lunes, 11 de mayo de 2015

Leyendas de Guatemala: La Siguanaba


Javier había estado deambulando por las calles silenciosas de aquel pueblo olvidado, tambaleando de un lado a otro, cayéndose muchas veces y raspándose las rodillas y los codos. El mundo a su alrededor giraba de manera demencial; era como intentar caminar sobre un bote en medio de una tormenta. 
Sólo quería llegar a casa y dormir, mañana le diría a su esposa que le dijera a su jefe que él no iría a trabajar por "problemas de salud" eso ya había funcionado muchas veces así que ¿por qué no lo haría esta vez, cierto? 
    "Oiga amigo, ¿quiere oír un chiste?" decía Javier mientras trataba de recordar la calle donde vivía.
"¡Pues claro!" se respondió a sí mismo. Había llegado a la plaza del pueblo donde durante las tardes después de salir de la escuela, los jovencitos se sentaban a la orilla de la enorme fuente a fumar y a besar a sus novias. 
    "¿Sabe cuál es la diferencia entre una mujer enojada y el diablo?" 
"No, no sé mi querido compañero"
"¡Ja!, pues que..." 
Javier cayó de rodillas sobre el suelo empedrado y ahí sacó todo lo que tenía en el estómago. 
Pensó que se desmayaría, no sería la primera vez que dormía en la calle, pero su mujer había dejado bien en claro que si ella despertaba otra vez y él no estaba en casa, ella se iría. Javier la amaba, al menos así le decía a todo el mundo y a sí mismo cuando la conoció a la edad de diecisiete años, y muchas veces le había prometido que dejaría de tomar; pero ahora, a sus cuarenta años, la idea de amor parecía algo infantil, en su corazón la palabra "amor" había sido reemplazada por "necesidad". ¿Quién me lavará la ropa y me hará mis caldos de huevo para curarme la "goma" en las mañanas? Nadie más. Él era el borracho del pueblo y por alguna razón ella seguía con él, ella era la única que lo aguantaba. "No...no señor...no"

Se levantó como pudo, su cabeza parecía tener la solidez de un globo lleno de helio. Durante el tiempo que estuvo de rodillas en el suelo y perdido en sus pensamientos, él no había notado el ruido que venía de la fuente. Era el ruido de agua salpicando.
    En aquella noche tan callada, el sonido de agua sonaba tan fuerte que Javier se sintió incómodo. Había una mujer en la fuente; ella estaba completamente desnuda y aunque él no podía ver mucho pues ella estaba de espaldas y su largo cabello negro bajaba por todo su cuerpo, él sí notó las curvas voluptuosas de aquella mujer; podía ver la silueta de sus senos y la curva de sus glúteos. La mujer sostenía un guacal de oro que resplandecía bajo la luna como si emitiera su propio brillo dorado, ella lo llenaba con la gélida agua de la fuente y luego la vertía sensualmente sobre sí misma sin mostrar ningún tipo de reacción ante aquella frialdad.
    Javier se levantó pisando accidentalmente el charco de su vómito y se acercó un poco hacia la fuente, tenía los ojos un poco desenfocados y aún sentía el sabor agrio en su boca. La mujer detuvo su baño erótico y se levantó, aún dándole la espalda la mujer empezó a caminar arrastrando su largo y grueso cabello por la calle sucia. Javier empezó a seguirla.

Su cuerpo caminaba involuntariamente tras aquella mujer y poco a poco se fueron alejando del pueblo. La mente de Javier estaba en otro lado, era como si estuviera soñando con los ojos abiertos; en su sueño, él llegaba a casa y entraba en la habitación, su esposa estaba recostada en la misma posición de siempre en la cama. Él se acostó a su lado y entonces ella volteó y Javier vio que su rostro era el de un caballo. 
    Javier gritaba pero los llantos eran consumidos por esos ojos negros e impuros, su esposa se acercaba más y más mientras una gruesa capa de largo cabello negro caía a los lados. Javier no veía nada más...sólo la cara de caballo...

"¡La Siguanaba!" pensó Javier y en ese momento fue como si un espejo se hubiera quebrado frente a él, trayéndolo de vuelta a la realidad. Él se encontraba muy a las afueras del pueblo, estaba cerca de cruzar El Puente de Los Lamentos (un lugar conocido por la cantidad de gente que se suicidaba saltando al oscuro barranco que había debajo) y luego no habría más que un bosque lleno de árboles muertos y monte alto. La mujer se había detenido a pocos metros frente a él, Javier aún se sentía tentado en caminar hacia ella, pero la imagen de su esposa con aquella horrible cara de caballo se le seguía apareciendo. "¡Déjame demonio! ¡Vuelve al mundo infernal de donde viniste!" le gritó a aquel ser y ahí deseó haber tenido el rosario que su madre alguna vez le había dado para protección pero que él había perdido en una pelea en un bar. Su rostro se tensó ante el breve movimiento de la mujer. La mujer estaba a punto de voltear.

"¡La Siguanaba, La Siguamonta!" gritó Javier.
"¡Padre nuestro, librame de este ser demoníaco, déjame moverme e ir a casa!" 

Entonces cayó de espaldas como si alguien lo hubiera jalado con fuerza y lo primero que hizo mientras estaba en el suelo fue cerrar los ojos. Se dio la vuelta como pudo y empezó a gatear como un ciego que busca sus anteojos. Abrió los ojos y quiso ponerse de pie pero no pudo, así que como un perro se arrastro en cuatro patas alejándose de aquella espectral figura a sus espaldas. Y cuando finalmente pudo ponerse de pie, corrió y corrió. Resulta que el mejor remedio para quitar la borrachera es un buen susto.

Él corrió durante el resto de la noche, no sabía dónde estaba, las casas parecían familiares pero no le indicaban en sí a dónde tenía que ir. Las calles parecían repetirse y el eco de sus zapatos chocando contra el empedrado lo hacían sentir más desorientado. El terror que seguía punzando en su pecho también ayudaba a su sensación de perdición. La idea de querer ver hacia atrás lo había invadido varias veces, pero lo último que él quería era girar y ver a aquella mujer desnuda mostrándole su horrible cara y llevándolo hasta lo más profundo de la locura.

Poco a poco el sol empezó a salir y él se sintió más tranquilo, aquel demonio no estaría en este mundo bajo la luz del sol. Finalmente después de haber caminado por horas, llegó a una calle que conocía y después de un tiempo encontró su hogar. Eran las ocho y media.

"¡Mierda, mierda, mierda!" gritaba, no había ni llegado a la puerta cuando se dio cuenta que en algún punto había perdido las llaves. No iba a tocar la puerta y pedirle a su esposa que le abriera, él esperaba que ella aún durmiera pues era sábado y él era el único que "trabajaba" los sábados.
    Aquella experiencia se sentía más como un horrible sueño ahora, eso estaba bien. Javier pensó que esta vez él finalmente dejaría de beber. 
Llegó a la puerta adornada con un pequeño ángel sonriente que decía "Bienvenidos" y se sintió aún más furioso. Entonces, a riesgo de sentirse aún más estúpido al intentar hacer algo que no tenía sentido, giró la perilla.
    La puerta abrió sin problema.
Su cabeza ya no se sentía como un globo, ahora era un yunque. Miró con cara de idiota a la puerta abierta y después de unos minutos entró.
    La casa estaba en silencio y por un momento él sonrió como un niño que se ha salido con la suya después de una terrible travesura. se quitó los zapatos y fue a la habitación.


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"Mira, ahí va Martín." le dijo la señora Figueroa a su comadre Susana mientras ambas observaban al joven que se tambaleaba por la calle; el hombre que tenía unos veintidós años sostenía una botella vacía de licor con su mano mugrienta.
"Pobre, él tenía futuro, ahora no es más que el nuevo borrachín del pueblo".

"Sí, lástima verdad, uno creería que después de lo que le pasó a señor...uh..."
"Se llamaba Javier"
"A sí, Javier; pobre, él al menos tenía mujer, pero este pobre no tiene ni madre que lo regañe" dijo Susana.
"No creerá que aquel señor se tiró del puente, ¿cierto?" preguntó la señora Figueroa.
"Eso dice la gente, digo, ¿qué más le pudo haber pasado después de que su mujer lo abandonó? el pobre casi se moría por tanto alcohol que chupaba".

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Javier no se tiró del puente, y no murió por el acohol, aunque eso sin duda fue la causa de toda su desgracia. No, Javier no estaba en ningún lado. Después de encontrarse con la cama vacía y el armario repleto sólo con sus camisas de trabajo y pantalones después de haber sobrevivido aquella oscura y horripilante noche, Javier se hundió permanentemente en la tristeza y en el licor. Así que, cuando en otra fría noche volvió a tropezarse frente a aquella fuente y viendo otra vez a aquella mujer, él se dejó ir. 
Se dejó ganar.