lunes, 30 de marzo de 2015

Autor anónimo

Debo escribir, es una obligación una necesidad. Una maldición.
Al principio era ligeros mareos pero poco a poco empezaron a ser enormes y turbulentas jaquecas, como alguien martillara las paredes de mi cráneo y taladrara mi cerebro. Nadie podía ayudarme, nadie sabía cómo. Hasta que encontré una pluma, tinta y papel. Mi mano se movía desenfrenada como si una enorme corriente pasara por mis venas, el dolor en mi cabeza se drenaba a través de mis dedos y se esparcía sobre el papel. “El hombre bajo el puente” “La niña rasgando madera” “El aroma bajo las flores” Relato tras relato, historias cada vez más enfermas y sangrientas. A la gente les encanta, puedo ver en sus miradas una chispa de placer morbos y malévolo mientras se atragantan con mis sucias palabras, sangre, asesinatos, desmembramiento, odio y venganza, miedo y tristeza. Me detesto tanto, debería detenerme, pero escribir esos horribles relatos es lo único que evita que esos hombrecillos martillen mis sesos.
Las voces de todas las personas hablan a mis oídos, puedo escuchar sus gritos de dolor, sus lamentos mientras sus miserables vidas escurren de sus entrañas. Pero debo escribir, debo contar sus historias por más grotescas que sean…
“Él la había estado observando desde lejos toda la mañana, mil ideas había pasado en su cabeza, una extensa película pasaba frente a sus ojos, retorciendo la realidad y pintando el mundo con colores pálidos y formas excéntricas. La pequeña salió de casa con una muñeca de cabello dorado entre sus brazos. Su rostro hermoso sin necesidad de maquillaje, sus ojos brillantes y llenos de vida…Él sonreía…sus manos en su entrepierna…el cuchillo en su bolsillo. Él empezó a caminar y cuando ella lo vio ya era demasiado tarde, y cuando él había terminado…tomó la muñeca del suelo, su cabello dorado manchado con sangre y tierra.”
Su nombre es Rafael, tenía treinta años, le encantaban las niñas. ¿Por qué lo sé?, porque él me lo dice mientras relata con detalle y excitación cada uno de sus actos. Mi mano se arrastra sobre el papel, independiente del resto de mi cuerpo. Debería decirle a sus padres, pero ¿quién me creería? Él está muerto ya, al igual que todas ellas.
Todos están muertos y todos quieren contar sus historias.
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¿Sabes quién soy?

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No había ningún rastro de luz en la habitación. La luna estaba escondida detrás de las deprimentes nubes del invierno.
Fred escuchó el sonido de la silla meciéndose hacia delante y hacia atrás, los resortes de la vieja silla chillaban bajo el peso de una fuerza invisible, sus ojos no podían distinguir ninguna de las figuras que flotaban a su alrededor, pequeñas partículas como polvo pasaban frente a él. Pero no eran esas chispas fantasmales las que lo aterraban hasta lo más profundo de sus viejos huesos. Lo que causaba que su sangre se congelara en sus pies era la voz que venía de la oscuridad, la voz que se mecía sobre la silla.
  -¿Qué quieres? Preguntó Fred a la oscuridad, esa pregunta siempre quedaba sin una respuesta clara.
  -Sólo quiero verte –decía la voz con un tono fúnebre, la voz jamás había conocido lo que era el temor, pero había visto a quiénes lo experimentaban.
  -¿Quién eres? ¿Por qué me atormentas de ésta manera? –preguntaba Fred aferrándose a las sábanas, los latidos de su corazón subían hasta su cabeza.
  -No puedo decirte quién soy y mucho menos me interesa atormentarte –decía la voz manteniendo una oscura serenidad –Sólo quiero verte.
Fred abría los ojos aún más intentando atrapar aunque sea un rastro de luz, algo que le permitiera ver al ente que se mecía en su silla, que lo observaba en la tranquilidad de esas horas. Pero lo único que lograba ver eran las pequeñas partículas fantasmales flotando a su alrededor, como el polvo descubierto por un haz de luz. La voz venía de todos lados, afuera y dentro de su cabeza. La silla dejó de mecerse por un momento.
  -¿Eres una especie de demonio? ¿Eres la muerte? ¿Eres el…Diablo? ¡DIME!
-Soy tu padre, el hombre que te quemaba con sus cigarrillos cuando tenías trece –decía la voz –soy tu madre, la mujer que se ahogaba en alcohol mientras tu llorabas en tu cuarto, soy el niño que te golpeaba en la escuela mientras escupía en tu cara, soy el hombre que conducía ebrio y dejó a tu hermano hecho un bulto muerto en una cama de hospital, soy el hombre que te golpeó y te robó tu billetera. Soy el cáncer que atacó a tu esposa y la dejó hecha un adefesio de hueso y piel.
Fred se encogió en su cama, sus lágrimas se arrastraban por sus mejillas hasta que él podía sentir la amargura de éstas en su boca.
  -¿Quieres saber por qué he venido? –preguntaba la voz, no había enojo, no había burla, no había crueldad. Sólo era una voz que se esparcía por la oscuridad. –No voy a decirte…lo siento. La única razón por la que estoy aquí es porque me gusta observarte. No hay nada que puedas hacer para que me vaya, no me iré, aunque tampoco hay nada por lo que debas preocuparte. No me interesa hacerte daño, aunque podría hacerlo si quisiera. Sólo quiero verte dormir. Ahora duerme.
Fred había dejado de llorar, había dejado de temer. Se acostó completamente y cerró los ojos. La silla empezó a moverse hacia delante y hacia atrás en la oscuridad. Fred no tuvo ni una sola pesadilla.
Ya no tenía miedo de nada.

domingo, 29 de marzo de 2015

Imagina

Vas caminando por la calle después de las nueve de la noche, el invierno ha pegado fuerte esta temporada, cruzas la calle casi sin preocuparte en ver a los lados, la calle a esas horas esta desolada. El viento helado sopla directo a tu cara llevando polvo a tus ojos, intentas cubrirte con tu brazo izquierdo mientras sostienes tu maletín con el brazo derecho. Por un momento no puedes ver nada más que la manga de tu chaqueta, de un momento a otro estás en el suelo. Tropezaste con algo y no pudiste poner tus pies firmes en el suelo. Soltaste el maletín, éste se abrió sin problema y ahora todos tus documentos han salido volando. Mientras intentas atrapar las hojas de papel que quedaron volando al alcance de tus brazos, miras sobre tu hombro y ves con lo que tropezaste hace un momento. Un hombre yace tendido en la calle.
El cuerpo está apenas iluminado por la opaca luz que sale del poste a pocos metros adelante. Te agachas para recoger el maletín y meter todos los papeles doblados en él, miras de nuevo al bulto tendido en el suelo, parece más una bolsa llena de basura que un hombre. Un escalofrío recorre tu espalda, el vello en tu cuello se encrespa de repente, no es por el frío y tú lo sabes. Estás aterrado.
Te acercas al tipo, es sólo un pobre vagabundo, es lo primero que piensas. Pero, ¿Por qué no se movió ni un poco cuando yo lo pateé por accidente?, ¿Por qué no reaccionó cuando prácticamente le caí encima?, piensas. El pobre hombre debe estar desmayado por el alcohol o las drogas que de seguro inundad sus venas. Debes irte, no hay nada que hacer aquí.
Antes de que puedas empezar a caminar, notas algo, un aroma que no habías sentido segundos atrás, no lo habías notado en absoluto más sin embargo ahora parece estar por todos lados, como si alguien lo hubiera rociado con una lata en aerosol. El aroma es rancio y poderoso, no es el típico hedor de la calle o de alguien con pésima higiene, no, es el hedor de la putrefacción. Algo…algo que ya no está vivo, algo ¡NO!, le gritas a la voz en tu cabeza. Una alarma empieza a sonar en tu cerebro, algo está muy mal. Observas el cuerpo nuevamente, su ropa –de esperarse –está desgarrada y mugrienta, pero bajo las telas, el cuerpo parece estar en una posición demasiado incómoda. Tus manos se sienten entumecidas. Alguien está viéndote, en algún lado de esta oscura calle, alguien te está viendo.
La alarma en tu cabeza suena y suena sin control, tu cerebro parece de repente el doble de grande, la sangre se ha cuajado en tu rostro y tus pies se han vuelto trozos de hueso clavados al suelo. Debes irte, estás a punto de morir y si te quedas parado en la calle como un idiota, vas a morir.
Tomando toda la fuerza de voluntad que te queda, giras, por un breve momento miras frente a ti a una horrible criatura, sus ojos rojizos brillan con una rabia enfermiza, una lengua larga y negra cuelga fuera de su hocico y sobre una hilera de dientes feos y filosos. Cierras los ojos y al abrirlos de nuevo, no hay nada, obviamente.
Finalmente empiezas a caminar, lo último que necesitas es que un ladrón salga y te robe lo poco que tienes, eso es, camina, lento pero seguro. Aléjate del tipo, sal de la calle. El olor se ha vuelto insoportable y tu cabeza no deja de tumbar. Sólo debes llegar al final de la calle, al doblar en la esquina verás una parada de autobús, y ahí un par de taxis de seguro estarán esperando.
Intentas correr, pero la calle empieza a girar frente a ti, las paredes y postes se mueven de arriba hacia abajo, izquierda a derecha, los colores pareces escurrir como agua; además el aroma, ese maldito aroma a descomposición no se va, quieres llorar, estás aterrado y sabes que vas a morir esta noche.
Caes al suelo con los ojos cerrados, no puedes seguir viendo como el mundo frente a ti se derrite. Un pequeño trozo de cristal se ha incrustado en tu rodilla, pero no importa porque eso es lo último en tu mente.
Escuchas algo al fondo de la calle, justo donde estabas segundos atrás, justo donde el hombre yace inmóvil. Debes levantarte y correr, tu voz se ha ido por lo que gritar ya no es una opción, debes correr y buscar ayuda.
Debes…debes salvar la vida que de pronto se ha vuelto tan preciada.
Me quedaré aquí, decides, esperaré a que todo pase, luego me iré a casa. Y así decides quedarte en el suelo, acurrucado y aterrado. En silencio empiezas a llorar.
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Ahora imagina:
Tus ojos se están cerrando y tu cabeza cae poco a poco hacia adelante, te despierta el sonido de la bocina, miras las ojeras bajo tus ojos reflejadas en el espejo. Es hora de ir a casa, con este frío nadie pasará ya por ésta calle. Enciendes el motor y empiezas a dar vuelta, ya ni te preocupas en encender el pequeño letrero de TAXI. Avanzas lentamente por aquella oscura calle, las luces iluminan la basura y botellas rotas, el grafiti en las paredes y frases obscenas. Un escalofrío recorre tu espalda, piensas en detenerte. De repente se vuelve una urgencia detenerte. Pero no lo haces, estás cansado y tu esposa te espera, así que sigues avanzando.
Antes de llegar a la esquina, ves algo, las luces del auto dibujan dos siluetas oscuras tendidas en el suelo. Apenas y puedes distinguir si son personas o algo más, ambos están junto el uno del otro, un horrible aroma empieza a marearte. Pero aun así sigues avanzando. Un par de vagabundos, piensas, juntitos y pasando el frío. La idea te hace reír y olvidas el horrible hedor, olvidas el miedo que baja por tu espalda y la alarma que suena en tu cabeza. Sigues avanzando, sólo quieres irte a casa.

La cena

Los llantos habían cesado finalmente.
Ambos padres vieron con rostros cansados, pero llenos de dulzura, como el pequeño empezaba a cerrar los ojos, su pequeño pulgar metido en su boca, sus mejillas sonrojadas por el llanto. Él era tan tierno, tan frágil.
Cuando el pequeño se quedó finalmente dormido, lo pusieron cuidadosamente en su cuna, el juguete de estrellas y soles colgaba sobre él. El niño soltó un pequeño bostezo y estiró sus brazitos una última vez y se quedó quieto. Dormido al fin.
Ambos padres sonrieron y entendieron que todo estaría bien, a pesar de los problemas y del cansancio, ellos iban a estar bien. Los tres lo iban a estar.
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La luna flotaba majestuosa en el cielo de octubre, el viento hacía temblar a los árboles con hojas moribundas. Una que otra rata se escurría entre las alcantarillas y botes de basura. Él observaba la ventana con la luz encendida, observaba las siluetas de ambos padres meciendo la cuna. Observaba con sus ojos amarillos; su piel gris y perfecta, su nariz puntiaguda y su lengua saboreando entre sus dientes filosos. La luz en la habitación se apagó finalmente y ambos padres salieron de la habitación. Él sonrió siseando con su lengua viperina. Sus enormes ojos amarillos se agrandaron estirando más su piel. Sus colmillos brillaban tan blancos como la luna.

La cena estaba servida.

Llanto de bebé

Ya no puedo más.
Estoy muy cansado, demasiado.
Levantarme y caminar se ha vuelto algo demasiado doloroso.
Mis ojos siempre están enrojecidos, mi piel está tan seca.
Mi cabeza siempre está adolorida.
Oh Dios, cuánto tiempo seguiré en ésta tierra...
Si por mí fuera me quedaría aquí, tirado en el suelo mugriento.
Me quedaría aquí, con los ojos cerrados, esperando a que mi decrépito cuerpo se fundiera con la tierra.
Pero no puedo.
El llanto es demasiado fuerte. Enloquecedor.
Esperaba poder dormir hoy, aunque fuera un poco, cuan tonto soy al pensar lo mismo todas las noches.
Supongo que así funciona la esperanza.
Como puedo me levanto, mi pierna ya casi no puede moverse, temo que en algún punto se quebrará y yo quedaré tendido en el suelo, condenado a arrastrarme.
He pensado en el suicidio, casi siempre, pero no lo haré.
No sé por qué no, eso lo resolvería todo.
El llanto incrementa a medida que me acerco a la cuna.
Un viejo canasto ennegrecido que reposa en la mesa en la que alguna vez disfruté de una cena o un desayuno con mi esposa.
Un velo desgarrado cuelga de un gancho torcido que clavé en la pared.
"Cuna", claro. Una maldita cuna.
Pero no es al bebé en la maldita cuna al que busco, no, busco a Carmen Madrigal.
Por mas obsceno que suene, siempre me gusta recordar sus nombres. Me hace sentir más tranquilo, aunque claro eso ya no importa mucho.
Oh ¡Mierda!
Lo siento, no me gusta maldecir mucho. Pero el llanto.
¡El llanto, el llanto el llanto!
¡YA VOY, CÁLLATE YA VOY!
El simple hecho de tomar algo se ha vuelo muy difícil, mis dedos se han retorcido como las ramas de un árbol en sus últimos días, bueno, al fin de cuentas éstos parecen ser mis últimos días.
El cuchillo parece tan pesado, tal vez lo es, no lo era meses atrás cuando yo aún podía correr.
¡POR FAVOR YA YA YA YAAAA!
Debo hacerlo rápido, mi cabeza empieza a latir como si mi cerebro estuviera dentro de un horno.
Debo cortar, cortar, cortar.
¡Ya, por favor sólo un maldito minuto!
El cuchillo ha perdido mucho filo, pero la carne se ha vuelto más "suave". Supongo que así le gusta más. Maldito.
Veo una gota de sangre caer en su vestido blanco, no es de ella, ella ya no importa.
Es mía, debo cortar, debo cortar y así podré regresar a mi miseria en silencio.
Listo, finalmente.
Lo siento Carmen Madrigal, lo siento profundamente.
Me levanto como puedo, jalo la cuerda atada al gancho retorcido, el velo sube como el telón en una obra de teatro, bajo ella se encuentra al protagonista.
El llanto, el llanto.
Lanzo el trozo de carne como puedo con mis ojos cerrados y viendo hacia otro lado.
Temo por un segundo que lo lancé muy mal, pero el llanto se ha detenido.
Ahora lo reemplaza el grotesco sonido de sus mordiscos.
Bajo el telón y empiezo a llorar.
Mi nariz dejó de sangrar, él aún mastica.
Creo que puedo irme a mi cuarto ahora pero antes de salir de la habitación veo a Carmen Madrigal.
Ya no queda mucho de ella.
Veo a la negra cuna que tantas veces intenté quemar.
Veo mis manos ahora feas y torcidas.
Estoy tan cansado, pero ahora no creo que pueda dormir.
No, no podré.
¿Que pasará cuando ya no pueda cortar nada mas de ella?
Ya no puedo correr, ya no puedo salir.
Oh Dios.
¿Que pasará cuando él tenga hambre y yo ya no pueda ni levantarme?
Me iré a acostar.
Y tal vez, solo tal vez.
La muerte se apiade de mí y venga a buscarme y me lleve lejos.
Tal vez.
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sábado, 28 de marzo de 2015

El hombre en el jardín



 He despertado nuevamente con mis manos aferradas a mis sábanas como si estuviera a punto de caer a un vacío inexistente.
Mis ojos inútilmente intentan encontrar sentido a las siluetas que se dibujan en mi habitación empapada en oscuridad.
Mi cuello rígido por el pánico, intento girar hacia la ventana que ve directo al jardín...
"Mannyyyy..."
"Ven a jugar con papá..."
"Mami, no sabrá..."
Tengo el corazón en mi garganta, aquella voz esta tan cerca y aun así parece tan lejana. Empiezo a contar.
1...2...3...4...
Many!"
...5...6...7...8...9...
"¡Many!, ¡será mejor que vengas de una vez...!"
...10.
Me levanto de la cama, el piso parece estar hecho de un cristal listo para hacerse pedazos bajo mis pies y dejarme caer en aquel vacío.
Como puedo asomo mi rostro por esa opaca ventana en medio de la noche.
"Hola, hijo"
Lo veo parado sobre el césped húmedo y marchito.
"Mira, te conseguí una pelota nueva, ¿quieres jugar un rato?, estoy muy aburrido..."
"Tal vez podamos ir a mi lugar, tengo más cosas ahí que he encontrado tiradas..."
Mis ojos abiertos pendientes de cada detalle, su traje negro y desgastado, puedo distinguir el moho que ha empezado a crecer bajo sus axilas y en su cuello. Puedo ver pequeñas partes abiertas en su piel como si algo hubiera estado comiéndolo.
Su rostro avejentado y polvoriento, sus ojos se ven muy negros, casi como si solo fueran un par de agujeros que no ven nada en realidad.
No sé cuántas veces ha venido a buscarme cada noche, 12 tal vez. Sí, doce veces desde que...
"¡Many!, ¡mierda, vas a bajar de una vez!"
"¿Por qué carajos tienes que hacerme esperar?"
"Creí que me odiabas porque nunca jugaba contigo...y ahora ¡que putas esperas!"
"¡Baja que no tengo mucho tiempo...!"
Su rostro se oscurece malignamente, como si en su interior ya no corriera sangre pero algún tipo de veneno. Casi puedo ver el verdadero ser que se mueve detrás de su rostro demacrado. Un ser enfurecido y lleno de crueldad.
Cierro la cortina y me dirijo a la puerta de mi cuarto.
Bajo lentamente las escaleras en medio de la oscuridad, no quiero despertar a mi madre. Ella se pone incómoda cada vez que le cuento sobre como él viene a buscarme.
Finalmente llego a la cocina, siento que mi corazón saldrá expulsado por mi boca como vómito.
Veo la puerta que va directo al jardín, observo la oscura noche que hay allá afuera junto con él.
"Manny, hijo..."
Antes de llegar a la puerta observo la foto de mis padres posando en la mesa donde solíamos desayunar, al menos mamá y yo, el casi nunca estaba.
"Manny, ¿crees que tu mamá me dejará entrar algún día?"
"Sería más divertido ¿no te parece?, jugar aquí afuera en el frío no es lo mejor..."
Veo los rostros felices de mis padres, y mi cuerpo dormido parece despertar poco a poco.
"¿Hijo...?"
"¡POR QUÉ PUTAS NO SALES!, ¡CREES QUE ME GUSTA ESTAR AQUÍ PARADO COMO UN IMBÉCIL ESPERANDO A QUE SALGAS!"
Aquel hombre no es mi padre, no puede ser él, mi cerebro parece tomar control nuevamente.
Ha sido un terrible momento, mucho dolor. Él no era un buen padre, aun así lo extraño.
Pero aquel hombre en el jardín no es él. ¡No!

"¡ABRE, LA MALDITA PUERTA Y VEN A JUGAR CON TU PADRE!"
Me dirijo a la puerta. Cerrada con llave.
Veo su silueta parada del otro lado, su rostro está deformado por el odio y desesperación de su condena. No hay humanidad bajo ese traje mohoso, solo sombras moviéndose bajo la carne podrida.
No saldré. Nunca lo haré sin importar cuantas noches él venga a buscarme...nunca saldré.
"hijo, lamento haberte gritado, sabes que siempre fui así...por favor, sal, necesito verte...te necesito..."
Me aseguro que la ventana este cerrada y luego me voy de regreso a mi habitación...nunca saldré...
MALDITO Y PEQUEÑO HIJO DE PUTA, VEN Y JUEGA CONMIGO!"
"POR EL CULO DE SATÁN Y DE TU MADRE VEN Y JUEGA CON TU PADREEE!"
"MANNY..."
Mi madre aún duerme y yo lo haré también...
Ya van doce noches...doce desde aquel día. No sé cuántas más faltan para que él deje de venir...pero aunque mi cuerpo dormido me obligue a creer que es él...yo nunca saldré.
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El hombre sonriente.

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El hombre sonriente caminaba por la calle sin una sola preocupación en su cabeza. Disfrutaba de la fría noche mientras ajustaba su traje rojo y pomposo.
A lo lejos una multitud aplaudía y chiflaba, el desfile de navidad se acercaba por el horizonte.
El hombre sonriente compró un puñado de globos adornados con la imagen de Santa Claus sonriendo y sonrojado. Pero no tan sonriente como aquel hombre.
La multitud alegre no se percató de aquel hombre en medio de ellos, todos esperaban la llegada de la carroza más grande y brillante. Santa Claus otra vez, sentado como un rey en su trineo, Rodolfo con su nariz resplandeciente. La música sonaba a todo volumen.
El hombre sonriente alzó sus brazos como si quisiera abrazar a todo el mundo. Un par de globos se soltaron del puñado en su mano y se fueron flotando. Huyendo.
—¡Feliz Navidad a todos! —exclamó el hombre sonriente, unas cuantas personas se asustaron ante tremendo grito, la mayoría sonrió y siguió observando hacia el horizonte, los niños reían con una inocencia ciega. Pero nadie sonreía tanto como aquel hombre. Y nadie notó lo que aquel hombre sostenía en su otra mano, la que no sostenía aquellos brillantes globos. Tampoco notaron lo que había debajo de su pomposo traje rojo.
La banda tocaba con una alegre armonía, habían practicado tanto y ese era el momento para dar todo de sí. Aun así la explosión fue más fuerte que toda su energía navideña. 
Catorce cadáveres y muchos heridos quedaron tendidos en la calle,
Uno de los muchos trajes de Santa que alguien había estado vendiendo yacía desgarrado en el suelo moviéndose con la suave brisa de diciembre. Tres dedos quedaron bajo un guante blanco que ahora estaba manchado de rojo. Una mujer que había perdido ambas piernas se arrastró unos cuantos metros hasta que cayó boca abajo en el pavimento manchado.
Junto a un carruaje ennegrecido y retorcido yacían dos zapatos verdes de duende con un pequeño chinchín en la punta, ambos pies seguían dentro de ellos.
 
Uno de los muchos bomberos encargados de recolectar las partes dispersas de las víctimas lloraba amargamente mientras recogía la cabeza de un hombre que encontró bajo un árbol adornado por pequeñas y ahora opacas luces navideñas.
 —Oh Dios, mira cuán alegre estaba este hombre. Murió con una enorme sonrisa en su rostro.
Pobre, ojalá no haya sufrido tanto...