jueves, 28 de enero de 2016

Veneno para ratas



El tiendero la miró con cierta curiosidad.
No era la primera vez que aquella señora llegaba a comprar leche y pañales, ¿por qué debería entonces parecerle extraño?, el tiendero no sabía bien por qué. Tal vez era porque a pesar de que siempre había visto a la señora en la calle más de alguna vez, ya fuera con amigas o sola (¿y el esposo?), nunca la había visto con ningún bebé.
“Serían 30 quetzales”, le dijo, pero la señora ya había puesto el dinero en el mostrador. 30 quetzales era lo que gastaba cada dos días.

Al tiendero le sorprendió ver a la señora al día siguiente parada frente a la puerta esperando a que él abriera.
“Buenos días doñita”, le dijo el muchacho dándole su mejor sonrisa. Aunque la verdad a él nunca le había caído bien aquella misteriosa señora. Ella era amable y todo, pero había algo “perdido” en ella. Esa era la palabra que le venía a la mente. Perdido.
“Buenos días”, dijo la señora como si aún estuviera durmiendo.
“¿Ya se le acabaron los pañales o la leche?”, preguntó el tiendero mientras quitaba el candado de la tienda.
“No, hoy vengo a comprar otra cosa”
El tiendero abrió bien la puerta y dejó que la luz de la mañana iluminara los estantes con comida enlatada, cereales y golosinas. Aquella mujer entró con cierta prisa.
El tiendero observó lo que la mujer puso sobre el mostrador con un punzante presentimiento en el pecho.
“¿Cuánto cuesta el veneno para ratas?”, preguntó la señora. El tiendero notó que su cabello negro se veía opaco y sucio. Esta señora tiene algo malo, pensó.
“Em, son diez quetzales. ¿Tiene problemas con esos animales?”, le dijo.
“Demasiados, pero si este veneno es de buena marca supongo que ya no”. La señora soltó entonces una carcajada que no pudo haberle helado más la sangre al tiendero. La señora pagó y se fue. Después de unos veinte segundos el tiendero puso el letrero en la puerta que decía: “Vuelvo en un rato. Este negocio está protegido por la mano de Dios…y por una alarma”
Él no sabía en dónde vivía aquella mujer, pero ya que todavía no había mucha gente por las calles no le costó mucho encontrarla. La señora caminaba apresuradamente por las calles empedradas, no necesariamente corriendo porque en esas calles, y por su edad, una caída le traería muchos problemas.
El punzante dolor le atravesaba el pecho y tenía las manos entumecidas. ¿Qué estoy haciendo?, se preguntó.
Finalmente, la señora llegó a una casona al final de una calle que parecía haber tenido mejores días. Las casas mostraban la calidad y estilo que solo la gente rica podría haber costeado, sin embargo, eso había sido tal vez unos veinte años atrás. Algunas de las casas estaban pintarrajeadas y más de alguna puerta y ventana estaba tapiada.
El tiendero se quedó un rato esperando afuera sin saber qué hacer. No puedo entrar y además no creo que deba, la puerta debe estar—pero al girar la perilla la puerta se abrió en silencio. Arriba, en el segundo piso, podía oírse el incesante llanto de un bebé.
El lugar en sí estaba ordenado, no había rastro de polvo o suciedad, pero algo no cuadraba. Era como una de esas cosas “modelo” que ponen en los residenciales. Uno puede entrar a esa casa y ver cómo se ven bien amuebladas y pintadas. Aquella casa era así, bonita, limpia y con muebles finos, pero eso solo era una fachada, nadie realmente se sentaba en esos sillones con finos acabados ni nadie tomaba el té en la cocina con su enorme mesa de caoba.
El tiendero subió los escalones mientras el llanto del niño se hacía más fuerte.
Por favor señora, no lo haga, pensó. Pisó el último peldaño y un fuerte mareo lo sobrecogió y casi se va de espaldas si no se agarra del barandal. El bebé había dejado de llorar y aquella casona estaba en completo silencio.
El tiendero avanzó por el corredor asomándose de puerta en puerta, las habitaciones de arriba estaban igual de limpias y ordenadas que la sala y la cocina y había un ligero aroma a canela. Llegó a la penúltima puerta y se quedó ahí; la puerta lucía más vieja que todas las demás y había unas gruesas marcas de crayones de cera por abajo de la puerta. Abrió la puerta con manos que parecían postizas y sin capacidad de sentir.
La mujer estaba sentada contra la pared con las piernas y brazos estirados, el cabello, que era una peluca, le colgaba de lado mostrando la otra mitad de su cabeza calva y llena de manchas negruzcas. De su boca salía espuma blanca y espesa que goteaba sobre su regazo. El tiendero se quedó fijo en el umbral de la puerta con un grito atorado en la garganta y sin sangre en su rostro. Al fondo de la habitación había una puerta cerrada que de seguro era un armario, por debajo de la rendija vio una silueta moviéndose y entonces fuese que fuera que estaba ahí adentro empezó a reír.
El pobre tipo salió corriendo de la habitación, doblándose el tobillo al caer de los últimos tres peldaños, y hacia su casa.



Ahora cada vez que escucha la risa de un bebé, la sangre se le congela y no puede sentir más que un dolor punzante en el pecho. 

Su esposa le ha dicho que ella ha escuchado ratas en el sótano y que ya puso veneno. El tiendero sólo puede preguntarse si el veneno matará lo que él sabe no es una rata.


Por el rabillo del ojo



Aunque no tengo idea clara de cuándo empecé a verlos, sé bien que su presencia nunca fue tan amenazante como lo es ahora. ¿Pero qué puedo hacer? Digo, ellos siempre han estado conmigo y supongo que lo estarán aun después que yo muera.
         Y si mis suposiciones son correctas. Mi muerte llegará aquí pronto.


Nunca los vi claramente, eran no más que siluetas borrosas y sin forma que pasaban por el rabillo de mi ojo. Podría estar caminando y de repente vería en un flash nada más como una sombra, ya fuese alta o pequeña, pasaba a mi lado. A veces veía un parpadeo de ellos cuando estaba cruzando la calle; mirando a ambos lados cuando en una de esas vería una silueta metiéndose en un callejón o arrastrándose por la pared de un viejo edificio para meterse en una de las muchas ventanas. “¿Serán personas o algo más?”, me decía a mí mismo. Era difícil saberlo, a veces parecían tener forma humana (niños escondiéndose detrás de árboles como jugando a las escondidas) y otras veces no parecían tener forma en realidad (el parpadeo de una sombra metiéndose por debajo de una puerta o escurriéndose entre las rajaduras de una pared de concreto). Nunca me preocupé porque nunca eran más que breves imágenes captadas por mis ojos mientras estaba haciendo algo más. Nunca parecían querer llamar la atención y aun cuando quería verlas directamente me era imposible pues la presencia de esos seres duraba no más que un segundo o dos.

         Una tarde iba caminando al parqueo que está a unas cuadras de mi trabajo para sacar mi carro e irme a casa cuando uno de ellos apareció, como siempre fue breve pero esta vez se me puso la piel de gallina. Me quedé parado un momento tratando de asimilar lo que pasaba. Nunca les había tenido miedo y sus breves apariciones jamás habían provocado alguna reacción física. Nada más que una curiosidad por saber qué eran y qué querían. Si es que querían algo realmente.
         El escalofrío se me pasó y seguí caminando. Llegué a donde estaba mi carro y empecé a sacar las llaves de mi bolsillo cuando vi a otro (¿o sería el mismo? Era imposible saberlo) asomándose detrás de un poste eléctrico de lado derecho del parqueo. De nuevo se me erizó el vello de los brazos y el cuello y me di cuenta de que estaba respirando de forma acelerada. “Tal vez no es uno de ellos sino alguien de verdad”, pensé y la idea de que una persona real me estaba siguiendo resultaba aterradora. Esos seres jamás me habían resultado amenazantes, pero una persona sí podía hacerme daño.

Saqué las llaves finalmente y me disponía a abrir la puerta cuando vi reflejado en la ventana polarizada de mi auto a alguien que venía corriendo a toda prisa hacia mí, su brazo estaba levantado como si estuviera listo para apuñalarme por la espalda. Mi única reacción (y la que pensé sería la última reacción en vida) fue tirarme a un lado y gritar. Me había cubierto la parte de atrás del cuello (un acto inútil considerando que si alguien iba a apuñalarme de veras lo podría hacer en mi espalda). Estaba listo para sentir la navaja clavándose en mi espalda o en mi cuello, incluso sentí que ya hasta estaba sangrando. Pero pasaron los segundos y nadie me atacó. Lentamente aparté las manos de mi cuello y me comencé a levantar. El único corte que tenía era en mi rodilla pues me había apoyado en un pequeño pedazo de vidrio roto. Con los ojos bien abiertos miré alrededor en busca de mi atacante, pero no vi a nadie. La sensación de ser observado seguía en el aire como un gas tóxico. Pasó un buen rato hasta que pude tranquilizarme lo suficiente como para meter la llave en la puerta, arrancar el auto e irme a casa. Mientras conducía vi como uno de ellos se metía en una alcantarilla. “Esa fue una rata” me dije. Pero yo sabía mejor pues de nuevo se me había puesto la piel de gallina.


Las cosas empezaron a ir de mal en peor tan rápidamente que ni siquiera logro entender qué pasa realmente.
Esa noche seguí viéndolos, esta vez casi parecían asomarse sin tanta timidez como antes. Seguían apareciendo por unos segundos y solo los captaba con mi visión periférica, pero ahora parecían estar en todos lados. Casi siempre veía unos dos o tres al día, a veces uno por semana, pero para cuando marcaron las nueve ya había visto unos quince. Seis de ellos eran los que tenían forma de niño (al menos me gustaba pensar que eran niños), tres de ellos no tenían forma, pero el resto habían sido los que para mí eran hombres altos y delgados que iban de un lado a otro dando grandes zancadas. Esos eran los que más cerca llegaban a incomodarme, pero hasta ese momento jamás me había preocupado su presencia. Ahora me sentía acechado y la sensación de claustrofobia se hacía más fuerte entre más anochecía.

Desperté a eso de las once escuchando los alaridos de los perros, me había quedado mal acostado y ahora un agonizante dolor recorría mi cuello y mi hombro. Los perros, que eran de la calle, daban tremendos alaridos como si el Diablo anduviese marchando libremente entre las cuadras. El pánico empezó a envolverme como una asfixiante camisa de fuerza y lo primero que hice fue encender la televisión (¿no la había tenido prendida ya?) puse un canal de caricaturas y subí el volumen. Fui a mi cuarto y jalé unos ponchos y almohadas para estar más cómodo en la sala, no quería dormir en mi cuarto pues en mi cuarto había una ventana que daba al enorme patio de la casa y no quería escuchar el sonido de las ramas de los árboles que se movían rascando el techo.
         Los perros seguían ladrando y, a pesar de mis nervios, decidí asomarme por la ventana y ver por qué estaban tan aterrados los pobres animales.
Creo que si mi corazón hubiera sido el de un viejo o si hubiera estado en peor forma de seguro me habría dado un infarto ahí mismo. Cuando llegué a la ventana, corrí la cortina y ahí mismo fui recibido por un par de penetrantes ojos blancos que resplandecían como los ojos de una fiera. Los ojos eran completamente redondos y carentes de humanidad o de “consciencia”, pero ¡eran ojos! De eso estaba seguro. Podría haber gritado (no creo haber gritado y aun si lo hice mi grito habría sido ahogado por el incesante ladrar de los perros) pero no puede sacar nada de mi garganta. En vez de eso me fui de espaldas como si me hubieran dado un golpe. Aquellos ojos blancos y brillantes seguían fijos en mí. Inmóvil y sin la más mínima cantidad de sangre en mi cuerpo como para moverme, me conformé con cerrar los ojos y esperar a que todo pasara. Creo que me hubiera quedado ahí toda la noche sino hubieran tocado a la puerta.

“Oiga, ¿está bien?”, dijo el extraño afuera de mi puerta después de que no respondí a las primeras dos veces que tocó.
“¿Está bien? Escuché un grito”
Entonces sí había gritado y al parecer había sido tan o más fuerte que los perros.
La voz de aquel hombre me resultaba tranquilizadora y me hizo sentir como si nunca hubiera hablado con gente realmente. Era como si hubiera estado en una cueva por décadas.
“Um, sí, estoy bien. Un momento”, dije tratando de aspirar suficiente oxígeno para hablar.
Me levanté. Ahora no solo me dolía el cuello y el hombro sino también el tobillo.
Abrí la puerta y un hombre de unos cincuenta estaba parado en mi pórtico.
“Lamento haberlo asustado”, le dije apenado, disimuladamente traté de ver aquellos ojos blancos flotando en medio de la noche. Sentía las piernas débiles y frías así que me apoyé en el umbral. El anciano seguía viéndome con preocupación, y ¿por qué no? Estoy seguro que mi rostro había envejecido un par de años. O tal vez simplemente lucía como un adicto que no ha tenido su dosis en un buen tiempo.
“¿Seguro que está bien? Puede que suene exagerado, pero usted se ve fatalmente pálido”.
Sonreí lo mejor que pude y dije:
“He estado enfermo estos días y creo que la medicina que tomo me ha dado tremendas pesadillas”.
Era una patética excusa, pero no creo que el anciano hubiera pensado algo malo.
“Bueno, espero que se sienta mejor pronto. Yo vivo en la casa de enfrente, es curioso que no hayamos hablando antes, aunque estoy seguro que usted ya me ha visto como yo a usted”.
Le dije que sí, que yo ya lo había visto antes. Eso era una terrible mentira. De nuevo me sentí como un ermitaño. ¿Cuándo fue la última vez que saliste con amigos? ¡Carajo! ¿Tienes amigos siquiera?
Antes de que el anciano se fuera le pregunté:
“¿Sabe por qué estaban ladrando tanto todos esos perros?”
“¡Ay, ni me diga! ¡Chuchos condenados!, pero no, la verdad no sé. Yo salí a la calle para ver qué pasaba y ahí fue cuando lo escuché a usted gritar. Honestamente pensé que se le había metido un ladrón a la casa y que los perros lo habían visto -yo sonreí- Sabe, mi madre, que en paz descanse, solía decir ‘de plano que hay algún espanto rondando por ahí’ cuando los perros ladraban así de fuerte. ¡Cómo me costaba dormir cuando decía eso!”
“Me imagino”, le dije. Eso no había hecho sino ponerme más nervioso.
“Bien, me voy, como le digo, si necesita ayuda yo estoy enfrente. Mi esposa le puede preparar algo mañana si quiere. Un su caldo de pollo le caería bien”.
“Sí, gracias”.

Me quedé parado entre el umbral de la puerta hasta que el anciano regresó a su casa a paso lento. Antes de cerrar mi puerta vi a otro de esos entes. Esta vez no fue un parpadeo ni tampoco fue por el rabillo del ojo. Fue directo y claro como se ve a un hombre en la calle. Y a pesar de que estaba oscuro sé que era uno de ellos. Sus tenebrosos ojos blancos lucían tan brillantes y aterradores como le deben parecer las luces de un auto que se aproxima en una oscura carretera a un pobre venado o conejo.



La luz del día me encontró tirado en el sofá, tapado hasta el cuello con dos ponchos y con unas feas ojeras en mi aún pálido rostro.
         Los perros no habían vuelto a ladrar en toda la noche y en algún punto pude sentirme lo suficientemente tranquilo como para apagar la televisión.
Me levanté y me preparé una taza de café espeso, me sentía mareado y débil como si de verdad hubiese estado enfermo, todo lo que había ocurrido parecía lejano como si hubiera sido producto de una fiebre. Salí al patio y fui recibido por una fresca brisa que se llevó los últimos nervios que me quedaban. Me preparé un buen desayuno (pensé incluso ir a visitar a mi vecino de toda la vida que había conocido hasta anoche) y me di un relajante baño. Eran las diez de la mañana cuando salí. Me sentía tan renovado que quería dar una caminata por la ciudad, comprarme un par de zapatos o un buen libro. Iba caminando sobre la acera, perdido en mis propios pensamientos y fijándome en cosas sin importancia cuando noté que detrás de mí, más o menos a una cuadra, un hombre completamente vestido de negro caminaba dando grandes pasos. El corazón me dio un vuelco. El hombre no vestía de negro, él era todo negro casi como una figura cortada de cartón a la que le habían dado vida (eso explicaría su extraño andar). Sabía que tenía que moverme, pero yo ya no tenía pies, no, mis pies se habían fundido en el concreto y en vez de poderme mover hacia adelante lo único que podía hacer era hundirme. El hombre seguía acercándose y noté que su cabeza tenía forma de sombrero en la punta. No había facción alguna, excepto…
         Caí sentado y alejando la mirada lo mejor que pude empecé a arrastras mis inútiles piernas, como lo haría un inválido que se ha caído de su silla de ruedas, por toda la acera. Podía sentirlo sobre mí, ¿qué tan cerca estaba ahora?
Jamás había tenido una visión tan cerca de ellos, fuera lo que fuesen, era obvio que querían algo. ¿Eran fantasmas? ¿Demonios? ¿Creaturas formadas por mi mente desquebrajada? Tal vez, tal vez había estado desquiciado todo este tiempo y no lo había sabido. Tal vez esos seres oscuros y sin forma eran lo que las voces son para un esquizofrénico. La realización de que yo podría estar loco me pegó con fuerza. Cerré los ojos de nuevo como lo había hecho la noche anterior, ¿vendrá alguien a preguntarme si estoy bien esta vez?, pensé, alguien debe verme, estoy en plena calle, tirado y chillando como un animal que acaba de ser atropellado. Podría decir que fue un milagro que mis piernas pudieran moverse de nuevo pero la verdad es que no había razón para que dejaran de funcionar en primer lugar. Además, nunca he sido un buen creyente. Sorprendido del regreso de mis piernas me levanté y sin mirar atrás corrí, carajo ni una sola persona había pasado por ahí en el tiempo que estuve tirado, si un auto pasó no creo que le haya interesado detenerse y ver si estaba bien. ¿Para qué? “Nah, debe ser un pobre borrachín o un loco” debió haber dicho el conductor. Jamás he tomado más de una cerveza así que lo de borrachín no me queda…pero ¿lo de loco?
Llegué a una pequeña cafetería que vendía café sobrevalorado y panqués desabridos y me senté. Podía sentir mi cordura descascarándose como la pintura de una vieja pared. Aquel hombre negro seguía caminando hacia mí.
        
Me levanté, creo que escuché a alguien decir ¿necesita ayuda?, pero yo estaba demasiado enfocado en lo que veía afuera.
Aquel hombre seguía caminando, pero ahora no era solo él. O eso, o lo que fuera. Eran más.



Ahora puedo escucharlos.
Sí. Esos seres han dejado de ser simples figuras que pasaban por el rabillo de mi ojo para convertirse en entidades físicas, Lo digo porque están tocando a mi puerta. Son las siete de la noche. Las puertas están cerradas y todas las luces están prendidas. La televisión tiene el volumen alto al igual que la radio.
Pero ¡puedo escucharlos!
Rasgan la puerta como animales queriendo entrar y refugiarse, o tal vez para alimentarse. No dejo que mi mente me convenza de eso. Tal vez esté loco, aunque no creo que la locura funcione así. No sé qué sería peor; que ellos fueran productos de mi mente quebrada o que fueran reales.
         Hace ratos escuché que las ventanas de los cuartos se quebraban, ahora escucho el girar de las perillas. No me imagino cómo se verá mi casa desde afuera, rodeada de seres completamente negros. O tal vez no haya nada.
        
Tal vez deba abrir la puerta y dejar que me lleven. Si es que me quieren llevar a algún lado. O tal vez deba tomar el revólver que le perteneció a mi padre.

Estoy harto de pensar en los tal vez.
Así que no diré nada más. Cerraré los ojos e ignoraré sus desesperados intentos por abrirse paso hacia donde me encuentro.

No les tomará mucho tiempo.

No. Ya están jalándome los pies.