martes, 18 de agosto de 2015

Relato Incompleto #3: Yo soy Alberto.



No se suponía que terminara de esta manera, él le prometió a mis padres que me curarían y mis padres le creyeron. Lo único que hizo fue empeorar las cosas. Mi nombre es Alberto, yo soy el monstruo de la zona 9.

Mis padres sabían que había algo mal conmigo desde el mero momento en el que el doctor me dio la nalgada al nacer, mis llantos iban más allá del llanto de un bebé recién nacido. No tenía ningún tipo de malformación en mi cuerpo, tampoco sufría de ninguna mutación o defecto interno. Yo era un bebé normal en todo aspecto físico, pero mi llanto parecía ser causado por un dolor inimaginable, algo estaba muy mal conmigo, pero nadie podía saber de dónde venía aquel “dolor”.
Los únicos momentos en los que yo no lloraba, era al momento de dormir, eso estaba bien, por suerte para mis padres yo dormía bastante, justo como cualquier bebé, pero ni bien me despertaba, aquellos horribles llantos salían expulsados desde el interior de mi frágil cuerpo. Mi madre veía como mi rostro se desfiguraba con el llanto, era como si todo el dolor del mundo se revolviera en mis entrañas, batiéndolas hasta que mis ojos se hundían en mi rostro hinchado. Finalmente a los seis meses de nacido, alguien apareció para ofrecerles ayuda.
Su nombre era Francisco Rudd Magele, él había estado trabajando en un proyecto que él llamaba “Dentro de la mente y más allá”, era una especie de psicólogo mezclado con un científico loco, pero mis padres no lo sabían. En ese entonces sólo podían pensar en el niño que tenían en casa cuyos gritos sólo se comparaban con un hombre muriendo lentamente.
  —Sólo deben confiar en mí, si bien lo que estamos a punto de hacer no ha sido hecho antes, estoy más que seguro que funcionará. Si lo hace, su hijo no sólo tendrá una vida plena y sin dolor, pero también será un ícono en la historia de la ciencia.
Mis padres no sabían nada de ciencia y no es que les importara mucho de todas formas. El 21 de Febrero de 1983 mis padres me llevaron al laboratorio del Dr. Magele, ahí fue donde la puerta se abrió por primera vez.
Mientras mi madre yacía en su lecho de muerte, ella me contó sobre cómo el Dr. Magele realizó aquel fatal experimento, no con mucho detalle, pues ella misma no había visto completo el proceso y además para ese entonces su mente ya no era muy funcional y precisa.
Ella me contó, mientras yo sostenía su pálida mano entre mis dedos, que el Dr. Magele me colocó en una pequeña jaula, una de esas que se usan para los pericos, excepto que la que él uso era de acero puro, los barrotes eran gruesos y bien pulidos con docenas de cables enredados entre ellos como hiedra venenosa. Luego él tomó un par de cables que se conectaban a otra máquina en las esquina de la habitación, los cables tenían una enorme aguja metálica al final de sus extremos, la máquina en la esquina siseaba como si estuviera llena de serpientes.
  —¿Está seguro que no le hará daño? —Preguntó mi padre, mi madre no pudo decir nada durante todo el proceso.
  —Oh no, no se preocupen, esto sólo lo ayudará —Dijo el Dr. Magele, mientras sostenía ambos cables.
Mis gritos eran horribles, he llegado a oírlos en mis propios sueños, y en ese momento mis padres estaban al borde mismo de la locura, la falta de sueño y el horror de no saber lo que me pasaba, ayudaron a que el Dr. Magele procediera sin ningún tipo de protesta.
El Dr. Magele se acercó a la jaula que colgaba en medio del laboratorio, como pudo sujetó mi pequeña cabeza e introdujo el primer cable en mi oído, la aguja según mi madre era un poco más larga que la de una jeringa, si es que hubo gritos de dolor de mi parte al momento de que la aguja entrara en mi cerebro, no se notó, fuera cual fuera el dolor que yo sufría era mayor que cualquier otro causado por alguien. Así que el Dr. Magele introdujo el segundo cable con la aguja en mi oído izquierdo sin ningún problema.
Según mi madre, el Dr. Magele sonreía abiertamente mientras revisaba que las agujas hubieran llegado hasta dentro de mi cerebro. Cuando ella vio la sangre que salía de oídos se desmayó. Creyó que eso me mataría. Cuando recobró el conocimiento y vio que yo aún estaba vivo —y sin ningún tipo de dolor— pensó que ella era la que había muerto. Ella me contó que nunca pensó que nunca podría verme a la cara sin ver la horrible agonía causada por un dolor invisible, ella me dijo que muchas veces pensó que hubiera sido mejor si yo hubiera muerto. Bueno, eso fue antes del experimento. Ahora yo soy el que desea que aquel bebé hubiera muerto.