domingo, 17 de mayo de 2015

Bajo las vendas

El hombre en la camilla seguía pataleando con fuerza cuando llegué.
            Yo había recibido la llamada cerca de las dos de la madrugada, era el caso de un hombre que había intentado quitarse la vida prendiéndose fuego a sí mismo.
Él había sido paciente mío sólo por un par de ocasione aunque su tratamiento no había sido completado. El pobre tipo estaba trastornado, de eso estaba seguro.

Durante las dos primeras consultas su comportamiento había sido bastante bizarro, al hacerle una pregunta, él inclinaba su cabeza a un lado como si estuviera escuchando algo, o si alguien le estuviera susurrando algo al oído. No había nadie por supuesto.
En nuestra última sesión, su comportamiento había empeorado. Ya no solo inclinaba la cabeza, ahora le respondía a esa entidad que parecía existir a su alrededor. «No, no no no no no no» repetía varias veces. «Oh Dios, no, no no no no no» repetía una y otra vez ignorando completamente mis preguntas. Él sólo podía enfocarse en su extraño diálogo.

«No, no, no, no no no no no, lo, lo si-si-e-e-ento d-d-doct-t-tor, d-d-debo irme»
Intenté detenerlo, pero el hombre salió corriendo de mi oficina tartamudeando y repitiendo que «no lo haría». Intenté buscarlo pero él se había esfumado. Hasta esa mañana.

Un par de policías habían logrado verlo justo cuando él se vertía combustible encima, si bien no pudieron detenerlo antes de que prendiera el fósforo y se lo echara encima, sí lo habían salvado antes de que el daño fuera más grave.
            Cuando lograron sujetar al pobre hombre, que seguía pataleando, él les dijo: «Dr. Paez, p-por f-f-favor, el Dr. Paez»
Hacía dos meses que había visto a aquel hombre, en ese entonces él parecía haber tenido unos cuarenta años. Esa mañana él parecía pasar de los noventa. Una horrible máscara de miseria envolvía su rostro. Jamás creí que los ojos de un ser humano pudieran mostrar tanta desesperación. Tanto miedo.
Su pecho estaba envuelto en varias capas de grueso vendaje, supongo que por eso las llamas no habían causado tanto daño, aunque sí tenía una feas quemaduras en su cuello y mejillas, la parte trasera de su cabeza había ardido también por lo que se podía ver una calva con piel roja y con yagas.
            Me senté a su lado, tratando de ocultar mi sorpresa al ver un ser humano en tan deplorable condición.
           
«¿Por qué huiste ese día de mi consultorio?» le pregunté «¿Por qué no volviste?, quería ayudarte. ¿Qué pasó?»
           
El pobre tipo se quedó mirándome unos segundos, por un momento creí que no me quería ahí, sus ojos estaban aguados como diciendo: «Oooh ¿por qué ha venido?» pero eso no tenía sentido, él me había llamado.

Verlo tratando de respirar resultaba horriblemente doloroso, parecía que el aire le resultase venenoso. Él quería morir, eso era seguro. En ese momento pensé que tal vez era su única salvación.

«Po-po-porque eso lo había elegido» me dijo eso susurrando como su no quisiera que eso lo escuchara, fuera lo que eso fuera.
«Escúchame, no hay nadie aquí más que tú y yo, nunca lo hubo, esa voz que oyes en tu cabeza o a tu alrede—tomó mi brazo de repente con la poca fuerza que le quedaba y dijo:
            «Eso no está en mi cabeza, ¡eso está en…en m-m-mi…» su rostro se puso en blanco, sus ojos giraron hacia arriba mostrando sólo la parte blanca, su cabeza se fue hacia atrás y él quedó con la boca abierta en una expresión de horrible sorpresa. Intenté llamar a los paramédicos, él había muerto con su mano aferrada a mi brazo. Aun así…algo parecía estar latiendo bajo las vendas en su pecho. No el tipo de sube y baja que se da cuando alguien respira. No, era…algo más, algo oculto bajo las vendas.
            Giré su cabeza a un lado para que sus ojos blancos no me siguieran apuntando, empecé a desenvolver los vendajes y poco a poco el sube y baja en su pecho se hizo más rápido. Entonces escuché una especie de zumbido que venía del pecho, era como si tuviera un panal ahí debajo.
            Mi pulso parecía haberse detenido, podía sentirlo, mi boca estaba seca y me dolía la cabeza. Cuando removía la última venda, pude verlo…eso.
¡Eso! ¡ESO!
Un enorme tumor negro sobresalía en su pecho, un bulto oscuro y repugnante. Como un enorme moretón o un enorme lunar.
Me quedé ahí, observando como latía…como respiraba.

Entre más lo veía más me daba cuenta que esa carnosidad estaba retorciéndose, moviéndose con mente propia. Finalmente pude distinguir un rostro humanoide en esa protuberancia.
Aquel parásito estaba alimentándose de aquel pobre hombre, disfrutando de su carne y fluidos. Pero él ahora estaba muerto.
            Uno enorme ojo se abrió y empezó a girar en todas direcciones como si no supiera en dónde estaba. En algún punto el ojo se quedó quieto. Estaba mirándome. Entonces empezó a hablarme.

«Llévame…» escuché finalmente, al principio sólo era un balbuceo como si diez voces diferentes estuvieran tratando de hablar al mismo tiempo.
            «¡LLÉVAME CONTIGO!» todo estaba en mi cabeza, las múltiples voces gritándome, ordenándome que las llevase conmigo. Pero el ojo era real…ese horrendo parásito era real.
«¡TE QUIERO, TE QUIERO TE QUIERO TEEE QUIEEEROOOO, TÓCAME Y LLÉVAMEEEE!» Mi mano estaba tan cerca del cuerpo, ni siquiera me había dado cuenta. Ese espantoso ojo estaba viendo hacia arriba, palpitando con una obscena emoción. Ya no necesitaría a aquel pobre hombre, me quería a mí.
MMMMMMMMMM zumbaba en mi cabeza, lo quería, me di cuenta de eso. Yo lo quería, eso me daría todo lo que quisiera, sería feliz con eso en mí.

«¡OH JESÚS!»
No supe quién había gritado, reaccioné cuando me di cuenta que estaba en el suelo. Me habían empujado.


Nadie nos creyó. Yo, un psicólogo reconocido y ella, una enfermera con más de diez años de experiencia. No importó, nadie quiso creer que ambos habíamos visto aquel parásito en el pecho del muerto. Ella había visto aquel horrible ojo fijo en mí cuando entró a la habitación. Ella me empujó y entonces ambos empezamos a gritar.
Los doctores al igual que la policía que llegó minutos después para ver el cadáver, vieron el tumor en el pecho del sujeto, pero no hubo ningún ojo, ninguna mueca mutante. No hubo zumbidos.
            Cuando se hizo la autopsia y se cortó aquel tumor, del que por cierto salió una enorme cantidad de líquido negro y maloliente, vieron que había venas que se conectaban al corazón, riñones y pulmones. Era una especie de cableado arraigado firmemente al cuerpo del pobre hombre.
Era obvio que aquello era más que un tumor, aun así no quisieron escuchar nuestra historia.

Pensé que sería fácil olvidar todo el asunto. Sólo han sido un par de semanas. Pero hoy, mientras salía de la ducha, noté algo; había sentido una enorme comezón detrás de mi hombro desde hacía días, estaba en un punto donde mis ojos no llegaban, pero hoy, al verme al espejo lo vi. Un pequeño lunar de carne que nunca había estado ahí. Lo toqué y sentí como si estuviera tocando uno de mis ojos.
Ahora lo entiendo…
El zumbido ha empezado nuevamente.