sábado, 30 de mayo de 2015

NO ABRAS LA PUERTA



Lo primero que pensé al abrir los ojos fue: «¡Mierda, volviste a caer!»
Sentía la garganta seca y rasposa, era como si mi saliva estuviera hecha de salsa picante.
Intenté levantarme pero el horrible dolor en mi cabeza me hizo recostarme de nuevo. Tenía náuseas, mis piernas se sentían débiles y mis músculos se contraían dándome unos calambres dolorosos.
Poco a poco empecé a apoyarme sobre mis codos, creí que la cabeza me iba a reventar y yo quedaría tendido en el suelo con los sesos de fuera. ¡Oh tenía tanta sed!

Me senté, estaba en el suelo así que me apoyé sobre la cama, y me quedé mirando todo el tiradero de la habitación. No era mi cuarto ni el de ninguno de mis amigos, de seguro estaba en un motel.
Botellas de cerveza, ron y whiskey estaban tiradas por todos lados; jeringas con rastros de sangre y cucharas que habían sido chamuscadas con un encendedor y sobre la mesa habían tres líneas sin terminar de coca. Carajo.

Me fui levantando poco a poco, mi mano se hundía en el colchón de la cama y mis piernas no podrían haberme sostenido por más de dos minutos ni aunque mi vida dependiera de eso.
Estaba a punto de maldecir otra vez cuando vi el letrero en la puerta de baño que decía «¡NO ABRAS LA PUERTA!»
La puerta estaba cerrada y alguien había puesto varias toallas y trapos debajo para tapar la rendija.

Como un muerto que acaba de salir de la tumba, me arrastré hacia la puerta del baño, sentía que me habían echado sal en los ojos y mi propio aroma corporal me estaba dando más ganas de vomitar.

«¡NO ABRAS LA PUERTA!» decía la hoja, las letras habían sido hechas rápidamente y la hoja parecía estar gritándome. Claro que no le hice caso, después de todo ¿Qué podría haber del otro lado?
Arranqué la hoja y abrí la puerta, la abrí unos diez centímetros cuando topó con algo, era pesado y no pude moverlo de inmediato. Usé la poca fuerza que había llegado a mis brazos y empujé sintiendo como mi cabeza se calentaba como una papa en el horno.

Finalmente abrí la puerta y vi rojo. ¡ROJO!
Los azulejos del baño estaban salpicados, no necesitaba a nadie que me dijera lo que era. Sangre.
El espejo, el lavamanos, el inodoro, las cortinas de la regadera. Todo estaba violentamente manchado con sangre. Miré lo que había empujado con la puerta y vi el cuerpo desfigurado de lo que supuse era una prostituta; sus piernas habían sido quebradas brutalmente hasta revelar el hueso de sus rodillas pero aun llevaba puestos unos enormes zapatos de tacón negros.
No había mucho más que distinguir de ella, pues de la cintura para arriba todo estaba desecho. Parecía que habían usado un martillo para jugar a «aplastar calabazas» con su torso y cabeza una y otra y otra vez hasta que sólo hubo una masa deforme y sangrienta...con piernas.

Salí del baño dando tropezones hasta que caí sentado al lado de la cama, un cristal, aunque pequeño, se incrustó en mi muslo izquierdo y cubrí mi boca para ocultar un grito demente, todo a mi alrededor parecía confuso, los muebles y basura del cuarto parecían estar moviéndose, revolviéndose en un remolino a mi alrededor. Debía salir de ahí, llamar a la policía y-
¡¿Llamar a la policía?!
«Oficial, quiero reportar un brutal asesinato en este...uh, supongo que motel, no lo sé, recién desperté...Si, gracias por venir, ahí está el cuerpo, o lo que queda de él. Disculpen el desorden, no tuve tiempo de ordenar, estaba ocupado viendo la sangre y tripas de esa prostituta esparcidas por todas las paredes... ¿La coca? Oh, eso...eso...eso no es mío...yo...»

«Oh Jesús» puse mi mano sobre mi frente hirviendo. Podía sentir el palpitar de mi cabeza en mis sienes. El aire estaba impregnado con algo que no tenía olor pero que parecía tan tóxico como el amoníaco. Era la desesperación. Estaba jodido.
«¡Pero dónde está la sangre!» dijo mi atormentada mente. Era cierto, yo no tenía ni una sola gota de sangre sobre mi ropa o mi piel. Me eché un vistazo y no pude ver ninguna mancha incriminatoria. Además era obvio que yo no lo había hecho.
Traté de recordar y sólo podía verme a mí mismo conduciendo y llegando a—la entonces limpia—habitación de este motel u hotel o lo que sea. En mis parrandas yo solía ya sea invitar a todo el mundo que «conocía» o simplemente me atascaba toda la porquería yo solo. Era obvio que no había invitado a nadie…aunque tal vez alguien había venido a «celebrar» sin que yo me diera cuenta.

«Debes llamar a la policía» dijo mi voz interna. «Pero limpia un poco, al menos la coca...»
Me puse de rodillas y empecé a arrastrar el polvo blanco con el borde de mi mano derecha para ponerlo en la izquierda. Mis manos temblaban demasiado por lo que me tomó unos buenos cinco minutos el llevar el polvo del centro de la mesa a la orilla. Busqué frenéticamente por cualquier rastro en la mesa u en otro lado, estaba seguro que no había nada más. Con mi mano izquierda cerrada, fui al baño, temeroso de que ver que las piernas se moverían con horribles crujidos y aquella deformidad se levantaría. Tiré el polvo en el lavamanos y abrí la llave, el agua fría parecía cortarme la piel pero después de un rato se tornó relajante. El polvo se fue entre el agua y luego me lavé la cara. Entonces me vi al espejo...o mejor dicho, no me vi.

No había prestado atención al espejo del baño, estaba salpicado con sangre y no quería ver nada de eso, pero entre la salpicadura de sangre y la de agua, lo que me desconcertó fue que no había nada.

Quité el espejo y salí del baño, tomé uno de las toallas en el suelo y lo limpié. No quedó reluciente, pero debería poder verme en él. Pero no.
Aquello me dejó completamente desconcertado y de alguna forma más aterrado que la imagen enfermiza del baño.
Agité el espejo como si fuera un dispositivo que ha dejado de funcionar y pegué mi cara hasta que la punta de mi nariz tocó el húmedo cristal. Podía ver, de manera borrosa, la lámpara en la mesita de noche, las cortinas celestes moviéndose suavemente con la brisa de la mañana, podía ver la maldita pared con su papel tapiz de nubes tras de mí. ¡Pero yo no estaba en ningún maldito rincón de ese espejo! Lo que sí noté fue mi respiración, podía ver como mi aliento empañaba la superficie del espejo, sin mi reflejo parecía una manifestación fantasmal. Eso no me ayudó, sí podía ver mi maldito aliento opacando aún más el vidrio pero eso no me explicaba por qué de repente era invisible como un maldito vampiro.

Dejé caer el espejo y este se quebró, los pedazos no se esparcieron sino que se quedaron juntos manteniendo la forma cuadrada, como un rompecabezas terminado. Me asomé y pude ver el techo, el ventilador con su cordón de bolitas. Ni un sólo pelo mío.

Me senté a la orilla de la cama poniendo mis manos temblorosas sobre mi cara. Después de frotarme la cara como si quisiera despertar de una increíblemente vívida pesadilla, me quedé quieto, mis ojos apuntando al suelo pero no viendo el desorden ni nada. Estaba perdiéndome en el vacío que siempre flota a nuestro alrededor. Sentí un hilo de baba bajando por la comisura de mi boca hasta que tocó mi mano que posaba en mi entrepierna.

«¡NO ABRAS LA PUERTA!» decía la nota.
El sonido de una aspiradora se oía abajo, o tal vez era al lado, no sé. Yo me estaba yendo de la habitación, ya no había izquierda o derecha, arriba o abajo, me encontré flotando en un espacio vacío y sin dirección. El dolor de mi cabeza se fue y un entumecimiento me llenó, era increíble y agradable como cuando sientes que finalmente te estás quedando dormido y no quieres moverte para no romper ese estado. «¿Es esto de lo que hablan los budistas?» pensé. « ¡JA! tantos años que ellos desperdician para practicar y yo ya lo estoy logrando...¡y con una resaca infernal!»

«Buenos días, ¿limpieza?»
Escuché un tremendo «CRACK» y las paredes, los muebles y la basura aparecieron frente a mí como si hubieran levantado una enorme sábana negra que los había tapado.

Una gota de sangre cayó sobre mi mano desde mi nariz.

« ¿Limpieza?» dijo la señora afuera de la habitación.
«Si, buenos días, será que puede traer cloro y...ummm, tal vez unos veinte trapeadores, es que parece que alguien mató a una prostituta anoche, Si, jaja, que loco verdad, y no quiero ir a la cárcel, usted me entiende. Ah, sí, también traiga bolsas de basura, guantes y una pala, la pobre está hecha gelatina.»
Puse mi mano en mi boca para evitar las risillas. Más sangre salía de mi nariz.

La señora de la limpieza fue a la otra habitación donde al parecer si querían limpieza.
Me quedé quieto otra vez y el entumecimiento llegó sin problema. Esta vez dejé que me llevara lejos.


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Lo primero que pensé al abrir los ojos fue: «¡Mierda, que buena estuvo la fiesta!»
Sentía la garganta seca y rasposa, tragué saliva y pensé que había tragado vidrio molido con espinas.
Me senté y entonces vi que ya no estaba en el suelo, donde me había acostado, pero en la cama.
Me paré y sentí un tremendo dolor de cabeza que hizo que me volviera a sentar, sentí sangre seca bajo mi nariz y baba seca en mi mejilla. Carajo.
El lugar estaba igual, bien, no había entrado o salido nadie.
Levanté el colchón y me llené de placer y asco al mismo tiempo al ver que el mazo y cuchillo seguían ahí. «Espero que no tengan la costumbre de darle vuelta a los colchones, sino se darán una horrible sorpresa» eso me hizo reír y más dolor atacó mi cansado cerebro.
«Uuugh, apesto, pero no creo que pueda ducharme...hablando de duchas»
Miré a la puerta del baño y casi me voy de espaldas. La puerta estaba abierta y mi letrero no estaba.
«OH, maldito imbécil, no puedes hacerme caso ni una vez, ¿verdad?»
Vi el espejo del baño en medio de la sala, el tonto intentó verse en él, patético. También sentí un molesto dolor en mi muslo, un pequeño pedazo de vidrio estaba enterrado en mi piel como un lunar.
Me asomé y ella aún estaba ahí, no es que esperara que caminara, lo único que dejé más o menos con forma fueron sus piernas, pensé que eran sexis. Lo demás era más bien una mezcla entre pastel de arándanos y huesos de pollo escupidos por un perro.

«Eso te pasa por fácil» le dije a la pobre Irma mientras sacaba su ID de mi bolsillo trasero. Lo siento por tu bebé, pero ¡hey, soy un animal libre, no un canguro porta bebés!

La idiota llegó con la excusa de que me—lo, nos, como sea—amaba y que estaba embarazada. ¡Ja! Embarazada, ¡córtenme la cabeza antes de tener que dejar las fiestas para cambiarle pañales a un bulto que llora y caga!

Ahora tengo que ver cómo me largo de aquí.
Espero que él olvide lo que vio, ya lo ha hecho antes, me gusta estar con él, pero a veces es un estorbo. Uumm, tal vez logre deshacerme de él también...digo, salí del espejo, ¿no es así? Tal vez pueda lograr salir de su cabeza.