lunes, 25 de mayo de 2015

La caja de Pandora.



— ¿A dónde me llevas? —preguntó la voz dentro de la caja.
—Shh, no hables, nadie debe escucharte. No todavía. —dijo la niña con vestido morado y cabello rizado.

—Uuuuu, ya sé a dónde vamos... —dijo la voz con un tono burlón —Voy a jugar...con alguien más, ¿cierto?

La niña no respondió, pero soltó una risilla que hizo que la voz riera complacida.

—Shhh, ¡cállate! —susurró la niña mientras amarraba un moño rosa sobre la tapa. Tomó un pedazo de papel y escribió: «Feliz cumpleaños, querida amiga. ¿Me recuerdas? Apuesto que no...Pero lo harás. P.»

Pegó la tarjeta con tape sobre el papel de regalo que cubría aquella pesada y antigua caja de madera. Y salió de su cueva.

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—Oooo, ¿qué tenemos aquí? —dijo la señora Abellán mientras le pasaba la alargada caja forrada con papel rayado.
La niña rompió el papel sin ningún cuidado, añadiendo más pedazos de papel a la montaña que se había formado a su lado. No importa, la sirvienta barrería todo eso, para eso le pagaba papá.

— ¡Sí! -dijo la niña, sus hermosos ojos verdes brillaron con una alegría pasajera. Dentro de la caja posaba una enorme muñeca de piel bronceada, cabello rubio y enormes ojos azules.
— ¿Es la que te faltaba, cierto? —dijo la madre sonriendo.
—Sí, la última. Gracias...uh... —la pequeña buscó el pedazo de papel entre la basura, lo encontró y dijo —ah sí, gracias Gabriela.

Entre la multitud de niñas, una pequeña de cabello corto sonrió e hizo un gesto con su mano como diciendo «Nah, no fue nada». Claro, había sido su madre la que había pagado por la muñeca.

Aquel ritual de abrir regalos duró casi una hora. Cuando Nina abrió el último regalo, que había sido una enorme mansión de juguete con todo y piscina, ella y el resto de niñas salieron a jugar un poco más. Cornelia mientras tanto, se puso a recoger la basura.

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—Niiinaaa —dijo la señora Abellán mientras entraba a la habitación de Nina, eran las diez de la noche y pensó que la pequeña seguiría despierta. Normalmente su hora de dormir era a las ocho, pero ¡hey, es su cumpleaños, puede hacer lo que ella quiera! le había dicho a su esposo. La pequeña estaba bien dormida, exhausta por toda la emoción.
—Oh bien, dulces sueños princesa. —dijo la señora Abellán, le dio un beso en la frente, y puso la extrañamente pesada caja en la mesita de noche.
Cornelia había encontrado la caja afuera en el jardín, se la llevó a la señora Abellán y retornó a su pequeño cuarto en el sótano. «Cálmate mujer, no fue nada. Oh Jesús bendito, protégenos a todos, Dios todopoderoso que estás en el cielo…» se persignó y cerró la puerta de su cuarto. No, sólo había sido su imaginación. No había manera de que la caja se hubiera carcajeado de manera tan maligna.

La señora Abellán leyó la nota en la caja, en busca del nombre de la amiguita de Nina. No había nombre, sólo una extraña frase que la hizo sentirse algo incómoda. La caja había vibrado un poco, pero ella pensó que era algún auto rosa de baterías que combinaría con la nueva muñeca de Nina.

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Nina despertó en medio de la noche, había oído el sonido de papel rasgándose. En medio de la oscuridad se sintió aterrada, sonaba como un lobo desgarrando las cortinas o las sábanas. Se llenó de valor y estiró el brazo para encender la lámpara en la mesita de noche, ahí fue cuando tumbó algo pesado que hizo un ruido sordo. Suspiró y vio, con la luz encendida, la caja negra que yacía en el suelo. Cientos de trozos de papel estaban esparcidos por la alfombra, casi parecían haber sido destrozados por dientes y no por dedos.
La caja parecía moverse ligeramente de un lado a otro, como una olla de presión.

—Maamiii —dijo la niña, pero su voz se perdió en su enorme y aún bastante oscura habitación.
Se enderezó y se inclinó para recoger la caja y se detuvo un segundo, casi podía jurar que un hombre reía. No, no era un hombre...era...era...
Levantó la caja, sintió que la madera estaba tibia y entonces la tapa cayó.

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—¡Estuardo, Estuardo, despierta maldita sea!
El señor Abellán no tuvo tiempo de preguntar por qué tanto escándalo, abrió los ojos y de inmediato oyó los agónicos gritos de su pequeña. La señora Abellán estaba pálida y fuera de la cama, lista para correr hacia su hija con o sin él.
Él corrió tras ella mientras se amarraba un suéter en la cintura para ocultar su desnudez; la pareja había tenido una intensa noche después de que ella le había agradecido por todos los gastos de la fiesta.

Entre más se acercaban a la habitación de Nina, más sentían que había alguien más con ella. Ríendo de manera perversa.

Él se adelantó a su esposa y tumbó la puerta sin problema, el ruido que segundos atrás parecía haber sido como mil pies zapateando el suelo, se detuvo. La habitación estaba a oscuras y un calor intenso hacía que fuera pesado respirar. La ventana estaba rota, los focos también.

— ¡Nina! —gritó él sin poder ver nada y sin poder respirar bien.
— ¡NINA, NINAAA! —gritó la señora Abellán. Sus hermosos ojos verdes estaban bien abiertos para intentar ver entre aquella negrura.

— ¡Llama a la policía! —gritó el señor Abellán.

—Papiii —la voz de la pequeña se escuchó por todas partes, como si viniera de bocinas en cada esquina del cuarto.

— ¡Ni-Nina! ¡¿Dónde estás, mi amor?!

Ambos tuvieron que salir de la habitación, querían rescatar a su hija de lo que fuera estuviera en su cuarto, pero el aire era tan tóxico que se sentían mareados.
Salieron al pasillo iluminado, sus caras pálidas y enfermas.

— ¡LLAMA A LA POLICÍA, MALDITA SEA! —le gritó a su esposa casi escupiéndole en la cara. Pero ella no se movía, sus ojos se abrieron aún más, casi al punto de salirse y Estuardo vio con horror como su esposa parecía convertirse en papel.

—Papiiii —dijo la pequeña desde aquel agujero oscuro.

El señor Abellán giró, los tendones crujieron en su cuello rígido.

Una atrocidad empezó a arrastrarse fuera de la habitación de Nina, su mandíbula tan abierta como la de un tiburón.
Estuardo miró los muchos ojos de la bestia, la monstruosidad parecía ser todo ojos. Ojos acuosos y reptiloides.
Tras eso, agarrado con su larga y deforme garra, había un bulto destrozado.

El señor Abellán miró a los muchos ojos de aquel ser. Ambos miraron.
Miraron hasta que no hubo nada más de ellos.

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La niña de cabello rizado se acostó en el colchón en el suelo, apagó la única vela y cerró los ojos, escuchando el incesante goteo en algún rincón de la cueva.
La pequeña sentía tres cosas: tristeza, alegría y ansiedad.
Tristeza porque esa noche dormiría sola.
Alegría porque después tantos días marcando una X en el calendario, el día había llegado.
Y ansiedad porque en un par de noches, él volvería. De alguna forma u otra él lo haría. En su peculiar y cómoda caja.
Él le contaría con detalle todo lo que había hecho, cuanto se había divertido, y ella escucharía con mucha atención…como lo hacía cada vez que él regresaba a ella.