domingo, 30 de agosto de 2015

Matar a un anciano.



El problema de Estu era que no sólo era vengativo sino que también era estúpido, y eso es una combinación bastante peligrosa. Pero aparte de eso, Estu también estaba salado…y esa su mala suerte era una cabrona.


¿Por qué querría alguien matar a un anciano?
         Porque es fácil. Así de simple.
¿Por qué quería Estu matar a aquel anciano?
         Porque quería ver qué tan fácil era. Así de simple.

Había estado viendo al pobre viejito caminando y cumpliendo su rutina diaria desde la mañana; el viejito caminaba lentamente de tienda en tienda, se sentaba en una banca y leía un periódico, luego se iba a caminar otra vez y sevolvía a sentar.
         Agh, maldita sea…
Para cuando dieron las seis el viejito salió de la panadería, sosteniendo apenas su bolsita con tres panes dulces y un sobrecito de café instantáneo. Estu se levantó, se estiró y empezó a seguirlo. La navaja estaba en su bolsillo y sus dedos acariciaban la cuchilla con obscena emoción.
         El viejo vivía en un edificio tan antiguo como la ciudad y aunque no le gustaba le tocaba usar un destartalado elevador para llegar a su pequeño cuarto.
         Buenas tardes, le dijo al joven corpulento que subió segundos después.
         Um ‘enos ‘ías, farfulló el joven. ¡Bendita educación! Pensó el viejito y ese pensamiento le hizo esbozar una sonrisa en su boca casi chimuela. Las puertas se cerraron y el viejito aún sonreía cuando la navaja se clavó en su pecho.
         Estu sonreía y sonreía. ¡Vaya que es fácil!, pensó sin darse cuenta que el elevador ya no se estaba moviendo.



Estu trató de abrir las puertas oxidadas y aunque éstas parecías estar hechas de hojalata no podía separarlas ni un centímetro. Mierda, pensó. ¡Mierda!


¿Cuánto tiempo había pasado? Estu no lo sabía.
Abrió los ojos y por un segundo no recordó en dónde estaba pero cuando vio el cuerpo del anciano que aún se desangraba a su lado (su bolsita de panes aferrada aún en su mano) Estu empezó a llorar.


Se acurrucó en su pequeño rincón, tratando de no tocar el charco de sangre que se arrastraba lentamente hacia él.

Le dio hambre y con tremendo asco le arrebató la bolsa al difunto y empezó a comerse los panes. No le sabían a nada y al final le dieron aún más hambre y sed.


Algo tocó a las puertas cerradas del elevador y Estu se puso de pie de inmediato pisando el charco pegajoso.
         ¡Me atraparán, pero no me importa, sólo quiero salir de aquí!
Otro golpe del otro lado de las puertas.

No te emocionés mucho, la verdad es que no hay nadie tocando a la puerta, no hay nadie del otro lado. Nadie va a venir a sacarte de aquí. Sólo escuchás eso porque ya te volviste loco…
         Estu giró y miró al anciano que lo miraba con ojos blancos y lechosos. Un hilito de sangre bajaba por las comisuras de su boca.
         Sentáte mejor, sentáte y esperá aquí conmigo…

Estu se sentó, tratando inútilmente de no tocar la sangre en el piso.
         El anciano siguió hablando y cada vez más sangre chorreaba de su boca.
El viejo hablaba de la muerte, hablaba del infierno, hablaba de mil horrores.
         Estu cerró los ojos y pensó: Mierda.
Algo seguía tocando a las puertas oxidadas del elevador: Toc…Toc…Toc…
         Pero como decía el viejo muerto, no importaba porque Estu no iba a salir de ahí. 


sábado, 29 de agosto de 2015

Un curioso anuncio de periódico.

Ricardo observó los moretones en su rostro, apenas, pues su ojo derecho aún seguía medio cerrado y con el ojo izquierdo veía todo entre un constante brote de lágrimas.
         «¿Te duele?» decía el anuncio en el periódico.
Abajo en la cocina, Ricardo escuchaba los torpes pasos de su tío que de seguro buscaba la cerveza número veinticinco, en la sala podía escuchar a su tía hablando con alguna de sus amigas sobre como Hilda (quienquiera que esa perra fuera) había llegado vestida a la “Reunión de señoras de La Caridad” (fuera lo que fuera esa mierda) y de “cuánto escote y pierna había mostrado”,
         «¡Apuesto que sí! —Continuaba el enunciado en el periódico —¡Ah! ¿No nos crees?
         NOSOTROS SABEMOS LO QUE ES EL DOLOR.
TODOS NOSOTROS SABEMOS CÓMO TE SIENTES… ¿Y SABES QUÉ ES LO MEJOR? ¡QUE SABEMOS CÓMO SOLUCIONARLO!»

         Ricardo puso una mano vendada sobre su mejilla hinchada y trató de sonreír, no pudo del todo, pero la sonrisa estaba ahí, formándose dentro de él como un tumor maligno.
         El periódico estaba fechado hacía dos semanas y Ricardo temió que esa curiosa oferta hubiera vencido ya, no parecía pues no decía nada más, no había demasiada información de contacto ni de qué requisitos eran necesarios, parecía más bien una carta de odio escrita por algún grupo de inadaptados.
         Yo soy un inadaptado, pensó Ricardo recordando con crudeza el dolor del fuego cubriendo sus manos, de los azotes y de los nudillos de su tío chocando contra su rostro…una y otra y otra vez.
         «NO TE PREOCUPES, SABEMOS POR LO QUE ESTÁS PASANDO Y SABEMOS QUE NO QUIERES QUE ELLOS SE ENTERES, LO ÚNICO QUE TIENES QUE HACER ES… ¡PEDIR NUESTRA AYUDA! ¡ASÍ NOMÁS!»
         Ricardo le dio vuelta a la página para ver qué más decía, pero no había nada más. ¿Sólo debo pedir su ayuda? ¿Cómo?, sus entrañas se retorcieron un poco, ¿era acaso una broma? ¿Era eso nomás? No, debía ser algo real, era increíble que el periódico hubiera permitido que alguien anunciara algo así, pero claro, como no había información de contacto ni nada tal vez pensaron que era un chiste, un pobre diablo que quería decirle al mundo sobre qué tan miserable se sentía. ¿O acaso era algo más?

Ricardo se quedó dormido como pudo, era difícil cuando te dolía estar acostando tanto de espaldas como de lado izquierdo o derecho. En medio de la noche escuchó la puerta de su habitación abriéndose con un feo chillido, pasos, gruñidos, respiración agitada y más gruñidos. Una mano tan rasposa como un bloque de cemento se posó sobre su frente para acariciarlo. Ricardo sintió asco pero esperó, no era la primera vez…pero algo le decía que sería la última. Cuando la luz de sol empezaba a colarse poco a poco entre su resquebrajada ventana sabía que era cierto. No sabía cómo explicarlo pero lo sabía, era tan cierto como que su tío y tía eran unos hijos de puta.
         Ellos lo iban a ir a ayudar y lo mejor de todo, lo que le dio satisfacción, era que lo que ellos traerían no sería justicia sino venganza. Pura y descontrolada venganza.


Con todo gusto se hubiera quedado en su habitación toda la mañana, aun si eso significaba no desayunar ni almorzar, pero no podía, si no bajaba su tío iba a subir por él, era curioso cómo funcionaba el sentido de reglas y moral de su tío. Le tomó casi media hora ponerse una playera pálida y una pantaloneta que olía a humedad. Se sentó a la mesa e intentó comer la porquería del plato. Su tío lo miraba con ojos rojos, ni se te ocurra decir nada…y luego sonreía.
         Para cuando el reloj marcó las cinco de la tarde, Ricardo subió a su habitación, finalmente terminado de trapear el piso y limpiar la taza del baño.
        
Escuchó como la puerta se abría ligeramente, él estaba de cara a la pared pero podía decir que alguien lo estaba viendo. Escuchó pasos…murmullos…otra puerta se abrió de golpe, el cuarto de sus tíos…más pasos, excepto que era más como pies arrastrándose…alguien gritó y gritó en serio…madera rompiéndose…más gritos, excepto que ahora eran ahogados…sangraban, Ricardo lo sabía de alguna forma…todo era un caos, muebles eran lanzados, cristales se hacían pedazos, tela era desgarrada…más gritos seguidos de unos patéticos ¡Por favor…P-Por f-f-av-vor…¡No más! …Ricardo no quería abrir los ojos, no quería arruinar el trabajo de ellos, no tenía sentido pero aun así mantuvo sus ojos cerrados.
         Murmullos…golpes fuertes, algo había tronado hasta partirse en dos, más chillidos…plegarias…murmullos…finalmente un par de cuerpos cayendo al suelo con un ruido sordo.
         Ricardo suspiró, su pecho estaba oprimido.
Algo resopló en su rostro, un aliento helado y maloliente.
         ¡Sal y mira!
No había nadie ahí con él, caminó cojeando y jadeando. Salió al jardín y miró a su tío y tía tirados de bruces en el césped, bueno, no exactamente de bruces, más bien regados por el césped. Ricardo sintió frío y luego una línea de agua tibia bajó por su muslo hasta formar un charco bajo sus pies.
         Al fondo, pegados a la cerca que dividía su casa de la otra, había un grupo de hombres encapuchados y con enormes gorros puntiagudos como una versión hermana de los Ku Klux Klan. Ricardo se dio la vuelta, casi resbalándose en el charco de orina, y estaba a punto de correr lejos de esa escena cuando se topó con otro hombre encapuchado. Su capucha olía a polvo y fruta y carne podrida. Ricardo resolló y supo que iba a morir.
         El hombre encapuchado estiró un brazo amarillento que apenas tenía piel, le dio una gruesa y fea veladora con una flama que brillaba quieta, imperturbable ante la brisa de la noche.
         No tenía caso preguntar qué debía hacer, era más que obvio.
Se acercó con la veladora en su mano que no había sido tan quemada y la lanzó a los cuerpos. FFFUFF estalló la llama con un raro color carmesí.
         Ricardo miró fijamente los pedazos ardientes de sus tíos y de repente algo estalló dentro de su cabeza.
         ¡AYUDA POR FAVOR, MI HERMANO ME QUIERE MATAR!
¡MI MAESTRO ME HACE DAÑO, ME QUIERE HACER COSAS!
¡MI PADRASTRO…!
¡MI VECINO…!
¡EL PASTOR DE LA IGLESIA…!
¡AYUDA, AYUDA, AYUUUUUUDAAAA!

Las voces le martillaban la cabeza y Ricardo pensó que ahora sí moriría. Cayó arrodillado mientras escuchaba los últimos restos de sus tíos tostándose. Los encapuchados murmuraban cosas que él sólo podía suponer eran plegarias.
         Él no era el único, lo había sabido siempre, el mundo estaba plagado de bastardos llenos de mierda en la cabeza. Él quería ayudarlos…pero sobre todo, quería vengarse de todos…todos lo que se atrevían a tocar a alguien indefenso sólo porque no podían satisfacer sus deseos enfermos solo con una mano y una revista. Ricardo sonrió y recogió la veladora cuya flama ni siquiera había parpadeado. 
Él iba a ir por todos esos hijos de puta.


miércoles, 26 de agosto de 2015

Chuchos


Lo primero que Ismael notó al salir de su casa para ir a trabajar esa mañana fue lo callado que estaba todo. Eran las 6:30 de la mañana y el frío aun calaba hasta los huesos, tanto que daban ganas de quedarse en la cama bien enchamarrado, pero Ismael no podía darse ese lujo, después de haber pasado casi un año sin trabajo no podía permitirse llegar tarde en su primer día.

         Ismael no tenía esposa o hijos así que podía darse el “lujo” de ir de pueblo en pueblo buscando algún patrono que necesitara de sus servicios.



Había llegado a aquel pueblo conocido como “El cerrito del sol” el día anterior, domingo, y el viaje había sido tan extenuante que no había despertado sino hasta la mañana siguiente, justo a tiempo para ir a su nuevo trabajo.

         Ismael observó los locales y tiendas con las rejas corridas y con candados, las ventanas cerradas y el incómodo silencio de la madrugada. Ni siquiera podía oler el aroma del pan recién horneado que era uno de los placeres de vivir, aunque sea por corto tiempo, en un pueblo pequeño. Ajustó su vieja y confiable mochila y siguió su camino por aquella calle empedrada, enervado por lo fuerte que sonaban sus pasos en las calles y avenidas.

         Una que otra vez se detuvo pues había visto algo por el rabillo del ojo, movimientos rápidos y borrosos, «son solo chuchos» pensó acelerando el paso.

El camino hacia la finca en donde iba a trabajar por lo que él esperaba fueran al menos seis meses parecía extenderse e Ismael tuvo que controlarse para no correr aterrado. «No dejés que todo esto te asuste, vos caminá y caminá tranquilo»

         En una de las esquinas a lo lejos notó que un perro arrastraba algo, entrecerró los ojos para ver qué era y sin darse cuenta empezó a acercarse. El perro como muchos otros perros de la calle estaba horriblemente desnutrido y su piel mostraba el daño del jiote y algo más, Ismael no sabía qué pero la piel y pelo del animal tenía una extraña tonalidad. A pesar de su apariencia el animal arrastraba el bulto con increíble fuerza y codicia. Ismael se detuvo de golpe y el corazón le dio un vuelco. Lo que el perro estaba arrastrando era un niño de tal vez no más de cinco años, el chucho lo tenía agarrado de la manga del pantalón que estaba empapado de lo que era obviamente sangre. Ismael se quedó boquiabierto sin poder pensar en nada más, trató de restregarse los ojos pues de seguro estaba confundiendo todo, de seguro era una bolsa de basura o algo, pero no podría ser un niño…no podía…excepto que sí lo era.

         El pequeño tenía el pecho descubierto e Ismael notó con un asfixiante terror que el estómago del pequeño había sido desgarrado con increíble violencia.

«¡Jesús!» gritó Ismael mientras trataba de contener las arcadas. Debía hacer algo pero qué, ¡Qué!

         El chucho se detuvo en medio de la desolada calle y empezó a gruñir, en un segundo una docena de perros igual de desnutridos salieron por las otras calles. Ismael estaba pegado al suelo y por más que quería no podía apartar la mirada de aquel pobre niño con el vientre abierto y el rostro congelado y gris. No se había dado cuenta que detrás de él, a una calle de distancia, tres chuchos se acercaban lentamente, acechando y con la delicadeza de una bestia hambrienta que no quiere que su presa se dé cuenta de su presencia.

         Sus ojos brillaban con una rabia demoniaca, jadeaban en absoluto silencio y se podía ver la espuma que brotaba de entre sus hocicos.

Casi parecían estar sonriendo.







Hasta el día de hoy el pueblo de “El cerrito del sol” permanece desolado, las pocas personas que vivieron ahí dijeron que ya no se podía salir porque los chuchos se habían vuelto locos. «Un día vi como unos veinte perros salieron del monte y se le tiraron a Don Rope, el borracho del pueblo, ¡fue horrible! ¡La forma en que lo destrozaron y sus gritos…Oh sus gritos…!»

         Varias personas con armas intentaron librarse de los chuchos, pero entre más mataban más salían. «Nunca pensé que esos escuálidos animales pudieran hacer algo así…era casi como, no sé, como si quisieran vengarse…»

         Varios niños, ancianos, mujeres y enfermos fueron hallados muertos, casi todos con no más que cabello y ropa sobre sus huesos, en los alrededores del pueblo. Varios perros fueron sacrificados pero era obvio que había muchos más. Debido a que el pueblo estaba rodeado de espesos bosques y fincas no se pudo saber cuántos perros habían logrado juntarse.

         «Les digo que esos malditos chuchos tenían algo malo…no era hambre, era malicia. ¡Mataron a niños, eso sólo lo haría un animal del Diablo!»



También se descubrió que el agua del río que corría a las afueras del pueblo contenía una toxina desconocida. Nadie ha sabido explicar qué clase de toxina es la que está en el río y ningún experto ha querido confirmar alguna relación entre esto y esos horribles ataques.

         La gente sigue aterrada pues se sabe que los perros o chuchos siguen ahí.

sábado, 22 de agosto de 2015

La Inmensidad.



         —¿Dice que puede ponerle el cerebro de Anna?
         —Encéfalo, Ronnie, Encéfalo. Siempre aborrecí el hecho de que la gente, incluso los que escriben los libros de ciencia, le llama cerebro a todo el órgano en sí. El cerebro es una parte tan solo… ¿me estás escuchando?

A Ronnie le molestaba a veces cuando el Dr. Magele le daba un sermón sobre cómo la gente estaba equivocada en esto y aquello y sobre cómo él debería saber mejor siendo pupilo de alguien tan importante como el Dr. Magele.

         —Sí, lo siento. Pero entonces dice que le puede poner el encéfalo de Anna a…
         —Rumina.
         —¿Rumina? ¿Qué clase de nombre es ese?
         —Shhhh, deja de preocuparte por cómo se llama, ahora ve y tráeme la maleta de cuero que está sobre aquella silla…sí, esa…gracias.

El Dr. Magele empezó a sacar un montón de utensilios que no lucían para nada como los que usaba un cirujano común, pero después de todo, el Dr. Magele no era un cirujano común. Ronnie sabía bien lo que era…

         —¿Sentirá dolor?

Ronnie vio la mirada punzante del Dr. y dio un paso atrás. Ronnie nunca había sido inteligente, eso lo sabía bien, pero siempre le había interesado la ciencia. Ronnie era como un hombre sin piernas que sueña con jugar futbol, aun así, era bastante acomedido y sabía guardar secretos…y nadie tenía más secretos que el Dr. Magele.
         Sus retorcidas vidas se habían cruzado casi seis años atrás, ambos compartían una idea extrema sobre lo que se podía alcanzar con la ciencia y la medicina y sobre como los viola niños del Vaticano impedían que la humanidad progresara. A un principio el Dr. le había confiado a Ronnie ciertos experimentos con animales muertos y fetos cuyas madres habían tirado a la calle como cualquier pedazo de basura.
         “Vivimos en una enorme mansión llena de habitaciones y objetos valiosos, pero la gente es tan pendeja que se conforma con vivir en el sótano porque tienen una bonita vista” le decía el Dr.
Ronnie lo adoraba y muchas veces se preguntaba si tal vez el Dr. sería su verdadero padre, después de todo él nunca había conocido a su progenitor…ni a su progenitora. Él también había sido tirado en la calle como una bolsa de basura.

         —¿Sentirá dolorrrr? Dijo el Dr.
El rostro del Dr. se retorcía con una horrible ira, ese era su mayor problema, la ira, el Dr. Magele era un genio pero lo único más grande que su cerebro (encéfalo) era su carácter. Ronnie se encogió como un niño esperando el golpe…pero no hubo ninguno. El Dr. suspiró y le explicó:
         —Ah, Ronnie, Ronnie, Ronnie…pon tu mano aquí…sientes algo…verdad que no…bueno, eso es porque nuestra querida Rumina está muerta.
         —Pero…pero no se ve muerta… dijo Ronnie.
El Dr. Magele esbozó una sucia sonrisa.
         —¡Aaah! Mi querido Ronnie… ¡Yo tengo mis métodos!
Aunque Ronnie se había convertido en parte importante de los experimentos del Dr. era claro que él no le contaba todo, su oficina estaba repleta de frascos y libros extraños que Ronnie no podía tocar por nada del mundo.
         “Si algún día llegas a tocar alguna de las cosas que te tengo prohibidas…y créeme que puedo darme cuenta… ¡te desterraré para que vuelvas al sótano en donde el resto de la humanidad vive!”
Ronnie nunca trató de hacer nada prohibido, aun cuando el Dr. no estaba en casa, él se sentía vigilado, no por cámaras sino por algo más aterrados, algo que él no lograba entender por completo. En los corredores y habitaciones de la casa parecía haber algo incorpóreo.

         —¿Estás listo?
         —¡Sí Dr.!

El Dr. Magele empezó a abrir el cráneo de la pobre difunta.
Rumina Salazar había sido una hermosa y sensible prostituta de la zona 1, ella solía decir que nunca había tenido infancia y que en realidad había nacido teniendo 21 años.  “Desde que nací, a los 21 años, supe que me gustaba el sexo…dale a una niña una muñeca y vestidos bonitos y ella será la princesa más alegre del mundo, dame a mí una habitación llena de hombres excitados y…bueno…” Rumina también era famosa por su risa, muchos de los hombres decían que su risa era el mejor tipo de viagra. “Hay algo en esa risa…esa carcajada…que, no sé, te excita…”
        
         —Felicidades, esta es la primera vez que no te pones verde al ver un encéfalo en todo su esplendor. ¡Ve! Hermoso, ¿no?
Ronnie asintió no queriendo decir nada pues sentía que si abría la boca aunque fuera un poco vomitaría. Ya le había pasado antes y el Dr. Magele lo había castigado por eso.
         “¡Cómo te atreves a sentir asco por algo tan MAJESTUOSO!”
Esa vez, de castigo, Ronnie tuvo que dormir en El cuarto que se encoge. El cuarto era de tamaño normal, pero el Dr. lo había pintado y decorado de tal manera que, si se observaba por mucho tiempo, daba la ilusión de que las paredes se movían y se encogían. Ronnie pasó tres horas ahí y para cuando salió parecía haber estado cara a cara con el mismísimo Diablo.

El Dr. Magele siguió mirando aquel encéfalo como si fuera el diamante más grande del mundo. Un enorme y bastante amarillento diamante.

         —¿Qué hará con él?
         —Um, no sé, lo guardaré claro, pero no creo que tenga uso.
         —Bien…ahora, vamos a la mejor parte.
Con una señal, el Dr. envió a Ronnie al cuarto frío, era hora de traer a Anna.

¿Quién era Anna? Nadie sabía realmente, Ronnie había tratado de saber quién era ella y lo único que el Dr. le decía cuando le preguntaba era:
         Oh… ¡Anna! Bueno pues…ella es…de ALLÁ”
“¿Qué es ALLÁ?”
“Jajaja, Oh, Ronnie… ¡LA INMENSIDAD!”
El cerebro (encéfalo) de Ronnie no era capaz de entender lo que el Dr. le quería decir. Él suponía que tenía que ver con uno de esos libros negros prohibidos. La Inmensidad.

Ronnie arrastró la cama de rueditas sobre la cual, cubierta de una manta blanca, estaba Anna. El Dr. levantó la sábana rápidamente y Ronnie miró a la mujer que había pasado quién sabe cuánto tiempo en aquel gélido cuarto.
         Anna sin duda era especial, hermosa de manera inhumana, su rostro aunque perfecto parecía estar más bien sobrepuesto, casi como una máscara que aunque esté bien puesta no deja de ser una falsa apariencia cubriendo algo diferente debajo. Su cabeza calva tenía una gruesa capa de escarcha que el Dr. removió con increíble delicadeza.
         —¡Hermosa! No te parece.
Ronnie no dijo nada.
         —Mi querido Ronnie, ¡La Inmensidad está tan cerca!
Ronnie seguía contemplando ambos cadáveres.
         El Dr. Magele suspiró y empezó a abrirle el cráneo a la otra difunta.


“Gracias” dijo Rumina una noche de Junio después de haber terminado con el cuarto cliente del día. Ella siempre les daba las gracias como si ellos no hubieran querido estar con ella para empezar.
D-De Na…da…”
“¿Cómo te llamas de nuevo?”
“Milton”
“¡Milton! M-I-L-T-O-N ¡Me gusta ese nombre!”
“A mí no, me parece estúpido”
“¿Estúpido? Ja, ¿acaso te tengo que repetir mi nombre?”
Milton había pagado una hora de la cual sólo había necesitado quince minutos, así que se quedó con ella, abrazándola y oliendo su fragancia natural. ¿Era amor? No. Él no quería a las mujeres.
“Ese lunático” murmuró.
“¿Qué dijiste?
“Nada, ¿quieres tomar algo? Porque yo sí, así tal vez me den ganas de hacerlo otra vez”
Rumina sonrió como si le hubiera prometido comprarle el mundo. Se levantó, su largo cabello rojizo caía sobre su espalda como una…         “Una cascada de sangre” pensó Milton, su erección estaba volviendo.
         Milton, no era un hombre de ciencia, él era mundano y no le importaba en lo más mínimo lo que aquel Dr. loco estuviera planeando hacer con ella. Dinero y sexo, sólo eso importa, pensaba Milton mientras le servía una copa a Rumina, su erección había regresado completamente y aunque Rumina estaba deseosa de volver a la acción él se aseguró que se tomara toda la copa.
         Aquella hermosa prostituta se quedó bien dormida, Milton se descargó en ella una última vez, aun dormida ella era excelente, y luego empezó a limpiar el lugar. Rumina nunca volvió a despertar.



         —Vete.
Ronnie abrió los ojos y se alarmó al ver que el Dr. Magele ya tenía el laboratorio más que listo para el gran experimento. A Ronnie le preocupaban esos constantes apagones, a veces creía que moría y revivía varias veces al día.
         —¿Q-Qué?
         —Dije que te fueras. —El Dr. no lucía molesto ni nada.
         —¿Por qué? —Sollozó el pupilo, él había estado esperando ese gran momento por meses. ¿Por qué el Dr. Magele le impediría ver algo con lo que ambos habían soñado?
         —Ronnie…mi muy querido Ronnie, nunca has sido el más inteligente, pero eres el más leal y atento y eso me importa mucho. Sé que esto te causa un gran daño, pero eso—el Dr. señaló a las dos mujeres muertas tendidas en las camas una al lado de la otra, ambas con la parte de arriba de sus cráneos destapada—es algo que yo debo hacer solo. No te pido que entiendas o que me disculpes…sólo te pido que te vayas.
         Ronnie sintió las lágrimas bajando por su garganta con una tremenda acidez pero no dijo nada más. Le dio un beso a la mejilla al Dr. y salió.


Intentó masturbarse un par de veces para pasar el tiempo pero no pudo, cada vez que trataba de pensar en algo excitante la imagen de la hermana Ernestina aparecía; aquella anciana y horrible monja solía observarlo todas las noches desde la puerta de su habitación en el orfanato. Nunca le decía nada, simplemente se quedaba ahí parada, mirándolo con unos negros y pequeños ojos que lucían como pedazos de carbón pegados en una cara tan arrugada como la corteza de un árbol…
         El aire en la habitación se había puesto viciado y uno que otro crujido se oía de repente. Eran las siete de la noche y algo parecía escurrir fuera de las paredes de aquella enorme mansión.
         “Está dando a luz” pensó Ronnie de repente.
“La casa está toda agitada porque está dando a luz…”
Ahí mismo recordó una de sus muchas y horribles pesadillas; en ella él iba bajando al sótano en donde estaba el laboratorio. Al abrir la puerta miraba que había cientos de pequeños seres con cabezas increíblemente redondas y un enorme y repugnante óvalo en medio de donde debería haber una cara. Esos hombrecillos estaba alrededor de una cama de hospital como adoradores y sobre ella había una mujer que no era ni Anna ni Rumina.
         “Doooooooctoooor”
Entonces la parte de arriba de la mansión era arrancada como por una enorme garra caída del cielo; enormes escombros caían por todos lados y una nube de polvo rodeaba a Ronnie como la niebla de las mañanas.
         El cielo no era el que uno ve todos los días, en su lugar había una gran capa negra plagada por millones de pequeños ojos rojizos.
         Ronnie empezaba a correr o más bien a deslizarse pues él no era más que una cabeza flotante, los ojos inhumanos en el cielo giraban y lo seguían mientras que millones voces espectrales le susurraban cosas en un idioma inexistente.
         “Dooooooooooctooooorrrr”
         No había señas del Dr. Magele, sólo un vasto desierto de arena negra.
Ronnie llegaba a una enorme plaza donde centenares de esqueletos y cráneos de todo tipo (humanos y de otras clases) estaban regados por montones formando incluso montañas, algunos aún mostraban restos de carne. Un par de enormes tronos cubiertos de lo que él sabía era piel estaban en el medio y sentados en ellos dos inmensas criaturas, tan altas que parecían atravesar aquel infernal cielo, reinaban con una crueldad demencial.
         “¡Hermoso!” decía el Dr. Magele detrás de él y ahí era cuando Ronnie despertaba.



Se podía escuchar al Dr. hablando en voz alta abajo en el laboratorio, siempre lo hacía y a veces Ronnie creía que no era con él mismo con quien hablaba sino con aquella entidad invisible que habitaba los pasillos de la mansión.

         —¡Ronnie! —gritó el Dr. y Ronnie se levantó de un solo y corrió hacia abajo.


La mujer que yacía en la cama de hospital no era ni Anna ni Rumina.
         Sus ojos, si es que esos eran ojos, parecían conectarse a este mundo desde otro completamente diferente. Ronnie observó que la parte de arriba del cráneo parecía fundida al resto de la cabeza.

         —¡Hermoso! —dijo el Dr. Magele luciendo extremadamente pálido, por lo que se podía ver él había donado mucha sangre.
Ronni se acercó y tocó el pecho desnudo de aquella cosa. Su piel estaba fría y no había pulso, pero algo se movía debajo de esa piel gris y de nuevo Ronnie pensó que todo lo que él veía no era más que un disfraz que apenas le quedaba a lo que realmente estaba debajo. Aquel ser sonrió, sangre bajaba por las comisuras de su boca.
         —¿Te gusta?
Ronnie siguió acariciando el seno que se sentía como un pedazo de piel sobre un bloque de hielo. Estaba excitado.

         —Es…es…hermosa señor, uh, Dr.


Ronnie no los veía, probablemente tampoco el Dr. Magele, ambos estaban contemplando el cadáver desnudo frente a ellos, se regocijaban con aquella retorcida e infernal sonrisa, pero alrededor de ellos y arriba en la casa, cientos de hombrecillos los miraban con sus horribles ojos ovalados.

La puerta había sido abierta.