algo que contrastara con la blancura de esas cuatro paredes pero no pudo encontrar nada.

El único sonido era el de las oxidadas ruedas de su silla al moverse en aquel piso de mármol igual de limpio. Él lo odiaba.

En un pequeño escritorio de madera se encontraba una fotografía perfectamente enmarcada. Su rostro se llenó de oscuridad. La mayoría sentiría tristeza, pero no él. Su cuerpo decrépito y rostro pálido se transformó en el rostro de un ser horrible lleno de rabia y envidia. Envidia por su hermano muerto.

 "Él siempre fue especial"

 "Para mis padres él siempre fue el milagro que logro superar sus defectos y se convirtió en artista"

 "Él era perfecto"

  “No como yo”, pensaba mientras observaba sus piernas inútiles, atadas por siempre a aquella vieja silla.

Él siempre había sido el hijo que no tendría futuro, él no debería haber nacido.

Nunca nadie se lo dijo, pero él lo sabía. Por Dios que lo sabía.

Y ahora al verse postrado en esa silla lo supo. Supo que era cierto.

Lanzó la fotografía al suelo, y el cristal del marco se hizo pedazos.

 "¿Esta iba a ser tu mejor obra, cierto?" le dijo al niño sonriente en la fotografía. El mismo niño que ahora estaba bajo tierra con sus ojos por siempre cerrados y vistiendo su mejor traje. ¿Para qué? Bueno pues, a quién le importa. Es Sammi y Sammi siempre tiene lo más caro y lo mejor. Aun si eso es un traje negro que pronto se llenará de moho y gusanos.

 "Si, apuesto que cuando terminaras mamá y papá estarían orgullosos.

 -Mira lo que hizo Sammi, mira el hermoso mural que pintó en nuestra habitación-

“¡Ha!, ahora éstas blancas paredes serán solo un mal recuerdo para todos”

Sus ojos rodeados por negras y pesadas ojeras volvieron a observar cada rincón de la habitación. Buscando algún punto de suciedad, algo que arruinara ese perfecto color blanco. Nada.

 "¡Cómo carajos pueden estar tan limpias...!"

Sus ojos rojos se iluminaron.

Justo en la pared donde el mural sería pintado pudo observar un punto negro, justo en medio de la pared.

Una cínica sonrisa se dibujó en su rostro amargado. Pero aquel punto negro que manchaba la obra inconclusa de su hermano salió volando. Solo era un maldito insecto.

Su mente que ya estaba muy desgastada había empezado a hacerse pedazos en ese momento.

Algo tan simple se había convertido en el gatillo que disparó un arranque de rabia enfermiza. Una rabia que siempre había estado ahí, alimentándose y pudriendo su interior y que ahora se estaba rebalsando como agua negra y maloliente en una cubeta.

Empezó a golpear sus piernas hasta sacudirlas violentamente, no hubo ni un solo reflejo, sus pies se movían de un lado a otro como un par de animales muertos.

"Tan inútiles como yo o tal vez más"

En un movimiento de su silla escuchó uno de los cristales quebrase en el piso.

Y entonces vio un pedazo perfectamente cortado en el suelo. Sus ojos se oscurecieron casi como hundiéndose en su cráneo, se habían convertido en un par de agujeros vacíos en su rostro y una horrible sonrisa apareció. Era la mueca que sólo se ve en alguien que se ha quebrado por completo. La poca cordura que había intentado mantener había muerto finalmente. Su rostro había perdido toda forma humana, se había vuelto en un cráneo deformado por la rabia y locura. Tomó el pedazo de cristal, la punta era perfecta.

Las venas en sus decrépitas manos se llenaron de sangre casi hasta reventar.

Y sin pensar en nada más clavó el pedazo de cristal en su pierna derecha una y otra vez. La sangre salía a montones, era como pinchar una manguera mientras el agua corre con presión en ella. Su camisa andrajosa se empapó de inmediato y una cálida y enfermiza sensación subió por su espalda hasta su cuello. Él seguía apuñalando su pierna manteniendo esa mueca retorcida.

Sus manos sostenían el cristal fuertemente cortándose con los bordes y dejando que más sangre cayera en su ya empapada entrepierna.

 En su rostro escurría la sangre y sudor mientras seguía clavando el cristal en un arranque eufórico, cortaba cada pedazo de carne en sus piernas, el sonido era horrible pero él ya no escuchaba nada. No sentía nada.

La sangre brotaba por todos lados, trozos de carne y piel empezaban a esparcirse por todo el piso. La piel en su rostro se retorcía llenándolo de arrugas.

Se detuvo por un momento para tomar algo de sangre y carne de su regazo y con sus dedos empezó a pintar las paredes con un opaco y horrible color rojo.

Y entonces escuchó un horrible grito desde la puerta.

 -¡Hijo!, que... ¡qué has hecho!  ¡QUE PASÓ!

Él giró su ensangrentada silla y le mostró su obra a su madre.

El horrorizado rostro de su madre observó esa enfermiza imagen, vio a la horrible criatura postrada en la silla. Era un diablo, un troll, un duende, era toda clase de ser infernal pero no era su hijo.

Observó como una de sus piernas había sido mutilada tan horriblemente que el hueso podía verse claramente. Trozos de carne por todo el piso.

No pudo moverse o decir nada.

 -Te amo madre, espero que te guste...

“Él debería haber muerto. No Sammi, no, no él. Él era especial en un buen sentido. Pero él…no, él siempre tuvo problemas. Ojalá hubiera sido Sammi el que hubiera estado conduciendo el auto. Tal vez él estaría vivo y no él. Eso que está en la silla viéndome con su diabólica mirada…Eso…” Antes de que pudiera hacer o decir algo, él tomó el trozo de cristal y se lo clavó en el cuello de forma tan suave y profunda casi perfecta.

"¡NOOO!", gritó mientras la sangre de su hijo salía a chorros de su garganta hasta regarse por toda la pared. Todo había acabado.





La policía llegó minutos después de que uno de los vecinos notara los gritos en la casa de enfrente.

Ella yacía recostada en la única pared que aún era blanca, sus ojos vacíos y perdidos para siempre en aquel horrible momento mientras un hilo de baba colgaba al borde de su labio inferior.

Los pocos policías que entraron pudieron ver aquella escena. Un joven horriblemente mutilado tendido en una silla cubierta de sangre, piel y carne por todo el piso y una enorme mancha de sangre en la pared. Uno de ellos pensó, sintiéndose enfermo por si quiera pensarlo, que la sangre en la pared parecía tener un patrón. Era casi como una extravagante obra de arte. Frunció el ceño asqueado y aterrado. Pero no podía evitarlo. No podía evitar ver a la pared y ver a la fascinante mancha en ella.