domingo, 31 de mayo de 2015

El periquito australiano



¿Se puede culpar a una esposa por abandonar a su esposo ebrio?
Por supuesto que no.
Pero para Zacarías, el hecho de que su esposa hubiera empacado para largarse de la noche a la mañana, la hacía merecedora del título: «Perra del año».
Si tan solo estuvieras frente a mí, pensó Zacarías mientras extendía sus brazos y manos para ahorcar a una figura invisible de su esposa.
¿Cuánto había sido ya que ella se había largado—probablemente con algún imbécil con dinero—dejándolo sin siquiera un poco de comida en el horno?
Uh, ¿tres días? respondió Zacarías en voz alta.

El tipo rondaba la casa como si no supiera caminar o como si no tuviera el sentido del espacio. Todo lo que era de frágil: jarrones, retratos con marco de cristal, figurillas de cerámica, todo había sido tumbado y ahora Zacarías escuchaba un crack, crack, crack con cada pisada que daba.

«No puedo creer que dejes que el bastardo te golpee» le había dicho Jasmine—una de las zorras que visitaba a su mujer para venderle "Tupperwares" de pésima calidad—a su esposa mientras parloteaban en la sala, creían que él estaba durmiendo pero al oír la voz de Jasmine diciendo tanta porquería, la poca resaca y cansancio que él tenía estaba saliendo de sus poros en una humeante ira.
Pensó—con una morbosa intensidad—en buscar su revólver, ir a la sala y meter una jodida bala en la cloaca de esa mujer.
«Él no es malo, sólo ha tenido un mes difícil en el trabajo» dijo su esposa que en ese entonces sólo tenía el título de «la perra más dócil del año».
Jasmine suspiró y cambió de tema para hablar sobre sus estúpidos trastes.
Zacarías volvió a la cama pensando que esa noche tendría sexo...ya sea que su esposa tuviera ganas o no.


«Pero qué cara- y ahora quéeee»
Zacarías se quedó mirando la llave del lavamanos, giraba la llave de izquierda a derecha y de derecha a izquierda como si no supiera en cuál dirección se abría y se cerraba. Escuchó un eco en las tuberías y del lavamanos no cayó ni una gota de agua, sólo aire escapando por la presión, como si el lavamanos le dijera «Si, si, ya sé que tienes sed ¡maldita sea!, pero adivina qué, no pagaste el maldito recibo del agua. Tu mujercita se llevó el dinero, y a menos que quieras beber de la taza del baño, te toca conseguir más dinero. Idiota, ni un tambo de agua pura pudiste comprar antes de que e...»

Zacarías lamió sus labios resecos, estaba sudando y tenía hambre. Salió al patio arrastrando los pies y miró directo a la pila.
«La maldita vació el agua de la pila, sabiendo que yo me moriría de sed» Zacarías soltó una risilla seca como de perro mientras miraba el guacal que apenas y flotaba sobre una delgada y sucia capa de agua en el fondo de la pila. Pensó en juntarla, hervirla y beberla, pero lo último que él quería era esforzarse.
Entonces escuchó al pajarillo.

Era un periquito australiano que de seguro se le había escapado a la señora Beltrán. La vieja esa tenía una tienda de mascotas en la otra cuadra y siempre se le estaban escapando los animales, no porque ella era mala, simplemente porque la señora Beltrán había cruzado la línea hacia la molesta senilidad hacía mucho tiempo y nadie se había tomado la molestia de sacarla de ahí.

El periquito dio unos saltitos buscando gusanos o migajas de pan que pudiera comer casi sin prestarle atención al encorvado y barbudo hombre al lado de la pila.
Era un día caluroso y Zacarías sentía como su playera se le pegaba a la espalda «Y ese pájaro viene como si nada a buscar comida a mi casa»
Tomó el guacal y lo somató contra los trastos sucios en el lavadero. El pajarillo volteó y simplemente siguió saltando y picoteando el suelo.

¿Hay alguna razón por la cual Zacarías se enfureció tanto por ver a aquel periquito?
¿Alguna razón coherente?
Nope.
La verdad era simple: Él era un imbécil.

Zacarías no quería moverse, de alguna forma, estar parado en esa posición al lado de la pila había hecho que su cabeza dejara de retumbar, pero al ver ese estúpido pájaro revoloteando por el patio, él sintió que "no tenía el control"
Así que moviéndose como pudo, dio un tremendo grito y patadón al suelo mientras arrojaba el guacal al ave.
El periquito lo esquivó soltando un pequeño chillido y volvió a bajar.

Zacarías estaba sacando humo y si él hubiera sido un robot con un cordón saliendo de su trasero, hubiera sacado chispas también.

Corrió hacia el ave gritando y alzando los brazos como si quisiera darle un gran abrazo, el periquito voló, pero en vez de irse a molestar a otra casa, se metió a la cocina. Y de ahí se metió a la sala y de ahí se fue al cuarto de Zacarías en el segundo piso. ¿Atrevido, ha?

Zacarías tenía las manos sobre su cabeza, sin poder creer lo que pasaba. Había logrado ahuyentar a su esposa, la mujer que estuvo con él por más de diez años a pesar de los golpes y la miseria, y ahora no podía ni ahuyentar a un maldito pájaro.

La sed se había ido, el hambre y el malestar también. El ardor en su frente seguía ahí pero a él le gustaba, ese ardor significaba que estaba más que furioso y cuando él estaba más que furioso se convertía en una bestia. Un periquito no sería problema para aquel gran animal.

Con unas manos temblorosas, metió las balas en su revólver. ¿Cómo lo había conseguido? era como preguntarse cómo consiguen los diputados robar sin que nadie se dé cuenta. Esas cosas pasan.
Empezó a subir cada escalón en silencio, su boca seca ahora estaba babeando. «Tal vez lo fría y me lo coma, creo que Jonathan me dijo que una vez probó uno de esos pájaros y dijo que saben bien, no bien bien, pero bien».
No tuvo tiempo de quitarle el seguro al arma, ni siquiera de pisar el último escalón.
A tres escalones antes de llegar a la cima, el periquito salió volando y se estrelló contra su cara. Cegado por un segundo, Zacarías no pudo encontrar la baranda a tiempo para evitar su caída.
Se fue de espaldas y gran parte de sus huesos se quebraron al chocarse contra los filosos bordes de las gradas. Y lo único que él pudo decir fue: «¡UUAAAGH!”» mientras el revólver bajaba con él.
Para cuando Zacarías llegó a suelo, la clavícula y muchos otros huesos en su cuello torcido se asomaban ligeramente por debajo de la piel.
Su boca estaba llena de sangre que salía poco a poco por las comisuras de su boca.
Lo último que Zacarías vio antes de perecer fue el puñado de plumas que seguían cayendo con la misma delicadeza con la que cae la nieve en los primeros días de invierno.

Aun en las gradas, el periquito se sacudía, aturdido y sin saber qué había pasado.
Después de un rato bajó volando—sin ninguna señal de que se había hecho daño—hacia la cocina en donde encontró un buen pedazo de pan.
Tenía sed, pero el agua la conseguiría en otro lado.


sábado, 30 de mayo de 2015

NO ABRAS LA PUERTA



Lo primero que pensé al abrir los ojos fue: «¡Mierda, volviste a caer!»
Sentía la garganta seca y rasposa, era como si mi saliva estuviera hecha de salsa picante.
Intenté levantarme pero el horrible dolor en mi cabeza me hizo recostarme de nuevo. Tenía náuseas, mis piernas se sentían débiles y mis músculos se contraían dándome unos calambres dolorosos.
Poco a poco empecé a apoyarme sobre mis codos, creí que la cabeza me iba a reventar y yo quedaría tendido en el suelo con los sesos de fuera. ¡Oh tenía tanta sed!

Me senté, estaba en el suelo así que me apoyé sobre la cama, y me quedé mirando todo el tiradero de la habitación. No era mi cuarto ni el de ninguno de mis amigos, de seguro estaba en un motel.
Botellas de cerveza, ron y whiskey estaban tiradas por todos lados; jeringas con rastros de sangre y cucharas que habían sido chamuscadas con un encendedor y sobre la mesa habían tres líneas sin terminar de coca. Carajo.

Me fui levantando poco a poco, mi mano se hundía en el colchón de la cama y mis piernas no podrían haberme sostenido por más de dos minutos ni aunque mi vida dependiera de eso.
Estaba a punto de maldecir otra vez cuando vi el letrero en la puerta de baño que decía «¡NO ABRAS LA PUERTA!»
La puerta estaba cerrada y alguien había puesto varias toallas y trapos debajo para tapar la rendija.

Como un muerto que acaba de salir de la tumba, me arrastré hacia la puerta del baño, sentía que me habían echado sal en los ojos y mi propio aroma corporal me estaba dando más ganas de vomitar.

«¡NO ABRAS LA PUERTA!» decía la hoja, las letras habían sido hechas rápidamente y la hoja parecía estar gritándome. Claro que no le hice caso, después de todo ¿Qué podría haber del otro lado?
Arranqué la hoja y abrí la puerta, la abrí unos diez centímetros cuando topó con algo, era pesado y no pude moverlo de inmediato. Usé la poca fuerza que había llegado a mis brazos y empujé sintiendo como mi cabeza se calentaba como una papa en el horno.

Finalmente abrí la puerta y vi rojo. ¡ROJO!
Los azulejos del baño estaban salpicados, no necesitaba a nadie que me dijera lo que era. Sangre.
El espejo, el lavamanos, el inodoro, las cortinas de la regadera. Todo estaba violentamente manchado con sangre. Miré lo que había empujado con la puerta y vi el cuerpo desfigurado de lo que supuse era una prostituta; sus piernas habían sido quebradas brutalmente hasta revelar el hueso de sus rodillas pero aun llevaba puestos unos enormes zapatos de tacón negros.
No había mucho más que distinguir de ella, pues de la cintura para arriba todo estaba desecho. Parecía que habían usado un martillo para jugar a «aplastar calabazas» con su torso y cabeza una y otra y otra vez hasta que sólo hubo una masa deforme y sangrienta...con piernas.

Salí del baño dando tropezones hasta que caí sentado al lado de la cama, un cristal, aunque pequeño, se incrustó en mi muslo izquierdo y cubrí mi boca para ocultar un grito demente, todo a mi alrededor parecía confuso, los muebles y basura del cuarto parecían estar moviéndose, revolviéndose en un remolino a mi alrededor. Debía salir de ahí, llamar a la policía y-
¡¿Llamar a la policía?!
«Oficial, quiero reportar un brutal asesinato en este...uh, supongo que motel, no lo sé, recién desperté...Si, gracias por venir, ahí está el cuerpo, o lo que queda de él. Disculpen el desorden, no tuve tiempo de ordenar, estaba ocupado viendo la sangre y tripas de esa prostituta esparcidas por todas las paredes... ¿La coca? Oh, eso...eso...eso no es mío...yo...»

«Oh Jesús» puse mi mano sobre mi frente hirviendo. Podía sentir el palpitar de mi cabeza en mis sienes. El aire estaba impregnado con algo que no tenía olor pero que parecía tan tóxico como el amoníaco. Era la desesperación. Estaba jodido.
«¡Pero dónde está la sangre!» dijo mi atormentada mente. Era cierto, yo no tenía ni una sola gota de sangre sobre mi ropa o mi piel. Me eché un vistazo y no pude ver ninguna mancha incriminatoria. Además era obvio que yo no lo había hecho.
Traté de recordar y sólo podía verme a mí mismo conduciendo y llegando a—la entonces limpia—habitación de este motel u hotel o lo que sea. En mis parrandas yo solía ya sea invitar a todo el mundo que «conocía» o simplemente me atascaba toda la porquería yo solo. Era obvio que no había invitado a nadie…aunque tal vez alguien había venido a «celebrar» sin que yo me diera cuenta.

«Debes llamar a la policía» dijo mi voz interna. «Pero limpia un poco, al menos la coca...»
Me puse de rodillas y empecé a arrastrar el polvo blanco con el borde de mi mano derecha para ponerlo en la izquierda. Mis manos temblaban demasiado por lo que me tomó unos buenos cinco minutos el llevar el polvo del centro de la mesa a la orilla. Busqué frenéticamente por cualquier rastro en la mesa u en otro lado, estaba seguro que no había nada más. Con mi mano izquierda cerrada, fui al baño, temeroso de que ver que las piernas se moverían con horribles crujidos y aquella deformidad se levantaría. Tiré el polvo en el lavamanos y abrí la llave, el agua fría parecía cortarme la piel pero después de un rato se tornó relajante. El polvo se fue entre el agua y luego me lavé la cara. Entonces me vi al espejo...o mejor dicho, no me vi.

No había prestado atención al espejo del baño, estaba salpicado con sangre y no quería ver nada de eso, pero entre la salpicadura de sangre y la de agua, lo que me desconcertó fue que no había nada.

Quité el espejo y salí del baño, tomé uno de las toallas en el suelo y lo limpié. No quedó reluciente, pero debería poder verme en él. Pero no.
Aquello me dejó completamente desconcertado y de alguna forma más aterrado que la imagen enfermiza del baño.
Agité el espejo como si fuera un dispositivo que ha dejado de funcionar y pegué mi cara hasta que la punta de mi nariz tocó el húmedo cristal. Podía ver, de manera borrosa, la lámpara en la mesita de noche, las cortinas celestes moviéndose suavemente con la brisa de la mañana, podía ver la maldita pared con su papel tapiz de nubes tras de mí. ¡Pero yo no estaba en ningún maldito rincón de ese espejo! Lo que sí noté fue mi respiración, podía ver como mi aliento empañaba la superficie del espejo, sin mi reflejo parecía una manifestación fantasmal. Eso no me ayudó, sí podía ver mi maldito aliento opacando aún más el vidrio pero eso no me explicaba por qué de repente era invisible como un maldito vampiro.

Dejé caer el espejo y este se quebró, los pedazos no se esparcieron sino que se quedaron juntos manteniendo la forma cuadrada, como un rompecabezas terminado. Me asomé y pude ver el techo, el ventilador con su cordón de bolitas. Ni un sólo pelo mío.

Me senté a la orilla de la cama poniendo mis manos temblorosas sobre mi cara. Después de frotarme la cara como si quisiera despertar de una increíblemente vívida pesadilla, me quedé quieto, mis ojos apuntando al suelo pero no viendo el desorden ni nada. Estaba perdiéndome en el vacío que siempre flota a nuestro alrededor. Sentí un hilo de baba bajando por la comisura de mi boca hasta que tocó mi mano que posaba en mi entrepierna.

«¡NO ABRAS LA PUERTA!» decía la nota.
El sonido de una aspiradora se oía abajo, o tal vez era al lado, no sé. Yo me estaba yendo de la habitación, ya no había izquierda o derecha, arriba o abajo, me encontré flotando en un espacio vacío y sin dirección. El dolor de mi cabeza se fue y un entumecimiento me llenó, era increíble y agradable como cuando sientes que finalmente te estás quedando dormido y no quieres moverte para no romper ese estado. «¿Es esto de lo que hablan los budistas?» pensé. « ¡JA! tantos años que ellos desperdician para practicar y yo ya lo estoy logrando...¡y con una resaca infernal!»

«Buenos días, ¿limpieza?»
Escuché un tremendo «CRACK» y las paredes, los muebles y la basura aparecieron frente a mí como si hubieran levantado una enorme sábana negra que los había tapado.

Una gota de sangre cayó sobre mi mano desde mi nariz.

« ¿Limpieza?» dijo la señora afuera de la habitación.
«Si, buenos días, será que puede traer cloro y...ummm, tal vez unos veinte trapeadores, es que parece que alguien mató a una prostituta anoche, Si, jaja, que loco verdad, y no quiero ir a la cárcel, usted me entiende. Ah, sí, también traiga bolsas de basura, guantes y una pala, la pobre está hecha gelatina.»
Puse mi mano en mi boca para evitar las risillas. Más sangre salía de mi nariz.

La señora de la limpieza fue a la otra habitación donde al parecer si querían limpieza.
Me quedé quieto otra vez y el entumecimiento llegó sin problema. Esta vez dejé que me llevara lejos.


**************************************

Lo primero que pensé al abrir los ojos fue: «¡Mierda, que buena estuvo la fiesta!»
Sentía la garganta seca y rasposa, tragué saliva y pensé que había tragado vidrio molido con espinas.
Me senté y entonces vi que ya no estaba en el suelo, donde me había acostado, pero en la cama.
Me paré y sentí un tremendo dolor de cabeza que hizo que me volviera a sentar, sentí sangre seca bajo mi nariz y baba seca en mi mejilla. Carajo.
El lugar estaba igual, bien, no había entrado o salido nadie.
Levanté el colchón y me llené de placer y asco al mismo tiempo al ver que el mazo y cuchillo seguían ahí. «Espero que no tengan la costumbre de darle vuelta a los colchones, sino se darán una horrible sorpresa» eso me hizo reír y más dolor atacó mi cansado cerebro.
«Uuugh, apesto, pero no creo que pueda ducharme...hablando de duchas»
Miré a la puerta del baño y casi me voy de espaldas. La puerta estaba abierta y mi letrero no estaba.
«OH, maldito imbécil, no puedes hacerme caso ni una vez, ¿verdad?»
Vi el espejo del baño en medio de la sala, el tonto intentó verse en él, patético. También sentí un molesto dolor en mi muslo, un pequeño pedazo de vidrio estaba enterrado en mi piel como un lunar.
Me asomé y ella aún estaba ahí, no es que esperara que caminara, lo único que dejé más o menos con forma fueron sus piernas, pensé que eran sexis. Lo demás era más bien una mezcla entre pastel de arándanos y huesos de pollo escupidos por un perro.

«Eso te pasa por fácil» le dije a la pobre Irma mientras sacaba su ID de mi bolsillo trasero. Lo siento por tu bebé, pero ¡hey, soy un animal libre, no un canguro porta bebés!

La idiota llegó con la excusa de que me—lo, nos, como sea—amaba y que estaba embarazada. ¡Ja! Embarazada, ¡córtenme la cabeza antes de tener que dejar las fiestas para cambiarle pañales a un bulto que llora y caga!

Ahora tengo que ver cómo me largo de aquí.
Espero que él olvide lo que vio, ya lo ha hecho antes, me gusta estar con él, pero a veces es un estorbo. Uumm, tal vez logre deshacerme de él también...digo, salí del espejo, ¿no es así? Tal vez pueda lograr salir de su cabeza.