miércoles, 1 de julio de 2015

¿Cómo detienes a un hombre que explota?



            —Sabés bien que podemos estar aquí todo el maldito día. Así que decíme…¡¿Cómo putas pusiste esa bomba en la oficina?!

            —¡Ya le dije que nunca puse una bomba! Todo, todo simplemente…estalló.

            —¿Estalló? ¡Estalló! ¡Que mierda me estás diciendo! ¿eh? Tengo más de quince muertos y diez heridos que probablemente no podrán estar bien el resto de su vida. ¡Vos sos el único que está tan campante y fresco! ¿Cómo explicás eso!

            —No, no lo sé. Por favor deje de gritarme, ¡yo no hice nada! Yo…yo…

            —¡Yo qué! ¿eh? Confesá por la gran diabla, confesá. ¿O qué? ¿Vas a llorar?

            —Todo el mundo está gritándome siempre, ¿no lo entiende? Ellos siempre estaban gritándome y burlándose. No importaba cuánto me esforzara porque para ellos no era nada. ¡Siempre estaban burlándose! Entonces…

            —Entonces escondiste una bomba en el culo y la estallaste en la oficina, ¿cierto? ¡Ya confesá!

            —¡No! Yo estaba enojado, estaba furioso con todos ellos y luego…y luego deseé que todos se fueran al carajo. Estaba enojado y entonces sentí que me iba a dar un infarto. Tenía mucho calor y…luego todo estalló.

El comandante Saez no dijo nada, nunca había visto a un ser tan patético como el que ahora estaba sentado frente a él. El pedazo de mierda chillando como una nena se llamaba Andrio Nuñez. «Qué estúpido nombre» pensó, era como si sus padres hubieran elegido un nombre que encajara perfectamente con su personalidad. Era un milagro que el tipo hubiera llegado a los treinta sin haber tratado de suicidarse. Era claro que estaba perturbado y él sabía que era culpable, aunque no entendía cómo carajos había metido una bomba para volar la oficina entera. «¿Cómo putas se salvó de morir despedazado por la explosión?»
Pero él iba a quebrarlo, iba a sacarle la mierda. Tal vez lo golpearía un poco para hacer que dejara de mariconear. La imagen de aquel tipo con los ojos rojos por las lágrimas y chorreado de mocos lo hacía detestarlo más. Si el pudiera lo mataría.

            —Intentaré de nuevo, —dijo  Saez dando un suspiro. —Dime cómo lo hiciste y veré qué puedo hacer para que la gente no te linche. —Saez sonrió porque todo era mentira, él mismo lo lanzaría a la multitud para que lo destriparan.

            —Ya le dije que yo no hice nada. Yo—
Andrio estaba en el suelo, el puño de Saez se estrelló contra su huesuda mejilla como un meteoro a toda velocidad. Las luces de Andrio se apagaron por un segundo y luego lo único que veía eran puntos brillantes. Su boca se inundó con sangre y uno de sus dientes se movía de un lado de la boca al otro. Tenía miedo pero también estaba enojado.

            —¡Te voy a sacar la mierda! Te voy a—
El aire se tornó pesado, de repente ambos estaban dentro de un horno y la temperatura seguía subiendo. Saez empezó a sudar de manera alarmante, pero el bastardo en el suelo—
            «El hijo de puta está… ¡está brillando!»



Cuatro policías murieron y cinco más salieron milagrosamente con no más que unas cuantas quemaduras leves. La explosión vino desde la oficina de Saez.
            «Todo brilló y luego hubo un infernal ¡BOOM! Pensé que todos volaríamos en pedazos en un segundo» Dijo uno de los oficiales.
Les tomó a las autoridades más de dos horas en encontrar los restos del comandante Saez; la cabeza fue lo último que encontraron y cuando lo hicieron no era más que un deforme y ennegrecido balón.
            Andrio miraba desde lo lejos. Dio un suspiro y escupió el diente flojo. Aparte de eso, él estaba bien.