viernes, 25 de septiembre de 2015

La mancha

Blanco…
Me he llegado a acostumbrar al blanco…
Paso las yemas de mis dedos por su suave superficie…la pared…no hay nada en la pared…


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Es solo una mosca pensé al ver el punto negro en la pared frente a mi cama. Eso es solo una…lancé uno de mis zapatos para espantarla pero no era una mosca en realidad. Traté de ignorar aquel diminuto pero visible punto negro en la pared de mi habitación, la noche era fría y finalmente había dejado de sufrir de esas horribles fiebres así que me enchamarré y dormí.
         Mis sueños fueron incómodos; en todos, al menos en los que recuerdo, había un enorme bicho zumbando en mis oídos, yo trataba de espantarlo pero no podía ni mover los brazos. Estaba metido en una caja.
        
Me levanté sintiéndome todavía más cansado y lo peor de todo fue que me había orinado encima. Mierda, fui al baño y me duché con agua helada como castigo, eso me lo había enseñado mi madre. De niño cada vez que me orinaba durante la noche, mi madre me sacaba desnudo al patio, sacaba una cubeta con agua y hielo y me bañaba con ella; Qué asco… ¡qué asco!, decía ella mientras me restregaba con una de las esponjas más duras…

         Me cambié y mientras le quitaba las sábanas a mi cama (Asco…¡ASCO!) noté el punto negro en la pared, ahora era diferente. Antes había parecido una mosca pero ahora…ahora tenía el tamaño de un escarabajo.
         ¿Y esta mancha qué?, traté de quitarla rasgándola con la uña pero no funcionó, fui al baño y tomé la esponja dura con la que me había bañado y restregué con fuerza. La mancha se quedó ahí.


Poco a poco la mancha siguió creciendo, pasó de parecer un escarabajo a un feo cuervo hasta que llegó a tener el tamaño de un niño pequeño. Para cuando llegó a ese tamaño yo ya había pintado la pared cuatro veces; de color rojo, luego de color azul y luego de un macabro color negro…pero la mancha seguía ahí.
         Desesperado, colgué un enorme cuadro para cubrirla y aunque la imagen de la Virgen María me traía cierta tranquilidad el cuadro no pudo eliminar la horrible sensación de ser vigilado, la mancha, ¡la maldita mancha seguía ahí!, era como un extraño escondido detrás de una cortina. Mis sueños se fueron volviendo cada vez más terribles, colmados de creaturas malévolas ansiosas por arrastrarme al rincón en donde los locos pasan el resto de sus inútiles existencias. Mi vida se convirtió en una horrible rutina; desde los incansables intentos por deshacerme de la mancha hasta los dolorosos baños de agua fría, restregándome con la esponja hasta que la piel en mi entrepierna quedaba a carne viva.
         ¡Cómo que no puede verla! Pero si ahí está, ¡MIRE!
El dueño de la casa me miró con incredulidad.
         Pues no, no veo nada. Sabe, no me importa mucho que haya decidido pintar la pared, aun si solo fue ésta, de negro, pero honestamente no soy fanático de ella. Señaló la imagen de la benevolente Virgen María que ahora yacía recostada contra la pared y el suelo, procurando no tocarla. Yo envidiaba su tranquilidad, su rostro lucía descansado y lleno de vitalidad pero más que envidia, lo que más sentía era rabia… ¡CÓMO NO PODÍA VERLA!, la mancha estaba ahí, claramente visible a pesar de estar rodeada de una espesa capa de pintura negra.


(Corta…)
Empecé a dormir en la sala…
(Cooorrrtaaa…)
Las puertas crujían y las ventanas se abrían y se cerraban, agitadas por una brisa inexistente…
         Desperté en medio de la noche, alguien me había hablado. No podía distinguir nada, todo parecía estar dando vueltas como si un huracán se hubiera creado a mí alrededor, las puertas de madera parecían estar siendo destrozadas por un hacha y algo parecía estar golpeteando los cristales de una de las ventanas. Lentamente estiré el brazo, tentando el suelo en busca de la linterna, la voz habló de nuevo:
         ¡Pero qué has hecho!
Mi corazón dio un vuelco y entonces empecé a sentir la cálida y repulsiva sensación húmeda que bajaba por mi pierna, estaba llorando. La voz habló otra vez:
         ¡Debí cortártelo cuando tuve la oportunidad! ¡QUÉ ASCO!
Solté un gemido cuando las yemas de mis dedos sintieron la superficie metálica de la linterna, la oscuridad parecía estar ganando peso asfixiándome lentamente.
         La mancha… ¡la mancha estará acá!

CLICK

Solté un grito de muerte al ver el rostro sonriente y cuyos ojos seguían cuidadosamente los movimientos de la opaca luz que salía de la linterna en mis manos temblorosas. Me arrastré tratando de jalar la chamarra empapada de orina conmigo hasta que topé en la pared.
         La imagen que me sonreía era la de la Virgen María; su sonrisa maternal era ahora la sádica mueca del Diablo que tantas veces había visto en los cuadros de mi habitación de niño, los cuadros en el que el Diablo torturaba con deleite infinito a los pecadores. Dios no es el único que te vigila…decía mi madre, esa era su forma de darme las buenas noches.
        
El cuadro de la Virgen María se balanceaba como un péndulo en uno de los ganchos de la pared, su mueca murmuraba algo inaudible mientras seguía escuchando el tamborileo en el cristal de la ventana.
         Me levanté sintiendo el ardor de la piel en mi entrepierna que seguía roja y delicada. La Virgen giraba sus ojos amarillos de reptil.
         (Corta…)
Empecé a caminar hacia mi cuarto evitando la mirada enloquecedora del cuadro pero sobre todo evitando girar y ver a lo que estaba tocando a la ventana; la idea de ver el cuerpo de mi madre salido de la tumba es algo que no puedo llegar a imaginar por completo.

Mi habitación estaba iluminada por un pálido foco que apenas lograba defenderse de las sombras que se movían por todos lados. Me quedé apoyado en el umbral de la puerta sosteniendo la linterna por el cordón en la punta, las heridas en mi entrepierna vibraban como excitadas por una corriente externa.
         La mancha estaba más grande que nunca, una silueta casi humana que se arrastraba fuera del concreto...
         Oh Dios…
En el piso justo debajo de la mancha había un pedazo diminuto de metal, caminé tratando de no pensar en el cadáver de mi madre que esperaba afuera ni del rostro enfermizo de la Virgen María con sus ojos de reptil y su mueca perversa. Solo quería enfocarme en aquel pequeño trozo de metal con apariencia oxidada.
         La mancha debe ser saciada…
         La mancha no puede ser limpiada, no puede ser cubierta ni ignorada…
¡LA MANCHA DEBE SER SACIADA!

La navaja de afeitar vibraba entre mis dedos como si fuera un animal ponzoñoso ansioso por inyectar sus toxinas en la carne viva.
         (Corta…)
Y así lo hice.

Corté, corté y corté. La navaja se hacía paso a través de la carne hasta que pude ver el hueso, los tendones se reventaban y casi podía escuchar un suave pero electrizante chasquido. La mancha estaba complacida.
         Cortaba y cortaba todo lo que sentía de la cintura para abajo…
(Corta…Corta esa asquerosidad…¡Asco!...¡Corta!...¡CORTA!...)
         ¡Sí madre, sí!
La sangre salpicaba en la pared y la mancha la absorbía de inmediato.
         Finalmente caí de rodillas sobre el charco de sangre, viendo los restos de lo que alguna vez fue parte de mí, eso que tanta vergüenza me había hecho pasar…pero ya no más…

El mundo empezó a difuminarse, los bordes dejaron de existir y lo único que era claro y real era la mancha, la mancha…la mancha ya no estaba en la pared, estaba sobre mí…bebiendo…


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Me encantan las paredes blancas y suaves de mi nueva habitación, todo es tan limpio…ese punto…¿qué es ese punto? ¿Es una mosca?
         Mataré a esa maldita mosca ni bien se acerque…pero no se ha movido…ese punto negro en la pared no...no parece ser algo vivo…