lunes, 5 de diciembre de 2016

Hombre de Hojalata

    ¿Sabés cuál es tu problema?

Jonathan permanecía en silencio. Arrancando pequeños pedazos de servilleta debajo de la mesa. Lucía lo miraba fijamente con aquellos ojos grandes de color miel.

    Tu problema es que pensás demasiado. Sí, eso. Pensar, pensar, pensar… Lo siento, eres un buen tipo. Pero a veces quisiera que dejaras de pensar demasiado en todo lo que hacés. Suerte.

Lucía corrió la silla para atrás y se levantó. Jonathan la miró fijamente mientras hacía bolita el último pedazo de servilleta entre sus dedos. ¿Debería levantarme y decirle adiós? ¿Debería gritarle y decirle que es una perra malagradecida? ¿Qué es lo que siento en estos momentos siquiera?

Lucía abrió la boca para decir algo más, un “¡di algo por favor! ¡Defiéndete!”, pero decidió no decir nada. Observó a Jonathan sentado en la mesa con la misma expresión de desconcertante tranquilidad. Ella imaginaba el casi infinito mecanismo de engranaje que inútilmente funcionaba en su cabeza, girando y girando, tratando de hallar la mejor respuesta. Pero con Jonathan nunca había una respuesta, nunca había una reacción y cuando las había siempre llegaban demasiado tarde.

Una lágrima bajó por la mejilla de Lucía, ella sonrió y en lo más profundo de su corazón ella le deseó suerte en lo que sea que iba a ser de su vida. “Un hombre de hojalata”, pensó sin razón aparente y se marchó.

Jonathan se quedó ahí sentado, viéndola alejarse. Después de un rato soltó un pesado suspiro y se preguntó si había respirado siquiera durante toda la conversación… “Conversación”. ¿Había dicho una palabra siquiera?
          
    Adiós. —Dijo finalmente a la silla vacía frente a él. Se levantó y dejó la bolita de papel en el plato.
 

****

La noche era lo bastante fresca como para querer estar afuera y observar las estrellas. O para esperar a que dieran las doce y ver cómo las calles estallaban con coloridas explosiones de fuegos artificiales. “O para caminar con la persona que amás”, pensó Jonathan.
Sonrió y siguió caminando cabizbajo por aquellas calles empedradas mientras los niños pasaban corriendo con sus “estrellitas” chispeando en sus manos.

¿Sentía algo siquiera?
La pregunta parecía pulsar en su cabeza como un molesto dolor de muela. Sin duda sentía un extraño vacío en el pecho, era la sensación de querer hacer algo. O de “ojalá hubiera hecho algo”. Era lo mismo que sintió cuando fallecieron sus padres. ¿O no? Era difícil saber la diferencia entre sentir algo o no. A veces se preocupaba por eso, pero la mayoría del tiempo sólo seguía su vida. Dejando que su cabeza buscara la mejor solución por sí sola.

*****
Cruzó una cuadra antes de llegar a su casa para evitar el “bazar navideño” organizado por la sociedad de mujeres organizadas de la colonia. “Un montón de viejas locas” habría dicho su padre si estuviese vivo.

Le sorprendió lo desolada que estaba esa cuadra y luego recordó que la mayoría de casas ahí estaban esperando a ser alquiladas y las otras estaban habitadas por gente sin hijos o matrimonios ancianos. Siguió caminando, contando los baches que encontraba en el camino y escuchando la música del bazar con casi completa indiferencia.
            Entonces notó la silueta de una mujer sentada en la banqueta, llorando.

Se detuvo a unos cuantos pasos, dudando si debería preguntar si algo andaba mal o no. “¿Qué haría Lucía?” pensó y se entristeció al pensar en que ya no habría nadie que se preocupara por él. ¿Es eso amor? Se preguntó mientras los engranes en su cabeza analizaban los escenarios en los que él podría actuar. ¿O le pregunto si necesita ayuda o sigo caminando? Cada quien tiene sus problemas, tal vez no quiere que un extraño en la oscuridad le pregunte si necesita ayuda…

    ¿Disculpe? —Dijo la mujer con una voz empapada en lágrimas.
    ¿S-sí? —Dijo Jonathan manteniendo cierta distancia.
    ¿Podría… podría prestarme su teléfono?
    No tengo, lo lamento. ¿Para qué necesita un teléfono? —Jonathan pensó si negarle una llamada era lo correcto. Se preguntó si la mujer notaría el bulto que hacía su teléfono en el bolsillo de su pantalón. Tal vez no, la cuadra estaba apenas iluminada por un poste eléctrico a unos metros.

    Es que, es… ¡CREO QUE MATÉ A MI ESPOSO! —Exclamó la misteriosa mujer estallando en un llanto casi histérico. Jonathan la observó con cierta fascinación.
     ¿Cree que lo mató? —Preguntó como si fuera lo más normal del mundo.
     Uh, bueno, sí, eso creo. Creo que aún está vivo, pero no tengo manera de llamar a emergencias o a la policía.
     ¿Por qué habría de llamar a la policía?

La mujer detuvo su llanto y observó (lo mejor que pudo) al hombre parado frente a ella. Sintió deseos de tirarle una piedrecita para ver si escuchaba un ruido metálico como el plunk que escucharía si la tirara sobre el capó de un auto.

    Porque quiero entregarme. A ver, venga conmigo si quiere, tal vez usted pueda ayudarme y ver si está vivo aún.
 
La mujer se levantó sacudiendo la tierra pegada a su pantalón. El hombre frente a ella seguía quieto como si no supiera qué decir o cómo reaccionar. La mujer sintió la necesidad de ver si había alguna tuerca o botón en el rostro de aquel hombre.

    Bueno. —Dijo Jonathan con cierta inseguridad. Ambos caminaron hacia la casa.
 

Según la identificación que Jonathan recogió del suelo el hombre tendido en el suelo entre la mesita de noche y la cama se llamaba Rogelio Salvador, tenía 38 años, era casado y por su foto, Jonathan asumió que los moretones en el rostro de la mujer (que se llamada Clara) no habían sido producto de una simple caída.
            El hombre, en su foto, lo miraba con expresión desafiante; tenía una mandíbula fuerte y cabello corto como de militar. Jonathan se preguntó cómo es que aquella mujer delgada (por no decir escuálida) había logrado clavarle un desarmador en el pecho a aquel tipo.

Jonathan observó el charco de sangre que se coagulaba en el piso dándole más un aspecto de pintura desparramada que de escena de asesinato y no dudó en que aquel hombre estaba muerto.
    ¿Y bien? —Dijo Clara mientras se mordía los nudillos. Jonathan notó que uno de sus ojos era más claro que el otro y empezó a buscar en su cabeza el término de esa mutación genética.
    Por favor, dígame. ¿Está muerto?

Jonathan se inclinó y buscó pulso en el cuello del tipo. Nada. “¿Seguro?”, dijo la voz de Lucía a lo lejos. Como saliendo de un pozo. “¿Estás seguro o querés revisar otra vez? O tal vez quisieras recostarte un rato y pensar si en realidad es cierto que no hay pulso o si sólo estás mintiendo para quedarte con Clara. ¿Eh? ¿Seguro?”

            —Lo lamento. Su esposo ha muerto. —Dijo Jonathan poniéndose de pie.

La mujer se quedó en silencio, mirándolo con esos enrojecidos ojos de distinto color. Su labio inferior estaba reventado y tenía feos moretones en el rostro.

    ¿Y qué hacemos ahora? —Preguntó Clara.
    Podríamos… —Empezó a decir Jonathan y se quedó sin palabras.
Clara estaba a su lado ahora y ambos observaron el cadáver en el suelo con el desarmador clavado firmemente en el pecho. Jonathan guardó la identificación en su bolsillo.
    Hay… Hay un hacha en el patio. También una pala. —Dijo Clara con serenidad.

Los engranes en la mente de Jonathan empezaron a moverse de nuevo. Aunque esta vez él pudo responder sin ninguna duda:


    Está bien. Yo usaré el hacha.