domingo, 20 de marzo de 2016

El ojo de la cerradura.



El pequeño no sabía qué castigo iba a darle esta vez su padre. No que su padre le hubiera pegado alguna vez ni que sus castigos fueran terribles; sus castigos siempre consistían en mandarlo a su cuarto sin permiso de ver la televisión. Era aburrido sí, pero no era lo peor. El pequeño no se portaba mal por maldad, a veces simplemente se sentía atraído a la idea de impresionar, de crear ese momento incómodo en el que la gente no hace más que mirar en completo silencio al pequeño que acaba de hacer algo “malo”.
        
Sus padres lo regañaban y trataban de hacerle entender el “porqué” de sus castigos. Él lo entendía muy bien. Pero…
Pero…esta vez había algo diferente en el tono de voz de su padre.
También en su mirada.
El pequeño no sabía qué era peor, la forma rara con la que su padre le había dicho “Ven conmigo” o la mirada que le había lanzado.

Subieron las escaleras y fueron al último cuarto del pasillo, el cuarto no era usado para nada, pero su madre siempre procuraba mantenerlo limpio y ordenado.
         Su padre abrió la puerta y ambos entraron. Era la primera vez que el pequeño notaba la puerta. La casa había sido remodelada cuando sus padres la compraron y casi todo había sido cambiado. Si bien la puerta era nueva, la cerradura era grande y el ojo de la cerradura era como esos de las caricaturas, por los que se puede meter una gran llave de oro mágica.

“Siéntate”, dijo el padre.
No había silla y el pequeño no se molestó en preguntar en dónde o siquiera en protestar. Se sentó en medio de la tranquila y cálida habitación.
         Abajo, los invitados seguían parloteando sobre lo que fuera que hablasen los adultos.
    “Lo s-
Antes de que pudiera dar su millonésima disculpa, su padre alzó la mano y se puso de cuclillas para hablarle directo a los ojos.
    “Sabes, yo también me portaba mal cuando era niño,” empezó el padre. Una brisa entró por la ventana haciendo que la puerta se moviera lentamente. 

   “Una vez, creo que tendría un año más que tú, mis padres me llevaron a un funeral. Creo que era el funeral de uno de sus amigos o algo así, debió serlo porque yo no recuerdo haberme sentido triste, y es que yo quería a casi todos los familiares que conocía.” La puerta se movió un poco más. 
    “En fin, yo estaba aburridísmo en ese lugar, yo hubiera querido que me dejaran con una niñera, pero supongo que no consiguieron a nadie a tiempo. Los pocos niños que había no querían jugar pues ellos sí estaban tristes. Así que lo único que hice fue caminar de un lado a otro pensando en cosas sin sentido. Cuando llegamos a la sala en donde estaba el difunto, mi madre me dijo: 'Pórtate bien, recuerda que esta es una situación muy triste, no molestés a nadie. ¿Oíste?' Asentí, aunque no con mucho sentimiento. La sala estaba repleta de gente abrazándose y sollozando. Al fondo estaba el ataúd abierto y podía ver más o menos al tipo en él. Su traje negro era lujoso y su cara estaba toda maquillada. Parecía tan tranquilo ahí acostado”.
El pequeño se sentía algo incómodo por la conversación, pero siguió escuchando cada palabra.
   “YO quería ver al difundo, sabes, no tenía miedo. Tenía curiosidad, nada más que eso. El ataúd estaba un poco alto, pero creía que, si me ponía de puntillas, podría verlo claramente, tal vez hasta podría tocarlo. ¿Qué tan frío estará? Pensaba.” El padre soltó una áspera carcajada. “En una de esas vi que ya no había tanta gente alrededor, creo que habían decidido salir al jardín o algo así, por lo que decidí acercarme. Me fue difícil no correr de la emoción, pero las suelas de mis zapatos eran muy lisas y no quería resbalarme. Cuando llegué al ataúd mis manos estaban frías y tenía la garganta seca…”

   “¿Ya está?” gritó la madre abajo. El pequeño se sobresaltó y su padre le sonrió.
   “Ya casi”. Dijo el padre y no hubo respuesta.
  “Bueno, para ir al grano, resultó que ni poniéndome de puntillas alcanzaba a ver el muerto, frustrado, me acerqué más tratando de apoyarme en el ataúd. Y como un niño que quiere ver los dulces en un aparador ignorando el letrero que dice “No se apoye en el mostrador”, me apoyé en el ataúd tratando de ver, aunque sea las manos. Entonces CRACK, algo crujió horriblemente debajo y las patas de metal de aquello en lo descansaba la caja se doblaron y el ataúd se me vino encima. Logré hacerme para atrás a tiempo para no ser aplastado, el ataúd cayó de lado y aunque no se hizo pedazos, sí se escuchó otro tremendo crack de madera partiéndose. El cuerpo simplemente rodó fuera como un maniquí y quedó boca abajo en el piso”

El pequeño tomó aliento y el padre rió. 

   “Sí, eso, así mismo hice yo. Mirando el cuerpo desparramado en el piso, el ataúd rajado y…bueno, todo en general. Y así hizo la demás gente. No volteé a ver cuando escuché el AAAAAH detrás de mí. Ni cuando sentí el jalón en mi brazo por parte de mi padre. Cerré los ojos y esperé un golpe, no sé por qué, mis padres nunca me golpearon, pero supongo que esa travesura merecía un castigo así, no lo creo como adulto claro, pero ahí entendí lo graves que pueden ser las consecuencias de ser un niño curioso”.

El padre se levantó con dolorosa dificultad.

  “No hubo gritos o tremendas regañadas. No, lo siguiente que recuerdo es mi padre llevándome a un cuarto, así como acabo de hacer, aunque el cuarto aquel era todo opaco y polvoriento, y contándome una historia similar. No con un muerto, no, sino sobre que él, mi padre, había sido igual de curioso y blah, blah, blah…
         Luego, él cerró la puerta y me dijo:
‘No vas a estar en este cuarto bajo llave, podés salir claro. ¿Cuándo? Esa es tu decisión, lo único que tenés que saber es que ni yo ni tu madre vamos a estar vigilándote. No, ya no. Siempre estaremos ahí, te queremos y lo haremos, pero ya no queremos sentir la constante humillación de responder por tus travesuras, así como mis padres lo hicieron conmigo. Así que, al igual que tu decisión de salir de esta habitación cuando te plazca, también será tu decisión de seguir haciendo esas tonterías. Nosotros ya no te vigilaremos. Pero tampoco vas a estar sin vigilancia”.

El pequeño frunció el ceño.
   “Sí, también hice eso mismo”.

El padre caminó a la puerta y antes de salir le dijo:

“Esto es lo mejor, te queremos”.

Así, cerró la puerta.

El pequeño se quedó inmóvil en la misma posición. Escuchó los pasos de su padre bajando las escaleras y el lejano murmullo de los adultos.
         La puerta no estaba con llave y él podía salir cuando quisiera, que era diferente a sus otros castigos, pero…
¿Sin vigilancia?
Se levantó y se dio cuenta de que su pie izquierdo se había dormido. Quejándose en silencio caminó hacia la puerta, no bajaría de inmediato ni tampoco iría a ver televisión, no, simplemente iría a su cuarto y estaría quieto. Algo que podría hacer en esa habitación, pero después de la historia del difunto, creí que los adultos no hablaban de eso con los niños, él no quería estar ahí. Además, el gran agujero en la cerradura lo ponía incómodo. Se sentía—



A medio camino se detuvo de golpe. Su mirada fija en el agujero de la cerradura.
Su boca seca. Cerró los ojos y los mantuvo así como por diez segundos, al abrirlos perdió la fuerza y calló de rodillas. Aquel ojo que lo miraba por afuera de la puerta y a través de aquel enorme agujero en la cerradura se movía ligeramente, atento a sus movimientos.
         El pequeño intentó abrir la boca para preguntar si era su padre, madre o alguien. Pero no podían ser ellos.
Tal vez era el difunto, pensó.

¡Quiero salir!, pensó, puedo hacerlo de todas formas.

Pero el ojo lo miraba fijamente, con cierto interés. No, no cierto, mucho interés.

Pasaron cuarenta minutos y el ojo no se apartó de la puerta.

Ni bien se vaya saldré, pensó el pequeño.
Sí…sólo no tengo que verlo…
El pequeño se dio la vuelta y miró, tratando al menos, de prestarle atención al cielo afuera de la ventana.
Pero el ojo siguió observando con infinita atención.