sábado, 24 de octubre de 2015

Hay algo saliendo de la tierra



¡Papá! ¡Papá!, vino gritando mi hijo aquella mañana de noviembre de hace cinco años. Yo estaba desayunando en la cocina cuando lo escuché entrar a la casa somatando la puerta.

         ¡Qué es este escándalo! ¡Me vas a quebrar la bendita puerta!, le dije y pretendía decir algo más, esa mañana no me sentía bien y mi malhumor siempre fue mi debilidad, pero al ver el rostro desencajado de mi pequeño Andrés mientras entraba a la cocina me quedé helado en la silla.
        
         ¡Pa…pá…! Hay…hay…—me levanté y le dije que se calmara, jamás lo había visto tan asustado, ni siquiera cuando lo llevé de cacería e hice que le disparara a un conejo. Le dio justo en la cabeza y después de eso no volvió a comer conejo en su vida. Aun así, el terror de su rostro ese día…

         ¿Qué pasa?, le dije tratando de sonar tranquilo.
         Papá…hay algo saliendo de la tierra…
Me quedé esperando que dijera algo más, pero al parecer eso era todo lo que tenía o podía decir para describir lo que lo había horrorizado de tal forma.
         ¿De la tierra? ¿Qué cosa?
         No…n-no sé q-qué es… ¡pero tiene un ojo!
Con eso dicho mi pequeño Andrés, que en ese entonces tenía nueve años, empezó a temblar en mis brazos como si se hubiera encontrado con el mismísimo Diablo. Pude haberme puesto a discutir y pedirle que me diera más detalles, ¿pero para qué?, era obvio que fuera lo fuese que “estaba saliendo de la tierra” era algo más. Tomé mi machete por si acaso y casi a jalones le pedí que me acompañara a donde estaba “lo que estaba saliendo de la tierra”.

En esos días nuestra granja aún tenía un tamaño decente, los días gloriosos que había visto cuando mi abuelo vivía se habían quedado atrás hacía mucho tiempo, pero me enorgullecía saber que era mi tierra y que algún día sería de Andrés. Ahora esa granja no es más que un terreno baldío donde nada crece y por donde ni las aves se atreven a volar.


         Está por donde teníamos la antigua letrina, me dijo Andrés, su voz sonaba más calmada y su rostro mostraba su coloración habitual. No habíamos caminado mucho pero yo ya me sentía exhausto. Mientras nos acercábamos al lugar donde habíamos tenido nuestra primera letrina me di cuenta de que la tierra tenía una…no sé, consistencia. No sé cómo describirlo mejor, la verdad no sé cómo describir nada de lo que pasó en mi granja desde aquella mañana de noviembre.

         A-Ahí está. ¡Ahí está papá! Detrás del monte.
Andrés se detuvo, su cara nuevamente carente de color. Le ordené que siguiera pero había enmudecido y solo pudo negar con la cabeza.
         Va pues, quedáte aquí, voy a ir a ver.
Agarré firmemente el machete y me acerqué al monte seco que, al parecer, cubría aquello saliendo de la tierra.
         Esperaba ver la cara putrefacta de algún animal o algo que pudiera haber sido enterrado por el paso del tiempo, pero no esperaba eso.
Lo primero que vi fue un pequeño montículo de color amarillento que parecía un grano purulento.
         ¿Pero qué—
Ahí fue cuando abrió su ojo; un enorme ojo saltón de color negro y con una mancha rojiza en el centro. Sé que era un ojo pues pude ver cómo giraba siguiendo mis pasos mientras me iba de regreso a donde estaba mi hijo.

         ¡Jesús! ¡Qué carajos es eso!
Andrés seguía parado en el mismo lugar y de nuevo lo único que pudo hacer fue negar con la cabeza. No sabía qué era eso pero no quería verlo de nuevo…había algo enloquecedor en ese ojo saliendo de la tierra.



Regresamos a la casa para pensar qué hacer con eso pero ninguno de nosotros dijo algo, solamente nos la pasamos dando vueltas en la cocina, yo al menos, Andrés estaba sentado y viendo perdidamente al vaso de agua que le había servido.
         Creo que debemos hablar con un doctor o científico o quien sea, porque sea lo que sea que está ahí no es un animal.

¿Y si lo quemamos?, dijo Andrés y me alegré al escuchar su infantil voz.
¿Quemarlo?, Um, creo que podríamos intentarlo.
Fui al cuarto trasero donde guardaba todas las cosas que eran demasiado peligrosas para estar cerca de Andrés, tenía un rifle oxidado, veneno para ratas, y sobre todo, gasolina.
Después de decidir que íbamos a quemar esa cosa nos quedamos un buen rato más en la cocina, la idea de regresar a ese pequeño pedazo de tierra resultaba aterrador. Pero ya que yo era el hombre de la casa, me levanté y le dije a Andrés que llevara los fósforos. Tomé mi machete y junto con el tambo de gasolina salimos.

Al llegar ahí Andrés volvió a quedarse frío en su lugar así que le quité los fósforos y reuniendo toda mi hombría me acerqué. El alma casi se me va del cuerpo al ver que ahora eso tenía el doble de tamaño, era más como una cara humanoide y pestilente saliendo del fondo de la tierra. Aquel diabólico ojo me veía con un entendimiento más allá del mío. Al ver el machete y al sentir la gasolina cayéndole encima, el horripilante ojo se retorció y me lanzó una mirada—si es que a eso se le podía llamar mirada—llena de infinito desprecio.

Entre más miraba aquel deforme rostro en la tierra más sentía que mi cerebro se revolvía, como si unos dedos invisibles trataran de arrancarle pedazos.
         ¡PAPÁ!, gritó Andrés y fue su grito lo que me hizo volver en sí. Encendí el fósforo casi sin mirar y lo lancé. Aquella deformidad se iluminó con un tremendo resplandor amarillo. FUUUUFFF
         Entonces aquello soltó un desgarrador grito desde lo más profundo de la tierra y yo caí de espaldas sintiendo que ahora sí se me iba a salir el alma del cuerpo. Andrés estaba llorando y tapándose lo oídos para evitar escuchar aquel escalofriante alarido que parecía estar saliendo de todos lados debajo de la granja. Jesús…¡Qué hay debajo de este viejo lugar!, pensé mientras me arrastraba débilmente hacia donde estaba Andrés. El fuego seguía ardiendo con fuerza y cuando aquel infernal grito por fin cesó, me levanté y me llevé a Andrés en mis brazos de vuelta a la granja. Él se había desmayado.



El fuego murió después de una media hora y por suerte no se esparció más allá de aquel monte seco. Por nada del mundo me acercaría a ese lugar por lo que solo podía rezar porque aquello hubiera muerto. Por unos dos días así pareció.


No hizo falta poner ningún tipo de cercado por los animales, aquel espacio que ahora tenía un tono negruzco y lúgubre era evitado hasta por los insectos, al menos así me decía Andrés. Él se había vuelto un tanto obsesivo con aquel montón de tierra, no que quisiera acercarse ni nada, pero a veces me parecía que él se podía pasar horas y horas viendo directamente a aquel lugar hasta que yo lo obligaba a entrar a la casa.

Todo empezó a irse al carajo otra mañana de aquel maldito noviembre cuando al levantarme me di cuenta que el suelo de la casa parecía tener aquella repugnante consistencia que había sentido en aquel pedazo de suelo. Las tablas de madera que siempre parecieron desafiar el paso del tiempo ahora parecían estar hechas de cartón. En ciertos momentos del día, cuando todo parecía estar quieto—incluso el reloj no parecía avanzar—escuchaba ciertos sonidos como de algo deslizándose por debajo del suelo. A veces, y eso era en los momentos en que la noche parecía estancarse, podía escuchar ciertos golpeteos.
         En esas noches mis sueños eran invadidos por una creatura repugnante y sin forma que tocaba desde debajo de la granja queriendo salir.


Otra mañana me encontré con la sorpresa de que todos mis animales habían desaparecido, huido de seguro después de presentir lo que vivía debajo de la tierra. Poco a poco las cosechas se marchitaron y las pocas verduras que pude salvar tenían aquel asqueroso color amarillento. Andrés y yo dejamos de bañarnos después de que él me dijera que el agua apestaba y que estaba llena de gusanos diminutos.

De seguro se preguntan por qué no recurrí a nadie, pues déjenme decirles que sí lo hice. Prefería que me dijeran que estaba loco a seguir escuchando aquellos golpeteos.
El Dr. Lonzano fue el único que decidió tomarse un poco de tiempo para ver lo que pasaba en nuestra casa de locos.
Le conté camino a casa sobre el ojo y el horrendo alarido y sobre los golpeteos debajo de la casa. El Dr. a pesar de todo se mostró amable aunque sabía bien que no creía ni un poco. Probablemente estaba pensando en qué iba a hacer para salvar a Andrés de su loco padre.

Admito que sentí un placer desagradable al ver cómo el rostro del Dr. Lonzano se contraía en una expresión de inexplicable asco y miedo. Entre más avanzábamos dentro de la granja más lento caminaba él y yo me preguntaba si no se echaría a correr en cualquier minuto.

         «Bien, admito que hay algo…uh, curioso en su hogar, pero la verdad no veo cómo yo puedo hacer algo, digo, soy Dr. no…—el Dr. soltó una risilla nerviosa—, un exorcista».
         «¿Usted cree que mi casa está poseída o embrujada?», le dije aunque yo sabía bien que fuera lo fuese que se escurría debajo de la tierra no era un espíritu o diablo. Aquello estaba vivo y sin duda no era de este mundo.


         «Ja, no creo que esté poseída ni nada, sin embargo no sé realmente qué puede estar causando…este ambiente, ¿puede mostrarme el lugar en donde quemó a “lo que salió de la tierra”?»

Lo llevé, Andrés nos miraba desde lejos.

         «Bien, aquí es. No he estado aquí desde aquel día así que—
El Dr. y yo nos quedamos totalmente inmóviles por el horror al ver que en aquel lugar donde aquello había aparecido por primera vez, una enorme protuberancia con dientes salía de entre la negra tierra.
         «¡QUÉ CARAJOS ES ESO!», gritó el Dr. dando unos pasos hacia atrás. Yo me tapé la boca para ahogar el grito que subía por mi garganta. Aquello era algo que no podía tolerar, mi mente parecía estar resquebrajándose. Aquella monstruosa boca empezó a moverse como si quisiera decir algo, o como si el olor de comida fuera demasiado bueno para dejarlo pasar, después de haber esperado tanto tiempo para que algo se acercara a ella, estaba seguro que tenía hambre.

El Dr. me jaló y juntos corrimos hacia la casa.

         «Debo llamar a alguien, no sé…debo, tengo que llamar…no, no creo que ellos sepan qué es…¡MALDITA SEA! ¿QUÉ CARAJOS ES ESTO EN SU GRANJA?».

Entonces, como por invocación, el suelo de la casa empezó a romperse haciendo que la casa entera temblara. Andrés comenzó a gritar completamente aterrado y el Dr. y yo salimos corriendo como pudimos, evitando caer en los agujeros que se estaban formando por todos lados. Un tufo hediondo y asfixiante salía por todos lados y finalmente—por un breve momento al menos—mientras salía por la puerta pude ver, o creí ver, aquello que golpeteaba el suelo. He tratado de borrar todos los detalles y afortunadamente después de cinco años he logrado hacerlo bastante bien. Pero aquellos enormes y repugnantes tentáculos siguen espantándome en mis sueños más inquietos.


Para cuando salía al pórtico, el Dr. llevaba a Andrés en sus brazos e iba corriendo hacia el auto que parecía estar a una milla de distancia.
La casa se empezaba a derrumbar y algo más de esa cosa seguía tratando de salir.

Bien, este es el único fragmento de mi historia que no puedo recordar, ¿por qué?, no lo sé. Solo sé que cuando el Dr. arrancó el auto y nos fuimos de aquel maldito lugar nos fuimos para nunca regresar.






Para cuando finalmente el Dr. convenció a las autoridades para que llegaran para inspeccionar el lugar ya había pasado un mes. Andrés y yo vivíamos en un cuartucho en la ciudad, pero al menos el agua no apestaba y no había golpeteos en el suelo durante la noche. La policía encontró ciertas curiosidades que no compartieron con nosotros pero en pocos días mi antigua granja estaba repleta de científicos. El Dr. me contaba lo que podía pues él se había convertido en una especie de celebridad, los científicos tomaban muestra tras muestra de tierra, raíces de plantas que no parecían existir en ningún otro lugar y todo lo que podían. Nunca supe si vieron aquella horripilante boca o si encontraron algo en los agujeros hediondos que aparecieron por todos lados.
         La verdad es que después de un tiempo Andrés y yo dejamos de preguntarnos qué había pasado realmente. Ambos queríamos ignorar aquello aunque cada cuanto nos despertábamos en la noche creyendo oír aquellos espantosos ruidos que al final no eran más que ratas.

Al final, al parecer, los científicos perdieron interés también. Tal vez hallaron algo desconocido y como es normal del ser humano trataron de encontrar respuesta pero no creo que todo aquello tuviera un poco de sentido. Nunca lo tendrá.
Mi granja obviamente nunca volvió a ser nada parecido a un hogar. La tierra se pudrió y para bien o para mal el sitio se perdió para el pueblo.

A veces, en ciertos momentos de enferma desesperación, me dan ganas de regresar. No sé, para ver qué pasó…qué quedó de mi hogar

O tal vez sólo quiero ver qué era lo que realmente estaba saliendo de la tierra.

No lo haré por supuesto, pero uno no puede evitar pensar en esas cosas.
Y más aún cuando en mis sueños inquietos sigo viendo esa forma inhumana que vive debajo de la tierra en una profundidad infernal.

A veces sueño que aquellos tentáculos me arrastran a la fuerza de vuelta a mi hogar maldito.
Y a veces…en otros sueños, yo regreso por mi propia voluntad.

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