domingo, 30 de agosto de 2015

Matar a un anciano.



El problema de Estu era que no sólo era vengativo sino que también era estúpido, y eso es una combinación bastante peligrosa. Pero aparte de eso, Estu también estaba salado…y esa su mala suerte era una cabrona.


¿Por qué querría alguien matar a un anciano?
         Porque es fácil. Así de simple.
¿Por qué quería Estu matar a aquel anciano?
         Porque quería ver qué tan fácil era. Así de simple.

Había estado viendo al pobre viejito caminando y cumpliendo su rutina diaria desde la mañana; el viejito caminaba lentamente de tienda en tienda, se sentaba en una banca y leía un periódico, luego se iba a caminar otra vez y sevolvía a sentar.
         Agh, maldita sea…
Para cuando dieron las seis el viejito salió de la panadería, sosteniendo apenas su bolsita con tres panes dulces y un sobrecito de café instantáneo. Estu se levantó, se estiró y empezó a seguirlo. La navaja estaba en su bolsillo y sus dedos acariciaban la cuchilla con obscena emoción.
         El viejo vivía en un edificio tan antiguo como la ciudad y aunque no le gustaba le tocaba usar un destartalado elevador para llegar a su pequeño cuarto.
         Buenas tardes, le dijo al joven corpulento que subió segundos después.
         Um ‘enos ‘ías, farfulló el joven. ¡Bendita educación! Pensó el viejito y ese pensamiento le hizo esbozar una sonrisa en su boca casi chimuela. Las puertas se cerraron y el viejito aún sonreía cuando la navaja se clavó en su pecho.
         Estu sonreía y sonreía. ¡Vaya que es fácil!, pensó sin darse cuenta que el elevador ya no se estaba moviendo.



Estu trató de abrir las puertas oxidadas y aunque éstas parecías estar hechas de hojalata no podía separarlas ni un centímetro. Mierda, pensó. ¡Mierda!


¿Cuánto tiempo había pasado? Estu no lo sabía.
Abrió los ojos y por un segundo no recordó en dónde estaba pero cuando vio el cuerpo del anciano que aún se desangraba a su lado (su bolsita de panes aferrada aún en su mano) Estu empezó a llorar.


Se acurrucó en su pequeño rincón, tratando de no tocar el charco de sangre que se arrastraba lentamente hacia él.

Le dio hambre y con tremendo asco le arrebató la bolsa al difunto y empezó a comerse los panes. No le sabían a nada y al final le dieron aún más hambre y sed.


Algo tocó a las puertas cerradas del elevador y Estu se puso de pie de inmediato pisando el charco pegajoso.
         ¡Me atraparán, pero no me importa, sólo quiero salir de aquí!
Otro golpe del otro lado de las puertas.

No te emocionés mucho, la verdad es que no hay nadie tocando a la puerta, no hay nadie del otro lado. Nadie va a venir a sacarte de aquí. Sólo escuchás eso porque ya te volviste loco…
         Estu giró y miró al anciano que lo miraba con ojos blancos y lechosos. Un hilito de sangre bajaba por las comisuras de su boca.
         Sentáte mejor, sentáte y esperá aquí conmigo…

Estu se sentó, tratando inútilmente de no tocar la sangre en el piso.
         El anciano siguió hablando y cada vez más sangre chorreaba de su boca.
El viejo hablaba de la muerte, hablaba del infierno, hablaba de mil horrores.
         Estu cerró los ojos y pensó: Mierda.
Algo seguía tocando a las puertas oxidadas del elevador: Toc…Toc…Toc…
         Pero como decía el viejo muerto, no importaba porque Estu no iba a salir de ahí.