miércoles, 12 de agosto de 2015

Nervios



Siempre he sido nervioso, y creo que siempre lo seré sin importar que tanto hagan ellos para disque ayudarme.
         Les quiero contar mi historia, no porque quiero que sepan sino porque no tengo nada mejor que hacer, en este lugar siempre estoy aburrido. Y siempre me siento tan cansado.


Ese día, el último día que vi a mi familia, me levanté como siempre a las 8:30 de la mañana, me puse mi misma playera verde simple, mis pantalones de lona rasgados y mis chapulines rojos. Aunque siempre detesté la suciedad, había algo en esa ropa sucia y gastada que me traía sosiego. Y yo siempre estaba buscando formas de calmar mis nervios.
         Normalmente, mis mañanas empezaban al oler el aroma a miel o jalea de fresas que usábamos en los panqueques y el sonido del tocino friéndose lentamente en el sartén, pero esa mañana no había dulce aroma ni delicioso chisporroteo. La casa estaba callada.

         —Bu-Buenos días —le dije a mi familia mientras tomaba mi lugar en la mesa de la cocina.
Toda mi familia estaba sentada; mis hermanos mayores y mi tía (ella había llegado a vivir con nosotros hacía más de un año, cuando su tercer matrimonio se fue al carajo dijo que sólo se quedaría por unas dos semanas, para cuando le dimos una silla en la mesa todos supimos que eso no era cierto) estaban sentados juntos. La mesa era rectangular así que ellos tres ocupaban el otro, dejándome a mí el otro lado largo sólo para mí. Mis padres también estaban sentados, ambos en cada extremo, mi padre en la silla que aún seguía teniendo suficiente esponja en el cojín como para que fuera cómoda.
         Nadie respondió a mi saludo.

         —¿Qué pasa? —pregunté, miré que los platos y tazas estaban puestos en la mesa pero no había nada sobre ellos. Pasé mi dedo y sentí una pegostiosa capa de mugre, como si nunca los hubieran lavado después de tantos desayunos. Tomé una servilleta de papel y empecé a romperla en pedacitos por debajo de la mesa para que mi papá no me viera. Él detestaba viéndome romper cosas para calmarme.
         Noté que todos, a excepción de mi padre, tenían la cabeza abajo como niños castigados. Empecé a sentir acidez en la garganta.
         —Debes dejarnos ir. —Dijo mi padre finalmente, su voz siempre me había atemorizado, aun cuando intentaba hablarme cordialmente parecía estar regañándome. Ya no tenía más papel que despedazar así que empecé a pellizcarme las palmas.

         —¿Dejarnos ir? —pregunté, no tenía ni idea de qué quería decir con eso.
         —Sabes bien de qué estoy hablando, esto ya ha durado mucho tiempo, ellos lo saben y vendrán. ¡Debes dejarnos ir!

Traté de encontrar consuelo en los ojos de mi madre, ella siempre me explicaba las razones de por qué mi padre podría estar enojado conmigo, pero esa vez ella tenía el cabello suelto y apenas y podía ver su rostro, parecía estar sollozando en silencio.
         —¡No sé de qué me estás hablando! Madre, ¿qué está pasando? ¡¿No entiendo?!
         —¡Déjanos ir AHORA! —gritó mi padre y mi corazón se heló.

Yo jamás había podido relacionarme bien con mi padre, aun cuando yo me sentía tranquilo y contento como para intentar aprender a reparar autos o serruchar cosas como él hacía él parecía sentirse incómodo estando a mi lado.
         Nuestra relación incluso empeoró después de lo que pasó con Ronni.
Ronni era el típico abusador de la escuela; grande, fortachón, y estúpido. Una vez, en el recreo, yo estaba comiendo mi refacción en el salón de clases, como siempre pues no me gustaba salir al patio, y él entró al salón para molestarme. Yo intenté ignorarlo pero ese día él simplemente quería joderme y no se iba a ir así como así. Primero tumbó mi lonchera haciendo que mi jugo y panes se regaran en el piso y luego me tomó del cuello y con uno de mis marcadores dibujó la palabra MARICA en mi frente, para entonces la mitad de la clase estaba ahí, observando aquel espectáculo. Intenté defenderme y él me empujó y yo caí sentado en el piso, mi estuche de lápices cayó conmigo y todos mis lápices y crayones se regaron. Mientras todos reían (Ronni se carcajeaba como nunca, su cara colorada estaba viendo hacia arriba mientras él se agarraba el estómago) yo vi uno de mi lápices a mi lado, lo sabía porque yo siempre los tenía bien afilados y la punta de éste estaba finísima. Lo tomé y lentamente poniéndome de pie, Ronni seguía distraído limpiándose las lágrimas y viendo hacia el techo, me lancé sobre él. Mi lápiz bien agarrado…
         —Siempre supe que tu ibas a causarnos problemas, lo supe y tu madre también, pero ella, en vez de pensar en cómo encargarse de ti, se preocupó más en amañarte. ¡Fomentar esos tus mañas!
         —¡No voy a oírte! —le grité y me tapé los oídos.
Entonces escuché un tremendo golpe en la puerta. Hacía tanto tiempo que no salía que la puerta simplemente había dejado de existir para mí, todo el mundo de hecho.
         —¡Déjame en paz!
Miré con ojos empañados por las lágrimas a mi padre, él sonreía abiertamente y sus ojos parecían resplandecer como un par de luciérnagas.
         Otro golpe en la puerta y luego alguien habló:
         —Sabemos que está ahí, por favor abra la puerta o tendremos que entrar a la fuerza.
Me levanté tumbando la mesa y me lancé a los pies de mi madre, agarrando con fuerza su falda y delantal rojo.
         —¡Oh Madre, por favor, no dejés que me lleven! ¡No entiendo nada!
Pero mi madre no dijo nada, podía escuchar sus lamentos y gemidos de dolor, su rostro estaba empapado al igual que su regazo.
         Mis hermanos, mi tía y mi padre, mi padre más que todos, empezaron a gritarme:
         —¡Déjanos ir, déjanos ir, déjanos ir, déjanos ir!
Los golpes a la puerta eran más fuertes, intenté levantarme pero no pude.
         Miré a mi padre y él seguía sonriendo, él siempre me odió y en ese momento lo entendí finalmente.
La puerta se abrió con un tremendo estallido, tan fuerte que las bisagras se zafaron y un horrible brillo iluminó la sala; las cortinas siempre habían estado medio corridas para que algo de luz entrara pero no tanto.
         Yo estaba gritando y pataleando mientras me aferraba a mi madre.
Varias personas vestidas de blanco entraron y me sujetaron, yo les escupí y los maldije y luego les rogué para que me dejaran ahí, que si querían se podían llevar a los demás, a mi padre sobre todo, pero que no me alejaran de mi madre. Pero no hicieron caso.
         Sentí un ardiente pinchón en el cuello y todo se fue borrando.



Ellos no quisieron explicarme nada, me dejaron en una habitación blanca por tanto tiempo que empecé a creer que me iban a dejar ahí para morir. Luego otro hombre de blanco entró y con un tono horriblemente dulce me dijo:
         —Todo estará bien.
Sonrió y sentí otro pinchazo. Quería ir con mi madre.

Los días pasaron y ya que pasaba tanto tiempo dormido dejé de saber qué fecha era. Lo primero que les preguntaba cuando abría los ojos era dónde estaba mi madre, mi familia, cuándo iba a poder regresar a casa. Ellos o Ellas simplemente sonreían y me dejaban solo. Después de un tiempo dejó de importarme. Me di cuenta que lo bueno de estar aquí era que ya no me sentía nervioso e incluso cuando sí me sentía nervioso no era tan fuerte como cuando estaba en casa. Lo malo, aparte de estar aburrido y cansado todo el tiempo, era que siempre tenía horribles pesadillas. Una en especial es la que más me atormenta.
         En ella me levanto como siempre en mi casa, me pongo la misma ropa y bajo, la casa entera está opaca y los muebles parecen viejos y polvorientos. El piso está cubierto por unas grotescas manchas que nadie nunca se dignó a limpiar. Mi familia está sentada en la mesa de la cocina en el mismo orden de siempre.
         Me doy cuenta incluso antes de sentarme de que algo está muy mal con ellos, pero yo no tengo voluntad en la pesadilla por lo que me siento como para desayunar, mi plato no está vacío, una masa negra y pútrida está servida, gusanos y bichos se arrastran en la mesa que está rasguñada. Quiero irme, pero de nuevo, no tengo voluntad.
         Los mismos golpes que escuché el día que me trajeron aquí se escuchan a lo lejos, como en otra casa. Ahí miro a mis hermanos y veo que están muertos. Mis hermanos tienen la cabeza apoyada en el respaldo de la silla con sus cuellos bien expuestos, mostrando un par de profundos cortes negruzcos, casi como bocas, sus bocas están abiertas y varias moscas brillosas revolotean entre sus dientes y lenguas que cuelgan como las de un perro.
         Mi tía está casi en el suelo, como una ebria que apenas y se sostiene de la mesa, su cabello canoso está revuelto y en su pecho hay un enorme agujero con una mancha igual a las del piso. Sus labios forman la mueca de alguien gritando eternamente.
         Los golpes se hacen más fuertes y voces casi fantasmales me susurran al oído ellos lo saben…ellos vendrán…
Sé bien que todo es un sueño, debe serlo, algo tan grotesco y cruel sólo puede ser un sueño.
         Te dije que nos dejaras ir pequeño bastado…
Mi padre es el único que tiene los ojos abiertos y estos están amarillos, su cara está agujerada y deformada a causa de tal vez las balas de su rifle, de su boca, apenas abierta, escurre un líquido espeso como la miel que solía poner en mis panqueques.
         Ve lo que le hiciste a tu madre, lo supe antes que todos pero ella no quiso escuchar…ahora ¡mírala!
Sin querer volteo y veo a mi madre, ella está recostada sobre la mesa tal y como lo haría alguien demasiado cansado para ir a la cama, enormes mechones de cabello cuelgan apenas de su cabeza, su cabeza está completamente destrozada mostrando un enorme agujero por donde más moscas y gusanos se revolcaban con gusto. Su cara estaba rasguñada y uno de sus ojos estaba tan blanco como un huevo.
         ¡Yo lloraba! ¿No ven? ¡Lloraba por despertar y no podía!
Mi familia estaba muerta.
         Pero era un sueño, tenía que serlo.
La pesadilla acababa al igual que mi recuerdo; la puerta era tumbada y ellos me sacaban pataleando y gritando por mi madre. Mi madre muerta



Esa es mi historia. ¿Qué más les puedo decir?
         Ahora que estoy despierto no me siento triste y esa macabra ilusión no me atemoriza, ¡sé que no es real! Algún día regresaré con mi familia.
         Ellos me siguen diciendo que necesito empezar a reconocer qué es real y qué no lo es. ¡Basura! Cómo no voy a saberlo, sé bien lo que recuerdo y lo que sueño. Lo sé. Digo, no estoy loco…
         ¡Ah! Por cierto, ¿quieren saber qué pasó con Ronni?
Bueno pues, cuando me lancé sobre él con mi lápiz afilado, se lo clavé justo en la garganta, en ese pequeño espacio que creo que se llama tráquea, ahí por donde el aire pasa. Él no murió por supuesto, y el agujero que le dejé se cerró, lo último que supe es que ahora cada vez que él respira lo hace produciendo un pequeño silbido, como si tuviera un silbato atorado ahí. ¡Ja!
         Es curioso lo que uno puede hacer estando nervioso.