lunes, 26 de octubre de 2015

Olvidadizo



Se suponía que sólo iba a ser una broma. Se suponía que lo iba a encerrar ahí abajo en el pozo pues a él no le gustaba la oscuridad ni los lugares encerrados.
Se suponía que lo iba a dejar ahí por unos quince minutos…
         Pero es que…no sé, al final simplemente me olvidé de que él estaba ahí abajo.


Después de meterlo ahí en el pozo y después de poner la tapa de piedra me fui de regreso a la casa. Mi mamá preguntó por él y yo le dije que estábamos jugando a las escondidas pero que yo ya me había aburrido y por eso me había entrado. Mi papá me dijo que fuera entonces a buscarlo pues ya casi era hora de cenar.
Le dije que iba a hacerlo…pero al final no lo hice, es que, simplemente…lo olvidé.


Mi mamá estaba histérica y mi papá había ido junto con otros vecinos a buscarlo por los montes que rodeaban nuestra granja, varias veces me preguntaron si yo tenía idea de dónde podría haber ido. Pero yo simplemente les dije que no sabía.

La noche caía con más y más fuerza a medida que más y más amigos de mi papá se unían a la búsqueda. Mi mamá estaba inconsolable pues él no era un niño muy inteligente y temía que algo malo le hubiera pasado.
         Yo trataba de recordar en dónde lo había visto por última vez, recordaba que se me había ocurrido una broma pero nada más.


Pasaron tres días y nadie pudo encontrar ningún rastro de él.

Después de dos semanas lo recordé.

El pozo.
Aquel viejo pozo del que muy pocos sabían pues estaba metido en una parte de monte denso, rodeado de enormes árboles.
El pozo.

Quité la pesada tapa de piedra y fui recibido por un terrible tufo que hasta el día de hoy no puedo dejar de oler. Las moscas salían por montones de aquel negro y pestilente agujero y con mi linterna traté de alumbrar el fondo de aquel sofocante lugar.
         Ahí estaba él, en el fondo del pozo con las manos débilmente estiradas y con las puntas de los dedos horriblemente destrozadas por haber tratado inútilmente de escapar. Su rostro, lo que podía distinguir de él, estaba lleno de gusanos mientras uno de los ojos seguía apuntando fijamente hacia arriba. 
 Su boca, de la que salían más moscas, estaba abierta en un grito que hacía días se había dejado de escuchar.
        
Lloré y le pedí perdón por haberme olvidado de él.




No había pensado en él en más de veinte años y nunca pensé que pudiera extrañarlo tanto.
Eso me recuerda que dejé a mi bebé en el auto, debo ir por él, el sol está horriblemente fuerte hoy. Lo bueno es que solo han pasado… ¿diez, quince minutos?
         Mi celular dice que es 26 de octubre.
Qué raro, podría jurar que cuando vine aquí, a la antigua y destruida casa de mis padres para ir en busca de aquel viejo pozo, era 21 de octubre.