sábado, 20 de febrero de 2016

No me olvides.



Sigo diciéndome a mí mismo que ella no regresará.
¿Cómo podría? Digo, al final, ella apenas sabía quién era ella misma. Ella había ido convirtiéndose lentamente en nada más que una muñeca que respira, sin ninguna chispa de inteligencia en aquellos ojos verdes, que alguna vez me habían vuelto loco.

Verán, ella era mi esposa. Y yo la amaba. Sí. Puede que no lo crean una vez les cuente lo que hice. Pero la verdad es esa, yo la amaba.

¿Acaso soy una mala persona?

Sí.

¿Iré al infierno, si es que en realidad existe?

Absolutamente.


Verán, mi esposa tenía esa horrible enfermedad que te hace olvidar (no diré el nombre pues llegué a aborrecerlo como si fuera el conjuro de una terrible maldición), pero ustedes saben a cuál me refiero.
         Ella empezó a olvidar pequeñas cosas; lo que había cocinado el día anterior, las cosas que tenía que comprar en el supermercado a pesar de haberlas escrito en una nota esa misma mañana, hasta a qué hora empezaban sus programas favoritos. Luego se hicieron más grandes; el nombre de las personas con las que había hablado por teléfono, la dirección de la casa de sus padres, nuestro número de teléfono…hasta llegar a olvidar que la estufa estaba encendida.
         Y al final, ella me olvidó a mí.


Así que, una noche, manejado por esos terribles pensamientos (los que todos tenemos alguna vez, pero que nunca tomamos en serio por ser simplemente horribles y breves ideas que van en contra de toda moral), la saqué de la cama, la metí en el auto y la llevé lejos.
         ¡Deberían haber visto su cara! Toda pálida y estúpida.

Y, como si fuera un perro, la abandoné en medio del bosque.



Sí, ella me siguió, ella aún recordaba cómo sentir miedo supongo (¿Puedes acaso olvidar cómo sentir miedo?), y como un miserable animal, trató de seguir a mi auto, guiándose por las brillantes luces traseras. Pude ver sus labios moviéndose en silencio, balbuceando cosas sin sentido.



Así que conduje de vuelta a casa, sintiéndome frío y enfermo. Pero, ni una sola vez miré hacia atrás, ni tampoco pensé en dar la vuelta y regresar a recogerla. Ni una sola vez.



Entonces el tiempo empezó a pasar, y yo empecé a, por favor perdonen este horrible chiste, olvidarme de ella. Hasta que un día leí en el periódico acerca de que, en un pequeño pueblo a diez millas del nuestro, el cuerpo en avanzado estado de descomposición de una mujer, fue encontrado cerca de un puente. Su cuerpo estaba tan irreconocible que lo único que pudieron hacer fue llevar a cabo una misa y enterrarla de forma anónima.
         «La pobre mujer debió haber sido atacada por un oso o por un coyote», decía el periódico.

¿Podría ser?, pensé.


La siguiente semana, salió otro artículo. Una pierna había sido encontrada flotando en un río, y la única razón por la cual dijeron que era la de una mujer, era por el zapato que aún se sostenía en el hinchado y morado pie. ¿La había abandonado con sus zapatos puestos esa noche?
No parecía probable, pero otra vez, yo ya había olvidado cómo es que estaba vestida esa noche.


«Vecinos de la localidad de San Andrade, localizaron esta mañana los restos de un vestido blanco entre los arbustos cerca de un barranco. El vestido tenía manchas de sangre y parecía haber sido rasgado por animales salvajes…»

«El cuerpo sin cabeza de una mujer fue encontrado en el fondo de un pozo después de que los vecinos se quejaran del horrible olor. El cuerpo tenía fracturas en ambos brazos y piernas…se cree que la decapitación fue hecha por un ser humano…»

¿ASESINO?


¿Podrían haber sido todos aquellos hallazgos producto de un psicópata?
Tal vez.
Puedo imaginármela. Caminando entre aquella oscuridad, rodeada de árboles que tapaban el cielo y la luna, rodeada de infernales ruidos salvajes. Puedo imaginarla tropezando una y otra vez, rasgándose la ropa hasta cortarse la piel profundamente. Puedo verla llorando, tratando de entender una situación que su cerebro ya no era capaz de procesar. Entonces escucharía algo moviéndose entre los árboles, rompiendo ramas como huesos secos. Ahí se encontraría con un hombre. ¿Sentiría desconfianza? ¿Gritaría? ¿Sentiría alivio de encontrar a alguien que pudiera ponerla a salvo?
         Puedo ver a aquel desconocido abrazándola, haciéndola sentir normal por primera vez en mucho tiempo. Puedo imaginarlo sonriendo…y excitándose.
Sólo hasta ahí quiero llegar.


Escuché por ahí que unos niños dicen haber visto la silueta fantasmal de una mujer que ronda un potrero cerca de una vieja finca.
«Si te le quedás viendo muy de cerca, verás que ella no tiene cara porque su cara se la comió un lobo».


A veces creo que está viva. De hecho, creo que es lo más probable.
La he vuelto a ver saben, no en mis sueños, o en mis pesadillas en todo caso, sino en la calle. En cada esquina. La veo caminando hacia mí, tambaleándose como si recién hubiera salido de su santo sepulcro.

La he visto al abrir la puerta; con su rostro desfigurado y mordisqueado por las muchas bestias que viven entre los montes. La he visto desnuda, con el cuerpo hinchado y morado y sin una pierna.
         La he visto sin cabeza, retorciéndose en el piso de la cocina.

Pero en la mayoría de las veces, la veo simplemente como era antes, hermosa y perfecta.
         Y en esas veces, ella sólo me sigue…sonriendo y sollozando al mismo tiempo.