jueves, 19 de enero de 2017

Un tarde frente al mar

Aquel hombre pensó ahí mismo en levantarse y caminar hacia el océano. “¿Cuánto tiempo tomaría?” se preguntó. ¿Qué tan doloroso podría ser ahogarse?

Por un momento se imaginó haciendo justo eso. Metiéndose al océano. Sintiendo el agua fría con sus pies. Luego el agua le llegaría a la cintura, luego al pecho. Y al final él estaría completamente sumergido.

Se vio a él mismo sosteniendo la respiración, mirando las burbujas saliendo de su nariz, las burbujas serían pequeñas al principio, pero entonces sus pulmones se cansarían y necesitarían respirar y las burbujas se harían más grandes, y él empezaría a patalear tratando de salir a la superficie y abrir la boca…

Pero él no lo haría. De alguna forma se forzaría a sí mismo a quedarse bajo el agua. Mirando los rayos del sol cayendo sobre la superficie del agua, pero sin que él pudiera sentir su calor. Sólo el agua fría.  

Él entonces abriría la boca y sus pulmones se llenarían de inmediato con el agua salada, y él se empezaría a asfixiar. A ahogarse. Gritaría y más agua entraría, y en vez de flotar, él se hundiría lentamente hacia la oscura y prácticamente interminable profundidad del océano. Su cadáver sería visto solamente por las criaturas que sobrevivirían en esa negrura perpetua. Pequeños y horriblemente formados peces se comerían sus ojos y le arrancarían pequeños pedazos de piel y carne. Luego aparecía una criatura más grande y se lo tragaría entero. Todo eso pasaría en silencio…

Parpadeó y él estaba de vuelta en el pórtico de su casa de playa, sosteniendo una cerveza. Suspiró y una pequeña lágrima bajó por su mejilla.

“¡Vamos, papi! ¡El agua se siente bien!” dijo su hija parada en medio de la playa.
Sus ojos eran dos pequeñas y negras canicas al final de tallos que salían de su cara como los ojos de un cangrejo y cuando sonreía mostraba un montón de diminutos y puntiagudos dientes de pez. Su cabeza era calva y casi traslúcida.
“¡No quiero estar sola cuando el sol baje! ¡Por favooooorrrr!”

El hombre en el pórtico cerró los ojos y empezó a llorar con fuerza.


“Tranquilo, estoy aquí contigo”, dijo la voz de su esposa a su lado. Él siguió con los ojos cerrados tratando de no imaginar a la mujer a la que pertenecía ese fría y húmeda mano palmeada sobre su hombro.