viernes, 4 de septiembre de 2015

Esperpento.



“I want a perfect body.
I want a perfect soul”
         “Creep” Radiohead.


Siempre supe que no pertenecía al extenso círculo que ustedes las personas hermosas llaman amor. Lo acepté sin problema al cumplir dieciséis años y así pasé, en un estado de completa serenidad, hasta los veintidós.
         Pero supongo que hay cosas que, ni siquiera alguien tan muerto como yo, puede evitar. El amor no siempre es agradable y tierno como un animal de felpa de ojos grandes y brillantes, a veces, la mayoría de veces pienso yo, el amor es repugnante y malicioso. Un bicho asqueroso que se arrastra como una garrapata entre las sábanas en medio de la noche buscando succionar sangre, prendiéndose de la carne como un parásito.


        
         Irma. IRMA, IRMA, IRMA, IRMA, IRMA.
No había espacio en las paredes de mi cuarto en donde su nombre no estuviera escrito, marcado como los cortes de una navaja en la piel y carne de un suicida. ¡Ah, Irma! ¿Cómo se supone debía quererte? ¿Cómo? Yo no sé de esas cosas, es fácil leer acerca del amor en libros y letras de canciones. Pero eso no significa que alguien como yo (¿Y qué soy yo de todas formas?) pueda llegar a aplicar esas lecciones en su propia vida. Un cirujano lee, memoriza, aprende y finalmente es capaz de practicar abriéndole el pecho o cráneo a un enfermo y sacar lo que sea que esté causando problemas. Pero no creo que el amor funciona así. Al menos no para mí.
         Irma tenía novio; Armando. Solía observarlo desde lo alto de mi casa (él vivía justo frente a mi casa), él sin duda era merecedor de Irma. Ambos después de todo eran atractivos, gente que se puede ver y admirar.
         ¿Ya les mencioné que yo estaba muerto?
No literalmente claro, la sangre aún corría por mis venas manteniendo activas mis funcionas corporales básicas. Aparte de eso yo estaba muerto así que el hecho de volver a enamorarme fue más como descubrir que un tumor estaba devorando mis entrañas y aferrándose a mi cuerpo como un demonio.
         No había forma de que pudiera tener a Irma siendo lo que yo era (¿Y qué soy yo después de todo?) así que, usando los trucos que las voces del bosque (porque al estar uno muerto las voces del mundo y el infierno se revelan como actores tras bambalinas) me enseñaron, llevé a Armando a mi casa, lo embriagué hasta dejarlo inconsciente y entonces lo ahogué en la pila de mi jardín. Saben, lo malo de empezar a sentir emociones de nuevo, emociones como el amor, es que otras emociones como la culpa y la lástima empiezan a regresar como fantasmas para susurrarte al oído.
        



Lo primero que Irma hizo fue abrazarme y decirme lo preocupada que había estado, sus ojos, cada uno de color distinto, me miraban de arriba abajo.
         “¿Armando?” me dijo con cierta confusión. “¿E-Estás bien?”
“Me siento vivo” le respondí y la besé con labios que ya no eran fríos y rasposos.

Entre más pasaban los días más inestable se ponía Irma, en las noches se despertaba gritando y diciendo que Yo, Armando la estaba llamando de debajo de la tierra. Yo, Armando, la abrazaba y la besaba y cuando finalmente se volvía a quedar dormida me aseguraba que la cara aún siguiera bien pegada a la mía. A veces no podía soportar la picazón de tener la piel y carne de alguien más. El olor también era insoportable a veces. Pero Irma lo valía.


“No puedo continuar así” me dijo Irma una noche cuando le rogué que me besara, “No puedo, hay algo... ¡muy mal contigo! O tal vez es conmigo, ¡No lo sé!” se cubría la cara con sus manos mientras sollozaba como alma en pena, su cabello se había vuelto tan descolorido como si en lugar de shampoo hubiera usado cloro.
         “Ya no puedo dormir bien, siempre tengo ese sueño en el que me estás llamando de debajo de la tierra, puedo ver el bulto en el suelo rodeado de hierba y basura, ahí, debajo estás y me estás llamando; ‘Irmaaaaa, Irmaaaa, Irmaa-aa-aa’ Y ahora ¡ese maldito tufo que parece impregnar mi ropa!, todo lo que huelo, incluso mis perfumes, huelen a-a-a ¡a algo muerto que lleva días bajo el sol!”
         Intenté calmarla, decirle que todo iba a estar bien pero ella estaba muy alterada, se retorcía violentamente entre mis brazos y cuando me acercaba a ella su rostro se contraía en una expresión de inmensa repulsión.
         “¡Tú no eres ARMANDO!” gritó y ahí me dio una bofetada.
La empujé con furia y ella cayó tendida del otro lado de la cama yo me fui de espaldas tumbando la lámpara y quebrándola.
         La única luz que entraba en nuestra habitación era la de los postes de luz.
         “¡Qué has hecho!”
Irma me miró y sus ojos se comieron el resto de su cara, su boca se estiró en un grito mudo y su piel perdió todo color como si su alma hubiera sido arrancada de un tirón. Di un paso y entonces, de la garganta de Irma salió un “Agh” y su cabeza se ladeó cayendo sobre su hombro. Su rostro había perdido toda forma humana, destruido por las manos abusivas de la locura y el horror.
         Muerta.

Di otro paso, quería lanzarme a su lado para llorar pero antes de hacerlo noté lo que estaba sobre el edredón de la cama.
         El pálido y putrefacto rostro de Armando se había despegado de mi cara como una máscara barata.
         Irma murió viéndome. Mirando directamente a lo que yo era.
(¿Qué fue lo que vio realmente?)